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Ocurrencias: Tita Merello y Serrat

Por Alejandro Castañeda

afcastab@gmail.com

¿Serrat robó una milonga? La sola insinuación hace ruido. Joan Manuel, uno de esos indiscutidos abanderados de la mejor música, fue acusado a fines del siglo pasado –y con razón- de haber usado para su canción “Fiesta” el estribillo de “La milonga y yo”, un tema de Tito Ribero y Leopoldo Díaz Vélez que grabó Tita Merello en 1968. Y como Serrat hizo su primera visita a Buenos Aires en 1969 y Fiesta fue lanzado en 1970, lo del plagio, al menos temporalmente, puede ser posible.

No será el primero ni el último. A veces la inspiración se alimenta de tarareos intrusos y la melodía o la letra se quedan allí, en esa zona difusa donde la creación ajena se mezcla con anhelos propios. La musa no siempre es inocente. Lo que nos gusta mucho, buscamos repetirlo o copiarlo. Se sabe –y ella jamás lo negó- que Edith Piaf hizo una versión exitosa del vals “Que Nadie sepa mi sufrir”, compuesto en 1936 por Cabral y Dizeo, un tema que sigue rodando (ahora interpretado por Soledad). Pero lo de la milonga que nos ocupa se fue para Barcelona sigilosamente. Por supuesto que Ribero le hizo un juicio a Serrat por plagio, pero la justicia vio sólo coincidencias (¿en la letra y la música?) Y Serrat jamás admitió haberse inspirado exageradamente en esa milonga arrabalera.

Recuerdo esto porque ahora en el Palacio Libertad en CABA se inauguró una exhibición homenaje que desde el título define a Tita: “Una diva plebeya”. Y aproveché YouTube para recordar parte de su repertorio, escaso pero de alta expresividad, que da cuenta del talento natural de esta callejera sufrida “que se construyó a sí misma y se convirtió en un ícono nacional”, como dice el catálogo.

Lo que vale es escuchar las dos versiones. Primero a Tita, susurrando con mirada pícara, “vamos/, subiendo la cuesta/ que arriba la noche/ se viste de fiesta”: y después oír a Serrat cantando en “Fiesta” aquello de “Vamos/subiendo la cuesta/ que arriba mi calle se vistió de fiesta”. Muy parecido, ¿no? Lo curioso es que el Nano no sólo copió casi íntegramente el estribillo, sino también la música. Algo poco frecuente. Los autores le hicieron juicio, pero a esa altura había que ser un descreído para imaginar a Serrat copiando un estribillo de esa transgresora suburbana que fue estrella en una época donde las divas reinantes (Mirtha Legrand, Zully Moreno, Delia Garcés, Laura Hidalgo) eran hermosuras bien educadas que casi ni te invitaban a desearlas.

Esa milonga se dejó de cantar cuando Tita se alejó de los escenarios revisteriles y el pobre Ribero fue desairado por la justicia tras haber litigado largamente. El juez dijo que lo de Serrat no era plagio, en todo caso una curiosa semejanza que no reunía los compases necesarios para reconocer autoría ajena. ¿Y la letra?

Hay varios casos aquí de plagio musical que llegaron a la justicia: en 1999, el cantautor Francis Smith inició una demanda por 2 millones de dólares contra Luis Miguel. Smith sostuvo que el tema del mexicano “Nada es igual” (1996) era una copia de su canción “Y mañana volverás”, de 1974. Pero la justicia volvió a beneficiar al más famoso. Y Smith perdió.

Serrat jamás admitió haberse inspirado exageradamente en esa milonga arrabalera

En 2022, Víctor “Tolo” Rodríguez, líder de “Los Cumbieros”, demandó a Los Palmeras por $22 millones de pesos por la autoría del tema “Asesina”. El conflicto legal escaló. Al final la asesina del Tolo fue recompensada.

En 2024, el compositor argentino Mario Pupparo —autor del hit internacional “Amor a la mexicana”- denunció formalmente al cantante L-Gante por un tema que también se llamó Asesina. El parecido era tan indudable que L-Gante lo calmó enseguida.

Lo habitual es que estos litigios sean protagonizados por figuras que cultivan el mismo género. Lo extraño en el caso de “La milonga y yo” vs. “Fiesta” es que Serrat haya negado haberse inspirado demasiado en la milonga que popularizó Tita Merello. Mientras el catalán siguió alimentando su bien ganada fama, Tito Ribero siguió bajando la cuesta porque la justicia lo dejó sin fiesta.

Ricardo Piglia tenía razón. “Los plagios son como los recuerdos: nunca del todo deliberados, nunca demasiado inocentes”.

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