El 11 de julio la Tierra celebró (¿celebra o tiembla?) El Día Mundial de la Población. Y semanas después apareció un inventario: somos 8.300 millones de habitantes. Son datos vacilantes, porque a cada segundo, nacimientos y desapariciones corrigen esos números. A pesar de una natalidad cada vez más tan restringida, siempre somos más. Y el pobre planeta, hecho para muchos pero no para tantos, deberá agudizar su ingenio para intentar dar abrigo, comida, suelo, amor, y sueños a tantos nuevos. Y a los millones que vienen en viaje.
Nacen muchos y mueren cada vez menos. O por lo menos mucho más tarde. La energía, la justicia, los alimentos y la paz, escasean; los países no dan abasto y las ciudades empiezan a resultar chicas, incómodas y apretadas. Falta comida, pero no sólo comida. “Las dos fallas de nuestro mundo –dijo la española Irene Vallejo- son el exceso de miseria y la miseria del exceso”. La Tierra, por un lado avanza y por el otro, retrocede. Por eso gira. Se vive más, quizá mejor, pero el progreso pasa su factura y el fantasma de las maldades y los horrores pujan contra el avance de la ciencia, de la técnica y de la buena salud. Las pestes, la guerra, la pobreza y los cataclismos son las formas diabólicas que crea el mal para tratar de emparejar las cuentas. Pero hasta ahora, las cigüeñas le siguen ganando a la guadaña, aunque esa diferencia se va achicando.
A más gente, más carencias, mas demandas, más peligros, pero también más avances, más vacunas, más esperanzas, más años de vida. Ahora, que somos ocho mil trescientos millones, el planeta pasará lista para inventariar lo que hizo y lo que no hizo, lo que falta y lo que sobra, lo que dejamos atrás y lo que estamos esperando. Hoy se sabe que las crisis son globales, que el clima en estos días nos viene a cobrar cuentas atrasadas, que las bombas no descansan, que la indiferente naturaleza trae hermosuras y catástrofes, que habrá siempre estrellas y tormentas, sueños y pesadillas, felicidad y dolores en esta casona inmensa y redonda que nos recibió con sonrisas y nos dejará ir entre lágrimas.
Sin embargo, pese a todo, la gente pugna por traer más gente. Y los que llegan de prepo después no se quieren ir. “La vida -dice el inglés Julian Barnes- es al mismo tiempo necesaria e inevitable”. Es que más allá de sinsabores y pesares, por encima de las calamidades y las carencias, cada hombre se suma a esta concurrida fiesta con el imperativo de durar lo más posible, dejar raíces, afirmarse en sus sueños y sus amores, lograr que, mal o bien, nuestra fugaz pisada deje alguna marca en el camino.
¿Qué dirá el planeta de este imparable crecimiento? Honor y gratitud para aquellos antepasados remotísimos que millones de años atrás aprendieron a domar fieras y desolaciones, que enfrentaron el hambre y las enfermedades, que deambularon entre ferocidades de todos los colores y que, de a poco, con la cuota indispensable de coraje y empeño, fueron construyendo esto que hoy terminamos compartiendo millones y millones de vecinos.
Cada año, 70 millones de flamantes terráqueos se suman a este teatro de arribos y partidas
La Tierra, ajena a este conteo y a estas aventuras, sigue deambulando por un cielo misterioso que hasta ahora tiene esta multitud curiosa y soñadora como únicos inquilinos. El hombre es un animal enfermo de pensamientos que trata de hacer lo mejor que puede con este cachito de vida que nos tocó. Sobra gente y falta calma. Somos muchos y a cada ratito somos más. La Tierra no alcanza. Pero el hombre no deja de nacer. Cada nuevo habitante hace su entrada triunfal a un planeta desbordado que en algún momento quizá tenga que poner el dichoso cartelito: “no hay más localidades”.
La familia humana tardó 125 años en pasar de mil a dos mil millones. La especie no ha dejado de multiplicarse y cada vez lo hace más aceleradamente. Los últimos 1.000 millones adicionales de habitantes se han sumado en solo 12 años. Hablar de cifras, asombra: cada 15 segundos, se producen 39 nacimientos y 33 fallecimientos. Y cada año, 70 millones de terráqueos flamantes se suman a este teatro de risas y llantos, de arribos y partidas. Una realidad indisciplinada siempre acecha. Nadie sabe qué sorpresa le espera. Ante la incertidumbre, sólo vale recordar la frase del belga Piter Piot: “lo más importante en la vida es la ausencia de mala suerte”.
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