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Ocurrencias

Por ALEJANDRO CASTAÑEDA

afcastab@gmail.com

“Hola, soy un loco lindo”, dice la biografía de uno de los perfiles de Facebook de Augusto Pacicco (39). Su nombre se conoció luego de que él mismo pidiera a un Tribunal de Córdoba, en una carta escrita de puño y letra, continuar detenido, ya que se consideró “no apto para reinsertarse en la sociedad”. Es una solicitud protectora. Como sabe que suelto es un riesgo potencial, prefiere alejarse de toda tentación y hacer un venturoso aporte a ese afuera sobrado de maldades.

Detrás hay una historia de sufrimiento, pérdidas de familiares directos y malas compañías que terminaron con Pacicco acusado de integrar una organización dedicada a la venta de drogas en la localidad cordobesa de Embalse.

Mal o bien el hombre a fuerza calabozo aprendió compostura y disciplina, conoció gente nueva, se acostumbró a respetar horarios y custodios mandones y así, de a poco, todos lo tienen ahora como un sujeto conforme y tratable que no hace falta custodiar porque hoy la libertad es la única que lo acecha.

Pacicco está detenido por narcomenudeo en Córdoba desde 2025. Su rol en la “micro organización” que comandaba la familia Guevara era acercar a los vendedores con los consumidores. Tras una investigación cayó en abril de 2025 luego de un operativo de la Fuerza Policial Antinarcotráfico.

En el juicio, el fiscal solicitó dos años de prisión efectiva, al entender que Pacicco era partícipe secundario en la venta de estupefacientes. Su defensa oficial, a cargo del abogado Ramiro Altamira, pidió que la condena sea de cumplimiento condicional, ya que el acusado no tenía antecedentes penales.

Pero un día antes de conocerse la sentencia, Pacicco presentó ante los jueces una carta de una carilla escrita de puño y letra. En 15 líneas explicó el motivo por el cual quería cumplir la pena dentro de la Unidad Penitenciaria N° 5 de Villa María. Consideraba que no iba a poder acatar las condiciones que la justicia iba a imponerle. El Patronato de liberados, tan saqueado en estos días por una banda que aprovechaba fondos de los ex convictos, debería poner como ejemplo el ruego de Pacicco: “No me dejen salir porque temo a la recaída”.

Antes de la última audiencia, el defensor Altamira intentó que Pacicco cambiara de opinión. El abogado le explicó que la cárcel no era el mejor ambiente para estar alojado y que existen riesgos en estos lugares de alto conflicto. Pero no lo convenció, Pacicco quiere seguir en el calabozo, poniéndose a salvo de tentaciones gracias a esa rutina vacía, sin apuros, deseos ni expectativas

Un condenado pidió continuar detenido, ya que se consideró “no apto para reinsertarse en la sociedad”

OTRO QUIERE VOLVER

Este caso se parece a lo que pidió en su momento “El loco del martillo”, Aníbal González Higonet. Pasó 43 años en el calabozo y ahora vive en González Catán con su hermana y ocho más. “Tengo ganas de volver a la cárcel”. Extraña la prisión y no sabe qué hacer para poder abrazarse con los del servicio penitenciario y matear otra vez con esa muchachada tan peligrosa. Ahora vive en una modesta casilla, tan hacinado, que extraña el confort del Penal de Gorina. El hombre se acostumbra a todo y Aníbal lleva en el alma el ruido de esos cerrojos y sirenas que lo tranquilizaban. Hoy, sin tutores ni voces de mando, suelto y aburrido, siente que no tiene lugar y no sabe dónde poner sus achaques y sus recuerdos. Las raíces son las raíces, dice el viejo ex presidiario que para entretenerse sale de imaginaria por un barrio que tiene más rejas y sobresalto que la prisión. Como quiere volver, buscó un abogado perdedor. “Dejame ver qué puedo hacer -le dijo el letrado- tengo que presentarte como alguien mucho peor para que te den unos años más de condena”. Aníbal perseguía un castigo encomiable para lograr mejorar el día a día y la conciencia.

La soledad juega de protagonista en estos casos. No sólo aquí. Japón tiene un problema con esos ancianos que se han quedado sin nadie. Sobreviven lejos de sus hijos y de sus nietos, con sus manos gastadas de olvidadas caricias. Tiempo atrás se difundió el caso de una abuela empecinada que periódicamente robaba algo en el súper y siempre la descubrían. La reincidente explicó que lo hace, “no porque necesite algo gratis, sino para ser trasladada a dependencias policiales y poder al fin conversar con alguien”. A veces la vergüenza puede acabar dando consuelo a los enfermos de silencio.

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