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Palabras.- El objetivo del reciente congreso realizado aquí por la Real Academia Española, apuntó a darle claridad a los enrevesados lenguajes técnicos que anidan en laboratorios, consultorios y estudios varios. Allí se utilizan términos indudables para los entendidos, pero a veces, incomprensibles para los demás. La campaña aspira a echarle sencillez y claridad a esa terminología específica y ponerla de algún modo al alcance de todos. La buena noticia es que no avanzará sobre el material creativo, por más metáforas que utilice. El catedrático Santiago Muñoz Machado, declarado visitante ilustre, explicó que el propósito es que la Real Academia, que “limpia, fija y da esplendor al idioma”, ahora le sume “claridad” a su lema, dejando –expresó- que la oscuridad sugerente siga cómodamente refugiada en la literatura creativa.
Hablar de palabras en un ámbito institucional tan zamarreado por los exabruptos de un presidente de la Rosada que se jacta de su inagotable arsenal de insultos, es también un homenaje al buen decir y un reconocimiento, por si hiciera falta, de que las formas implican al fondo y hasta desafían su preponderancia y su significado. Claridad para los estudiosos y magia y oscuridad para los artistas, aunque la ficción no aspira a enturbiar nada, sino darles mandatos más elevados a términos comunes y obtener cautivantes maridajes de dos palabras que hasta allí andaban necesitándose para ganar nuevo encanto. Cuando Cortázar, por ejemplo, escribe aquello de “Te quiero y hace noche y frío”, ese “hace” desubicado acaba añadiéndole sugerencia a una extrañeza que se transforma en dulce melancolía.
Recibimos y apoyamos a quienes pretenden echar un poco de luz sobre mensajes crípticos y jergas para especialistas. La gente debe entender lo que lee sin necesidad de acudir a los expertos, pero dejemos que el diccionario imaginativo de los creadores siga invitando a sentir y no sólo a comprender.
Silencio.- Frente a este congreso que honró las palabras comprensibles, en Japón apareció un hombre que tuvo la buena idea de monetizar el silencio. Cuesta imaginar algo así en un país donde el avance tecnológico, la moral del cumplimiento y la glorificación del trabajo sin descanso parecen desdeñar la quietud. El karoshi es una cultura laboral en Japón, donde millares de personas viven exhaustas por trabajar demasiado. Por eso Shoji Morimoto, un ciudadano de Tokyo ofrece valiosos servicios: cobra por no hacer absolutamente nada. Es una suerte de ñoqui visible que asiste a solitarios bien calladitos y garantiza compañía, discreción y oídos atentos.
Dejemos que el diccionario imaginativo de los creadores siga invitando a sentir y no sólo a comprender
Morimoto se promociona como un acompañante silencioso y reservado. Cobra por garantizar calma y cercanía. Y le está yendo bastante bien. Exige un pago de unos 80 euros la jornada. Su clientela está formada por agotados con ganas de desahogarse y por solitarios deseosos de probar otros caminos. Su quehacer consagra el triunfo de la nada y del silencio, una virtud que Morimoto ha convertido en ocupación remunerada. En esos encuentros, donde él ofrece disponibilidad absoluta, el cliente puede descargar su frustración, su cansancio y ansiedades. Morimoto se limita a escuchar y a demostrar interés en el relato, sin arriesgar opinar, ofreciendo una distancia saludable y un oído entrenado. Su método es simple y rendidor. En el ajetreo y frenesí diario, Morimoto vende pausa. Y en un ecosistema donde los modos sociales se desgajan y la soledad gana terreno en todas las generaciones, Morimoto entrega compañía. Ante la cultura gritona de estos días, alquilar silencio le ha permitido a este acompañante pasivo ganarse unos pesos a pura calma, sin invertir otra cosa que mesura y paciencia. Su rutina también deja alguna lección: muchas veces nos tragamos tantas palabras, que parece aliviador poder descargarlas en alguien. Marimoto permite agravios y confesiones, porque su misión no es dar sino recibir. Su credo enseña a permanecer callado en un mundo sobrado de gritones. Y a conquistar para la vida el territorio del reposo y el silencio. Algo así aconsejó el mexicano Juan Villoro: “Ante tal profusión de seres que vociferan lo que antes reservaban para sus diarios íntimos, resulta necesaria una antipedagogía que nos enseñe a callarnos sin traumas. En la era del ‘Yo desaforado’ la escuela del futuro puede ser la Academia de Inhibición, un instituto que nos eduque hacia el silencio”.
Y de eso vive Morimoto.
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