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Ocurrencias: la hombría entra a boxes

Por Alejandro Castañeda

El País, de España, publicó una polémica nota de la revista norteamericana Inside Hook, que firma Jaed Coffin y que viene a ser un elogio del hombre “normal” como alternativa al superhombre de las redes sociales, además de “una exhortación a dejarse de tanto gimnasio, madurar bien y aceptar con elegancia la derrota que nos impone el paso del tiempo”. Y se pregunta ¿qué pasa si la masculinidad, la hormonal, está en declive? Más aún: ¿qué hay de malo en tener la testosterona baja? Y en sus conclusiones, alude a las tendencias de una época donde la palabra amor está demasiado ausente, mientras la natalidad cae en picada y el promedio de contactos sexuales decrece a paso firme. Las cifras que transmite el cuerpo acaban ajustando ese cuadro: el nivel medio de testosterona –según Coffin- se redujo en un 54% en apenas 47 años, entre 1972 y 2019; mientras que la concentración de esperma cayó más de un 50% en solo cuatro décadas.

Estamos, como se presume, ante una hombría más cuidadosa que circula entre el fuego amigo y un discurso dominante que no la deja encontrar su lugar. También las mujeres, al demandar menos pasión, contribuyen sin querer a mostrar un deseo que borronea ganas y adquiere los trazos de una práctica esporádica y obligatoria. Los análisis científicos muestran con elocuencia una serie de trastornos que pueden ser percibidos como una pérdida gradual de “virilidad”, esos atributos que tradicional y culturalmente atribuimos a la condición masculina.

Por las dudas, el ayuntamiento de Barcelona ha puesto en funcionamiento el Centro de Nuevas Masculinidades, una suerte de ministerio transformador que trata de mejorar a una hombría que oscila entre golpeadores y timoratos culposos. Es un espacio público dedicado a domesticar a un colectivo que en los últimos tiempos se ha sentido tironeado por el fuego redoblado de nuevas tendencias y antiguas culpas. Y que, desde sus consignas, avisa que los habitantes de las viejas masculinidades son absolutamente descartables y necesitan por lo menos un reciclaje que haga a un lado mañas y excesos.

Las conclusiones insinúan que los nuevos jefes del hogar son mejores cerca de la cuna y peores cerca de la cama

Se descuenta que el nuevo organismo oficial, para justificar su creación y su presupuesto, exagerará los rasgos más censurables de un género cada vez más observado, pero también cada vez más violento y desalmado. El programa deberá incluir charlas y lecciones dirigidas a rebanarles mandoneos y crueldades. Y estará a cargo de unos expertos que sabrán administrar meditación, consejos, clases de arrepentimiento y algunas lágrimas sanadoras. Tras poner los sentimientos a tiro de ministerio, los funcionarios detallaron los alcances de una dependencia que enseñará no sólo a comportarse sino también a sentir. El plan es mejorarles la conducta y mostrarles que lo de ellos tiene compostura y que al fin será la burocracia estatal la encargada de volverlos menos ásperos y más sensibles. Es decir, sería bueno suavizarlos pero sin fragilizarlos.

Los cambios de paradigma siempre son riesgosos. La ciencia de alguna manera formuló una advertencia al analizar conductas y consecuencias de una nueva generación de padres, más complacientes. Según un estudio realizado por la Universidad Northwestern, cuanto mayor es el compromiso de los padres con la crianza de los hijos, más baja es la presencia de la hormona masculina. Para los especialistas, el trabajo demuestra que el organismo masculino se va preparando biológicamente para que los hombres participen de la crianza de sus hijos. Y que, sin querer –ojo, lo dice una hormona en retirada- acaben rindiendo menos en el amor. Las conclusiones insinúan que los nuevos jefes del hogar son mejores cerca de la cuna y peores cerca de la cama. Y por eso acaban dejando más contentos a los hijos que a su compañera.

La columnista española Carmen Rigalt, augura y desea la llegada de una hombría que aporte más paz y armonía a la vida hogareña, aunque teme que los termine convirtiendo en seres muy educados, pero también más inseguros y medrosos. Ella aspira a que la vida en pareja lime algunas asperezas varoniles, pero no le gustaría que la nueva masculinidad acabe borrando otros contornos que afirman su identidad: “La mayoría de los hombres –escribió- no son maltratadores. Muchos de ellos, pasan por apocados. Me conmueve su tontuna, su vanidad fácil, su miedo a perder protagonismo. Y sobre todo, me conmueve la desubicación a la que se han visto abocados. Yo no sé qué hombre prefiero, francamente. El machito se pasa, pero el sumiso, no llega”.

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