La vida conectada no necesariamente significa que las nuevas generaciones quieran pasar todo el tiempo en las redes. El sociólogo Miguel Ángel Forte observa entre algunos jóvenes una búsqueda de encuentros más cercanos y una distancia creciente respecto de plataformas como Instagram. Su hija, de 27 años, es para él un ejemplo: aunque pertenece a una generación criada en el mundo digital, prefiere el trato presencial y ciertos consumos culturales que propician una relación más directa con los demás.
Forte no presenta esa tendencia como un cambio consolidado, sino como una señal cuyo alcance todavía es difícil de anticipar. Las redes permiten convocarse y sostener conversaciones, pero también exponen la intimidad y convierten parte de la vida cotidiana en una exhibición permanente. Frente a esa lógica, algunos jóvenes parecen buscar espacios donde el encuentro no esté mediado por una pantalla. El sociólogo lo observa también en las denostadas “batallas para farmear aura”, que se convocan por redes, pero obligan a los encuentros presenciales en espacios públicos.
Y vincula estas inquietudes con algo más profundo, como es la velocidad con que transcurre la vida. “El gran tema es apropiarnos del tiempo propio”, plantea, “nuestra vida es tan vertiginosa, que hay que volver a cuestiones que teníamos, como la siesta”.
Forte lo expone muy bien en un artículo que escribió para la revista Panamá, en el que reflexionaba sobre el tiempo y un tío suyo, Eugenio, que era músico y relojero. Su prima le contó que su mamá lo retaba porque se pasaba mucho tiempo conversando con los clientes y se le atrasaba el trabajo”.
“Pasaba las horas con su monóculo revisando los engranajes de aquellos relojes mecánicos y, como sabía acerca de la vida, perdía el tiempo”, cerraba Forte.
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