La comunidad Siriana Ortodoxa de La Plata despide con profundo pesar a Sabiha Uslucan de Gulayin, una mujer que hizo de la fe, la familia y el compromiso con sus raíces los pilares de toda una vida. Integrante y referente de la Comisión de Damas de Beneficencia de la Asociación Siriana Ortodoxa, dedicó años de trabajo a preservar las tradiciones de su pueblo y a fortalecer los lazos de la colectividad en la Ciudad.
Hija de Younan y Farha Uslucan, nació el 30 de noviembre de 1939 en Mardín, Turquía. Cuando tenía 13 años, su familia se trasladó a Estambul, ciudad donde transcurrió su adolescencia y que evocó siempre con cariño.
En 1956, con apenas 16 años, emprendió el viaje que marcaría para siempre su destino. Llegó a la Argentina sin conocer el idioma y enfrentando el enorme desafío de empezar de nuevo lejos de su tierra. Al recordar aquellos primeros tiempos en La Plata, solía resumir esa experiencia con una frase que reflejaba la incertidumbre de aquellos días: se sentía “ciega, sorda y muda”.
Esa barrera fue vencida gracias a su pasión por la lectura. Los libros se convirtieron en sus maestros y de manera autodidacta aprendió español. Así logró integrarse a su nueva patria sin dejar de lado su identidad natal.
Al poco tiempo de llegar se casó con Ifram Gulayin, también inmigrante turco, con quien tuvo cuatro hijos: Daniel, Ricardo, Gustavo y María Cristina. A ellos les transmitió la fe cristiana, el orgullo por sus orígenes y el amor por la cultura de sus antepasados. Les enseñó árabe y mantuvo vivas las tradiciones familiares a través de las costumbres, las fiestas y los sabores de la cocina de su tierra.
El afecto que la distancia le impidió compartir diariamente con los familiares que permanecieron en Turquía lo volcó en sus hijos, sus nietos y en la comunidad siriana ortodoxa platense. Desde la Comisión de Damas de Beneficencia trabajó con dedicación para sostener la vida institucional y preservar el legado cultural de la colectividad. Hoy esa misma institución es presidida por su nieto, Daniel I. Gulayin.
Aunque nunca dejó de extrañar Estambul, echó raíces profundas en La Plata. Sus seres queridos la recuerdan en cada palabra en árabe que enseñó, en cada receta que reúne a todos alrededor de la mesa.
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