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Durante décadas, el gran desafío de la medicina fue evitar que las personas murieran prematuramente. Hoy, el objetivo es otro. La expectativa de vida aumentó gracias a las vacunas, los antibióticos, el acceso al agua potable, el desarrollo de nuevos tratamientos cardiovasculares y oncológicos y una mejora general de las condiciones sanitarias, pero esto abrió una nueva etapa, mucho más compleja: cómo sostener una sociedad que envejece mientras nacen cada vez menos chicos.
Argentina atraviesa una transición demográfica profunda. La esperanza de vida supera actualmente los 76 años y la proporción de mayores de 65 continúa creciendo de manera sostenida. Paralelamente, la natalidad registra una de las caídas más pronunciadas de las últimas décadas, alterando una pirámide poblacional que durante generaciones tuvo una base amplia y hoy comienza a invertirse.
Para quienes administran instituciones de salud en la Ciudad, el cambio ya dejó de ser una proyección estadística para convertirse en una realidad cotidiana.
“NO TODOS LOS PACIENTES VAN A RECIBIR LA MISMA TERAPÉUTICA”
“El aumento de la longevidad, sin tomar todas las precauciones en la juventud, tiene impacto directo en la salud y suben mucho las tasas de uso del sistema, por lo que hay que empezar a trabajar en su economía. No todos los pacientes van a poder recibir la misma terapéutica, por lo que habrá que empezar a analizar mucho las políticas sanitarias en función de la expectativa de vida”, advierte Juan Guillermo Salas, director del Instituto Médico Platense y presidente de la Asociación de hospitales, clínicas y establecimientos de alta complejidad de la provincia de Buenos Aires (Acliba).
El cambio puede verse en los propios pasillos de las clínicas. Si hace apenas algunos años predominaban las internaciones por cirugías programadas, partos o procedimientos de corta estadía, hoy el perfil del paciente es completamente diferente.
“Antes la internación clínica era sólo el 30 por ciento y el resto correspondía a cirugías o procedimientos. Hoy representa casi el 55 por ciento. Son pacientes mucho más ancianos, con neumonías, enfermedades metabólicas, deshidratación o fracturas de cadera. Es una realidad que antes no veíamos con esta intensidad”, describe Salas.
El fenómeno responde a una transformación epidemiológica. Las enfermedades infecciosas cedieron terreno frente a las patologías crónicas no transmisibles, que acompañan durante años a las personas y requieren tratamientos permanentes. Hipertensión, diabetes, insuficiencia cardíaca, enfermedad pulmonar obstructiva crónica, insuficiencia renal, artrosis u osteoporosis conforman hoy el núcleo de las consultas y de las internaciones de los adultos mayores.
LA POLIMEDICACIÓN
La consecuencia inmediata es la polimedicación. Un mismo paciente suele recibir simultáneamente cinco, seis o más medicamentos, aumentando los riesgos de interacciones, dificultades para cumplir correctamente los tratamientos y mayores costos, tanto para las familias como para las obras sociales.
Pero el problema excede lo estrictamente médico. A medida que aumenta la longevidad también crecen los trastornos neurocognitivos, entre ellos las distintas formas de demencia y la enfermedad de Alzheimer, patologías que obligan a reorganizar completamente la vida familiar.
LA CRISIS DE LOS CUIDADORES
Los especialistas coinciden en que detrás de cada diagnóstico aparece otra crisis menos visible: la de los cuidadores.
Las familias deben enfrentar decisiones para las cuales no fueron preparadas, como la falta de capacitación, el desconocimiento de los recursos disponibles, el desgaste físico y emocional de quien asume el cuidado y los elevados costos de la atención prolongada.
A ello se suma un déficit estructural. Argentina dispone de pocos centros de día especializados, escasas residencias preparadas para pacientes con deterioro cognitivo, limitados servicios de apoyo domiciliario y una oferta insuficiente de espacios de respiro para quienes cuidan a tiempo completo.
El médico especialista en Psiquiatría y Psicología Médica, Diego Sarasola, sostiene que el verdadero desafío ya no consiste únicamente en prolongar la vida.
“Es un hecho indiscutible que haber prolongado la expectativa de vida es el mayor triunfo de la salud pública del siglo XX. Ahora debemos lograr extender la expectativa de vida saludable. El problema es que los sistemas sociales y sanitarios fueron diseñados para un mundo joven que ya no existe”, señala.
El especialista considera que todavía predomina una mirada equivocada sobre el envejecimiento.
“SEGUIMOS PENSANDO LA VEJEZ COMO UNA ETAPA PASIVA”
“Seguimos pensando la vejez como una etapa pasiva o una enfermedad en sí misma, cuando en realidad es un proceso dinámico que requiere una profunda reestructuración urbana, médica y económica”, afirma.
Uno de los aspectos que más preocupa a los profesionales es la salud mental. La depresión, la ansiedad y el deterioro cognitivo suelen pasar inadvertidos porque todavía persiste la idea de que perder memoria o aislarse “es normal” a determinada edad.
“No lo es. Muchas veces la depresión en el adulto mayor no aparece como tristeza sino como apatía, aislamiento o dolores físicos, lo que retrasa el diagnóstico y el tratamiento”, aclara Sarasola.
