Hay ciudades que se reconocen por sus edificios, plazas o luminarias, entre muchas otras cosas. La Plata tiene un poco de todo eso, pero también otra marca a la altura de los pies: sus veredas. El dibujo y los colores de las baldosas en virtud de las calles, avenidas y diagonales forman parte de un paisaje urbano que habitamos sin reparar en él.
Lo cierto es que la discusión vuelve ahora al centro de la escena a partir de una campaña que lanzó la Municipalidad para promover la reparación y recuperación de las veredas en el casco fundacional y las distintas localidades del partido, recordando que, de acuerdo con la Ordenanza Nº 3001 de 1963, el mantenimiento corresponde a los frentistas. El municipio también difundió las características que deberían respetarse en las obras, con el argumento de contribuir al ordenamiento urbano y preservar la identidad de la Ciudad.
En el casco fundacional, la normativa establece para las calles las tradicionales baldosas cuadriculadas de nueve panes, mientras que en avenidas y diagonales corresponden las de bastones y vainillas con cinco estrías rectas. Del lado par, el esquema indicado es amarillo ocre con guarda roja y, del impar, gris granítico con guarda negra. Fuera del casco, se contemplan baldosones de cemento o granito de 40 por 40 centímetros.
Pero la recuperación de una vereda plantea una pregunta que excede la elección de una baldosa: ¿Qué es lo que una ciudad debe conservar cuando decide renovar su espacio público?
UNA HISTORIA A LOS PIES DE LA CIUDAD
Para el investigador y escritor Nicolás Colombo, autor de Misterios de la ciudad de La Plata y Tolosa, 150 años de historias y leyendas, la respuesta comienza en los orígenes mismos de la capital bonaerense.
“Como todo en los comienzos de la Ciudad, las veredas estuvieron consideradas desde un inicio por los fundadores. Sin embargo, la alta demanda de materiales de la construcción en esos primeros años, hizo que faltaran baldosas y por ello este tipo de veredas se reservaba para la zona céntrica”, cuenta.
Por entonces, la Ciudad tampoco era la postal ordenada que hoy permite imaginar su trazado fundacional. Abundaban las calles y las veredas eran más angostas que las actuales. Tanto que, según Colombo, la Municipalidad debió intervenir sobre la circulación peatonal.
“Hasta reguló el tránsito peatonal por las veredas para decir quién tenía derecho de paso y quién debía bajar a la calle para dejar pasar a la persona que venía en sentido opuesto.”
La historia quedó registrada. Buena parte de las fotografías tomadas por Bradley en 1885, cuando La Plata tenía apenas tres años, permiten observar cómo eran aquellas primeras veredas. Y una ordenanza de 1895 muestra que todavía no existía un único modelo: podían utilizarse ladrillos, baldosas de piedra, de cemento u otros materiales que no fueran resbaladizos. La excepción eran las avenidas, donde no se permitían ladrillos.
COLORES Y GUARDAS PARA ORDENAR Y ORIENTAR
El sistema que hoy se reconoce como característico llegaría varias décadas después. Colombo ubica su organización en 1949, a través de la Ordenanza Nº 1943, reglamentaria de la edificación en el Partido de La Plata. Allí se estableció la obligatoriedad para los frentistas y se definieron materiales, diseños y colores. Esta normativa fue reemplazada por el Código de Construcciones para el Partido de La Plata, aprobado en 1963 como Ordenanza Nº 3001, que mantuvo esas pautas.
Era más que una decisión estética. Había detrás una idea de ciudad. “El municipio buscaba ordenarla y las veredas eran parte importante de ello. Debían estar todas al mismo nivel, tener igual ancho, emplear el mismo tipo de baldosas”, explica Colombo.
También existía una cuestión práctica: las baldosas podían ser reemplazadas con facilidad y las guardas tenían una función de orientación. “La guarda cerca de la calle advertía de obstáculos como puertas abiertas de vehículos, y la guarda cerca de las edificaciones preveía la aparición de puertas o ventanas abiertas hacia la calle”.
El diseño tampoco puede separarse del modo en que fue pensada La Plata, con un criterio higienista que tenía en cuenta el ancho de las calles o avenidas en virtud de “la altura de las edificaciones, ya que se pensaba que la sombra de los edificios no podía tapar continuamente las veredas, pues al concentrarse la humedad, proliferarían las enfermedades”. Además, “debían permitir que el agua escurriera rápidamente y no se acumulara”.
Las veredas servían para jerarquizar. No era lo mismo una avenida arbolada, con edificios altos, que una calle adoquinada con casas bajas o un sector todavía sin pavimentar. Con el paso de las décadas, sin embargo, aquel código comenzó a perder uniformidad. Colombo sostiene que hasta fines de los años 70 y principios de los 80 el diseño seguía bastante difundido, pero que después de la década de 1990 fue perdiéndose, principalmente por falta de control.
El resultado puede verse hoy en recorridos por distintos barrios: materiales diferentes, reparaciones parciales, desniveles, escaleras, estructuras fijas y cazuelas sobreelevadas conviven en una misma cuadra.
Pero hay otra dimensión que vuelve más compleja la discusión actual: una vereda puede ser histórica y, al mismo tiempo, convertirse en una barrera.
“RECUPERAR EL ITINERARIO PEATONAL”
Para la arquitecta Milagros Quevedo, coordinadora de la Comisión de Accesibilidad y consejera del Colegio de Arquitectura y Urbanismo de la Provincia (CAUBAUNO), es necesario dejar de pensar cada vereda como una pieza independiente.
