La noticia fue curiosa: “Se dio a conocer esta semana un episodio que invierte el patrón estadístico más frecuente en las denuncias por delitos sexuales: un hombre se presentó en una dependencia policial de la Ciudad para testimoniar que, hace doce años, fue víctima de abuso por parte de su expareja”. La acusó de haberlo obligado entonces a mantener un encuentro íntimo en oportunidad del festejo de cumpleaños de un hijo en común. Incluso, a causa de ese acto no consentido, la mujer quedó embarazada. El hecho sucedió en el año 2014, ambos estaban separados, residiendo ella en La Plata y él en Rosario, donde trabaja como taxista. El hombre contó que en aquella ocasión viajó hasta Melchor Romero para asistir al cumple de su hijo. Y declaró que al final del festejo, obligado por las circunstancias, sucedió “el evento no deseado”.
Lo del ex muchas veces es un tema irresuelto. Los recuerdos pesan y la lejanía puede mejorar al ausente. En este caso, la mami olvidada, después de un par de años de separación, seguramente empezó a tramar algún reencuentro amistoso para reverdecer viejos festejos. Ella aprovechó la localía, la celebración y la falta de colchonetas para invitarlo a su cama. Se había hecho muy tarde y el tachero estaba cansado. Pero cuando ella empezó a merodear por los santos lugares, el rosarino le dijo que no. Ella, caliente y testaruda –dice el denunciante- insistió, buscando quizá poder reencontrar alguna caricia que había quedado pendiente. Y lo amenazó: “O me hacés el amor o te echo”. En casa y a la sombra del hijo cumpleañero, su amenaza le acabó dando aire hogareño a ese polvo de entrecasa con sabor a revancha.
El tachero rosarino declaró que opuso una resistencia sincera al deseo de esa ex pedigüeña y, según su relato, extorsionadora. Agotado por el viaje y sin colchoneta a la vista, compartir la cama grande se transformó en una comodidad. Fue allí, cuando la dueña de casa le cobró la hospitalidad con la moneda más deseada. Por eso a regañadientes –así lo denuncia- pese a ofrecer alguna resistencia inicial, no le quedó más remedio que complacerla, demostrando en los hechos que el hombre supo responder a esa imposición y que si al empezar quizá mostró alguna frialdad, de a poco se habrá ido afianzando al compás de caricias conocidas.
Ella aprovechó la localía, el cumple y la falta de colchonetas para invitarlo a su cama
El cuerpo a veces no decide. El rechazo no se puede sostener cuando el afuera está tan peligroso y el cansancio de hoy y la mujer de ayer son más gratos y seguros que deambular de noche por Romero. Las incómodas negociaciones en la cama fueron un peso demasiado abrumador para este tachero que al final hizo un viaje al pasado. Ya de regreso en Rosario, dos meses después, tomó conocimiento del embarazo de su expareja, por el que en agosto de 2015 nació una niña, que fue reconocida legalmente. Pasados los años, el denunciante sostuvo que “recién hace unos tres meses” tomó dimensión de que lo sucedido podría quedar dentro de la figura de un abuso sexual y fue tras avanzar con un tratamiento psicológico.
La justicia va a tener que trabajar duro para poder pasar en limpio esa noche de sexo exigido y remoto. El consentimiento y el rechazo no siempre dejan rastros. Y las averías amorosas son complejas. Lo que el hombre reclama es que se haga justicia sin entrar a litigar sobre los alcances de las ganas. A falta de pruebas, hay que investigar si los testimonios e indicios reunidos, alcanzan. Estará en duda si hubo violencia sexual o el ruego de una ex señora que quiso festejar algo más que un cumpleaños. Aunque reconozca la beatitud y el quietismo de él mientras arreglaban la tarifa del cama adentro, lo cierto es que al final ella parece haber logrado entusiasmarlo. El tachero esa noche, como tantas veces, tuvo que hacer un viaje a tierras no deseadas, pero ya había aprendido que el final del recorrido lo decide siempre el pasajero. En su declaración, avisa que hubo que superar incómodas negociaciones porque él no quería tener sexo, algo que no honra a un gremio que siempre está preparado para responder a cualquier recorrido. Pero el ultimátum de ella había sido tajante. Era las 11 de la noche, hacia frío, estaba en Romero, la hotelería esta cara y la calle está brava. Al rosarino no le quedó otra que juntar ganas, prender el motor y hacerle lugar al viaje pedido.
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