El envejecimiento de la población también está modificando la manera en que funcionan los hospitales y sanatorios. Los pacientes permanecen más tiempo internados, presentan múltiples enfermedades simultáneas y, muchas veces, el alta médica se demora por razones ajenas al cuadro clínico.
Es el fenómeno conocido como “cama bloqueada”: personas que ya no necesitan permanecer hospitalizadas pero que no pueden regresar a sus hogares porque no cuentan con un familiar que las cuide, no consiguen una residencia de larga estadía o esperan un lugar en un centro de rehabilitación.
“TENEMOS UNA PACIENTE DE LA QUE NADIE SE HACE CARGO”
“Tenemos una paciente con una fractura de cadera. No hay quien se haga cargo, no tiene ropa. Llamé a la hija y me dijo que no podía encargarse; la nieta trabaja y el hijo ni siquiera responde el teléfono. La tenemos acá, sola, y tiene poco más de 70 años. Es una problemática que vivimos todos los días”, relata Salas.
La situación obliga a las instituciones a resolver problemas que históricamente no formaban parte de su misión asistencial, como debió incorporar ropa para adultos mayores abandonados durante la internación, reforzar los equipos de trabajo social y hasta ampliar la capacidad de su morgue.
“Teníamos contemplado tener mudas de ropa para chicos, pero no para adultos mayores que quedan solos o abandonados por sus familiares. También tuvimos que adecuar la morgue con una cámara frigorífica porque antes el promedio de egreso de un paciente fallecido no superaba las 24 horas y ahora pueden pasar cinco días sin que nadie venga a buscarlo”, cuenta el médico.
Incluso aparecen situaciones impensadas hasta hace pocos años. Cuando no existen familiares responsables, las propias clínicas deben afrontar los costos del traslado y, en algunos casos, del sepelio.
“No estamos preparados para eso. Las obras sociales cubren al paciente vivo, pero cuando fallece entra en una nebulosa administrativa. La clínica termina haciéndose cargo porque alguien debe hacerlo”, resume.
TORMENTA PERFECTA
Néstor Porras, presidente de la Federación de Clínicas, Sanatorios, Hospitales y otros establecimientos de salud de la Provincia de Buenos (FECLIBA), confirma que el fenómeno atraviesa a todo el sector privado de salud.
“La longevidad es un fenómeno mundial. El paciente que hoy se complica a determinada edad antes lo hacía mucho más joven. Todo el engranaje del sistema sanitario se mueve más porque aumenta el consumo de camas, de servicios y de recursos humanos”, sostiene.
Según explica, la situación se vuelve todavía más compleja en una obra social como PAMI, donde casi la totalidad de los afiliados son adultos mayores con ingresos muy magros.
“Es un proceso muy doloroso cuando un afiliado ingresa a una institución y no hay referentes con quienes hablar, nadie lo visita o viene derivado de un geriátrico y ya no puede volver. Son recursos que se utilizan para resolver problemas sociales cuando ese paciente no debería permanecer internado”, afirma.
Mientras tanto, las clínicas afrontan una crisis económica que limita la capacidad de respuesta. Porras asegura que el retraso en los valores que reciben los prestadores respecto del incremento de los costos pone al sistema en una situación crítica.
“Estamos trabajando a pérdida. No queremos subsidios; queremos que se financie adecuadamente la atención de los afiliados. La longevidad, la mayor demanda asistencial, la falta de recursos humanos y la situación económica conforman un combo explosivo”, advierte.
A ello se suma otro problema creciente: la escasez de profesionales.
“Conseguir médicos de guardia es una proeza. También faltan enfermeros, técnicos y personal auxiliar. Son trabajos muy sacrificados, con enorme responsabilidad”, señala, sin pasar por alto que los salarios son bajos.
En paralelo, la caída de la natalidad comienza a generar un interrogante de largo plazo: ¿quién cuidará a las próximas generaciones de adultos mayores?
Sarasola considera que el país está subestimando esa transformación. “Estamos ante una tormenta perfecta. La baja natalidad significa que en pocos años la relación entre personas dependientes y personas en edad de cuidar va a quebrarse. No habrá suficientes manos ni en las familias ni en las profesiones sanitarias para cubrir la demanda si no jerarquizamos y remuneramos adecuadamente el trabajo del cuidado”, pronostica.
El especialista recuerda que ya hoy existen familias en las que personas de 60 o 70 años cuidan a padres de más de 90, una realidad que modifica por completo la estructura tradicional del hogar. Al mismo tiempo, alerta sobre otro enemigo silencioso: la soledad.
“Hoy la evidencia científica equipara el impacto de la soledad crónica sobre la mortalidad con fumar quince cigarrillos por día. El aislamiento social acelera el deterioro cognitivo y afecta directamente la salud física y mental”, explica.
Frente a este escenario, los especialistas coinciden en que la respuesta no puede limitarse a sumar camas hospitalarias. Plantean la necesidad de reorientar el sistema hacia la prevención, fortalecer la atención primaria, capacitar en geriatría y psicogeriatría, crear más centros de día, ampliar las redes de cuidados domiciliarios y adaptar la infraestructura urbana para una sociedad que envejece.
También proponen revisar normas que fueron pensadas para otra realidad demográfica. Entre ellas, los criterios de categorización hospitalaria, que siguen otorgando un peso determinante a los servicios de neonatología cuando la demanda crece, sobre todo, en geriatría, rehabilitación y enfermedades crónicas.
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