Quienes lo conocieron coinciden en que Víctor Roberts Alcorta era un personaje irrepetible. Su prestigio profesional convivía con anécdotas que, con los años, pasaron a formar parte del folclore judicial platense.
Una de las más recordadas ocurrió cuando le robaron su automóvil Lincoln, un vehículo inconfundible para la época. El coche desapareció, pero pocas horas después apareció impecablemente lavado y encerado. Sobre el asiento habían dejado una nota manuscrita: “No sabíamos que era suyo, doctor”. Nadie volvió a molestarlo.
Su actuación como defensor en la causa que investigó el crimen de la adolescente Norma Mirta Penjerek, en 1962, lo catapultó a las primeras planas de todos los diarios nacionales. Y algo parecido pasó con la historia de Nélida Prior, una mujer que, harta de padecer todo tipo de violencias de parte de su esposo, lo mató con su arma después de una paliza. Roberts Alcorta planteó un “estado de necesidad justificante” y todo el país estaba de su lado, pero los jueces condenaron a Prior a cadena perpetua. El abogado no se dio por vencido. Como no logró revertir la sentencia, consiguió que el 25 de mayo de 1950, el gobernador Mercante la indultara, con júbilo social y cobertura mediática nacional.
Otra historia, pero de su hermano Luis María, muestra hasta dónde llegaba el compromiso con una defensa. Convencido de que un detenido ocultaba información decisiva para demostrar la inocencia de su cliente, en la localidad de Azul, invitó a los personajes más relevantes del pueblo a una opípara cena y, de sobremesa, convenció al comisario de que lo dejara pasar una noche en el mismo calabozo. Allí, con una petaca de whisky y cigarrillos, consiguió la confesión que al día siguiente cambió el curso de la causa.
Víctor fue intendente de Trenque Lauquen en 1937, presidente del Club Estudiantes y dueño de una personalidad que sorprendía también fuera de los tribunales. Estaba comprometido para casarse con una joven aprobada por toda la familia cuando, caminando por la calle, una muchacha le pidió ayuda para alcanzar una flor. La conversación duró apenas unos minutos, pero fue suficiente para cambiar su destino. Canceló el compromiso y tiempo después se casó con aquella desconocida. Permanecieron juntos toda la vida.
No tuvieron hijos, aunque nunca abandonó a su antigua prometida cuando una grave enfermedad la obligó a iniciar un largo tratamiento médico, del que se hizo cargo económica y afectivamente.
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