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La Justicia volverá a revisar el sobreseimiento de Miguel Angel Blanco García Ordás, exfiscal federal de San Martín denunciado por su entonces secretaria de presunto abuso sexual y conductas inapropiadas. Los jueces deberán resolver ahora un recurso presentado por la querella. La denunciante, María Aurelia, ingresó al Ministerio Público Fiscal en 1997. García Ordás era el titular de esa dependencia y, por lo tanto, su superior jerárquico. Según la denuncia de la que era entonces su secretaria, las conductas que le atribuyó al fiscal se extendieron desde su ingreso al organismo. La mujer sostuvo que, durante una serie de promociones, no fue considerada para un mejor puesto pese a entender que reunía las condiciones para acceder a él. Según su declaración, cuando reclamó, el fiscal le respondió que ella “sabía qué tenía que hacer” para obtener el ascenso. La denuncia recoge además varios ejemplos sobre el presunto acoso padecido. El primero habría ocurrido en la antigua sede de la fiscalía, cuando García Ordaz la tomó de los hombros y la arrinconó contra un mueble mientras le decía: “Qué linda que sos”. El segundo habría sucedido en el sector de la cocina de la dependencia. La mujer afirmó que cada vez que el fiscal pasaba detrás de ella, la rozaba con sus genitales. Además, mencionó comentarios que hacía sobre el cuerpo, la vestimenta y la ropa interior de la empleada; tarjetas de cumpleaños con dedicatorias de tono sexual, decirle que tenía “las virtudes de gata”. María Aurelia también declaró que García Ordás le había mostrado material pornográfico y condones que guardaba en el baño de su despacho y que estaban vencidos –le había dicho el fiscal- porque ella no había querido utilizarlos con él. María Aurelia en esos momentos no perdía compostura y ejercía sus rechazos de un modo femenino, más astuto que contencioso.
Ahora, tras ser absuelto dos veces, la querella volvió a recurrir y Casación tendrá de nuevo la palabra.
También se está juzgando el comportamiento del juez federal en lo Civil y Comercial, Alejandro Patricio Maraniello, que tuvo que declarar ante el Consejo de la Magistratura. Su situación es más que comprometida. El magistrado que saltó a la luz pública por intentar censurar audios de Karina Milei por la causa Andis, enfrenta ahora un aluvión de testimonios que revelan un estándar de conducta y el florido abanico de posibles delitos que van desde abuso sexual y maltrato laboral hasta hechos de corrupción, cometidos dentro de su juzgado y en ejercicio de la magistratura. La acusación más vistosa es la que aportan sus empleadas, un grupo de señoritas presentables que tenían orden del juez de concurrir bien coquetas, con tacos, minifaldas y maquillaje.
La mujer afirmó que cada vez que el fiscal pasaba detrás de ella, la rozaba con sus genitales
En la Comisión de Disciplina que interviene en esta causa, declaró el ex camarista Guillermo Antelo, quien contó que oyó a una de las víctimas y aseguró que Maraniello le exigía “usar ropa insinuante” y “todos los días que entraba a su despacho, la agarraba de la cintura y la besaba”. Otros testimonios daban cuenta de un invariable modus operandi: el juez las convocaba cada vez que se hartaba de revisar expedientes. Era un cuarto intermedio por hidratación, como los futbolistas. Las visitas le provocaban un placer y un alivio que lo animaba mucho. Al abrirse la puerta, su señoría se recompensaba con poder echarle un vistazo a esas piernas andariegas y bien mostradas. Y en ese repetido trance chisporroteaba su taimado deseo. Ellas sentían que su cuerpo era vigilado sin parar. Marianello, según sus denunciantes, sería un magistrado mirón y de métodos canallescos a quien ahora ninguna minifalda tranquiliza. En aquellos tiempos, debería sentir que el poder contemplar un plantel tan atrayente, le mejoraba vistas y sentencias. En cada encuentro, el personal del juzgado tenía que poner a su disposición, según han relatado, causas y siluetas. Por supuesto, el juez también elegía asistentes capaces de saber llevar con gracia su vestuario y sus encantos. Maraniello consideraba la apariencia como un valor exigible y obligatorio destinado a entregarle a su señoría un recreo visual entre tantos descargos prosaicos. “La visión –escribió la talentosa Susan Sontag- es un sentido promiscuo, y la mirada ávida, siempre quiere más”. Como los ojos de Marianello necesitaban constantemente revalidar sus ganas, su sala era una pasarela para sostener sus entusiasmos.
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