“No hay mar alrededor, solo destino. Saldré vivo del mundo”, dijo en uno de sus poemas Osvaldo Ballina, fallecido recientemente en la Ciudad. Porque es cierto que los poetas no mueren, sino que, sólo al final, originan el efímero daño de un silencio que luego siempre renace en sus versos. Ballina fue autor de una obra perdurable y en 1965, en la antología realizada por la escritora Ana Emilia Lahitte, quedó incorporado al grupo que ella denominó como “poetas capitales” platenses, una nueva generación que formó junto a Horacio Castillo, Rafael Felipe Oteriño, Néstor Mux y Horacio Preler.
Había nacido en 1942, platense de tres generaciones, hijo del médico cardiólogo Enrique Savino Ballina (elogiado por René Favaloro en uno de sus libros) y de Fortunata Carnevale. Tuvo como hermanos a Carlos Amílcar, pediatra; Diana, arquitecta y Patricia que se desempeñó en una organización médica.
Ballina vivió la clásica infancia de esos tiempos en el barrio de 59 entre 4 y 5, con mucha calle, amigos y fútbol sin horario. Cursó el primario en la Escuela Nº 1 (8 y 58). “Pero el principal recuerdo educativo que tengo se relaciona con el secundario, que cursé en el Colegio Nacional”, dijo en una entrevista con El DIA. De ese tiempo rescató al profesor de literatura y griego, Atilio Gamerro. Esos estudios y ese aprendizaje humanístico los compartió con los años en los que formó parte de las inferiores de Gimnasia y Esgrima.
Casado con “Pampi” Curuchaga, tuvo un hijo, Sebastián, antropólogo y diplomático de carrera que trabajó para las Naciones Unidas. Le dio dos nietos, Bruno y Theo.
Ballina escribió más de veinte libros. Entre otros, Aún tengo la vida; En tierra de uno; Caminante en Italia; Ceremonia diurna; La poesía no es necesaria; Diario veneciano; Verano del incurable; Confines; El viaje; Apuntes del natural; El caos luminoso; Conjuros; Oráculo para dones fatuos; El pajar en la aguja; Prodigios residuales; Lejos de la costa; Profanaciones íntimas y Memoria de la India.
Su trayectoria poética varias veces premiada mereció críticas laudatorias de Joaquín Giannuzzi, Elisabeth Azcona Cranwell, Roberto Juarroz, Antonio Requeni y Rodolfo Godino, entre otros; además del reconocimiento de escritores de la talla del premio Nobel italiano Eugenio Montale.
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