“Una ciudad como La Plata, forma parte de un sistema urbano que fue pensado desde su origen con una fuerte presencia del espacio público, el arbolado, las diagonales y las plazas”. Desde la perspectiva de la accesibilidad, explica, hay que pensar en un recorrido continuo. “Una persona tiene que poder salir de su casa, recorrer una cuadra, atravesar una esquina y continuar su recorrido sin encontrarse permanentemente con barreras”.
Eso implica una banda de circulación continua, estable y antideslizante, libre de obstáculos y sin desniveles abruptos. Como referencia normativa nacional, señala un ancho mínimo de 1,50 metros para senderos y veredas accesibles y el tratamiento de las pendientes mediante rampas. Pero esto no debería implicar ignorar o borrar la historia.
Por eso propone introducir mejoras “sin perder la identidad de nuestras veredas. Accesibilidad no significa necesariamente reemplazar todo por un pavimento uniforme moderno. Podemos conservar materiales, dibujos, guardas y características históricas siempre que sean compatibles con una circulación segura”. En este punto, Quevedo cree prioritario “cambiar el concepto de reparar veredas por el de recuperar el itinerario peatonal”.
Una baldosa rota es apenas una de las posibles barreras. También lo son una raíz que levanta el piso, una tapa de servicio hundida, un poste, una entrada de garaje que modifica la pendiente, una mesa de un comercio, un cantero mal resuelto o una esquina sin rampa.
“Por eso propondría relevar las veredas considerando simultáneamente estado físico + accesibilidad + arbolado + patrimonio + drenaje + mobiliario + cruces peatonales. Eso permitiría establecer prioridades reales de intervención”, destaca la profesional.
MIRAR LA CUADRA MÁS ALLÁ DE CADA FRENTE
La escala de la cuadra resulta entonces fundamental, ya que “el principal error es resolver cada lote individualmente sin mirar la cuadra”, advierte Quevedo. “Tenemos veredas que suben y bajan según cada propiedad, accesos vehiculares que modifican completamente la pendiente transversal, escalones de comercios que avanzan sobre el espacio público, materiales diferentes y reparaciones parciales que generan resaltos”.
Y vuelve sobre una idea central: “Preservar no significa congelar y hacer accesible no significa borrar. El desafío profesional es intervenir sobre lo existente, conservar aquello que tiene valor y adaptar lo necesario para que pueda ser utilizado por todas las personas”.
El mismo criterio debería aplicarse a los árboles, ya que no son elementos a eliminar para conseguir una vereda lisa: “Deberían ocupar un lugar central. El arbolado es parte de la identidad y del patrimonio ambiental y paisajístico de La Plata”, plantea Quevedo, convencida de que el desafío debería ser “árbol y accesibilidad”.
Eso supone, claro, estudiar especies, dimensiones de las cazuelas, crecimiento de raíces y mantenimiento, además encontrar soluciones específicas para ejemplares que forman parte del patrimonio ambiental.
CUANDO CAMINAR SE VUELVE UNA CARRERA DE OBSTÁCULOS
Existe una última disputa por el espacio: la ocupación de las veredas. Mesas y sillas, cartelería, motos, bicicletas, contenedores y un largo etcétera que transforman el caminar en un recorrido de obstáculos. “El problema no es necesariamente la presencia de estos usos, porque también forman parte de una ciudad activa y del encuentro en el espacio público. El problema aparece cuando no están ordenados y avanzan sobre la banda de circulación”, explica Quevedo.
Para quien camina sin dificultades puede tratarse de una molestia. Para una persona en silla de ruedas, alguien que utiliza bastón, una persona ciega, un adulto mayor o quien empuja un cochecito, puede significar directamente la imposibilidad de avanzar en el recorrido.
“RECUPERAR EL CÓDIGO DE INFORMACIÓN URBANA”
En paralelo, la arquitecta Malena Carranza, coordinadora de la Comisión Patrimonio y Paisaje del CAUBAUNO, pone el foco en aquello que se transmite desde el propio suelo. “El valor patrimonial de las veredas es que contienen un código de orientación e información que permite leerse sin saber leer y que comunica”, plantea. Aclara, no obstante, que el elemento a “preservarse es ese código, lo que no implica necesariamente conservar cada baldosa original”.
La accesibilidad, agrega, tampoco requiere cubrir toda la ciudad con un único modelo de baldosa táctil. El desafío está en pensar “la relación entre materiales, geometría, textura y en recorridos”, propone.
Es allí donde patrimonio y accesibilidad pueden dejar de aparecer como conceptos enfrentados, para volverse una oportunidad. “Lo interesante del sistema del código histórico es que ya contiene una lógica de orientación, o sea transmite información mediante el pavimento sin necesidad de carteles”, señala Carranza.
La clave, sostiene, es pensar la intervención como un sistema urbano y no como una colección de arreglos particulares. “Una vereda no puede ser vista de manera aislada (salvo algún caso en particular). Los criterios de intervención deberían estar establecidos por una visión global urbana planificada”.
En ese marco, también cambia el significado de las palabras. Restaurar, recuperar, reemplazar y modernizar no son necesariamente sinónimos.
“Restaurar es volverla a hacer como era antes a partir de un deterioro, recuperar depende de que es lo que se quiera recuperar, reemplazar es sustituir por otra cosa y modernizar tiene que ver con cambiar lo que ya existe en un lenguaje contemporáneo”.
La solución, plantea, podría combinar esas estrategias: recuperar el código de información urbana, incorporar accesibilidad y utilizar materiales contemporáneos cuando sea necesario.
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