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El nuevo orden del fútbol: radiografía de un Mundial de 48 equipos

La expansión del torneo de 32 a 48 seleccionados transformará por completo la dinámica de la competencia, abriendo el juego a los menos favorecidos y alterando las estrategias de las grandes potencias futbolísticas

república checa y corea del sur, dos de los seleccionados que compiten actualmente en este mundial / ap

Por Redacción

El formato de la Copa del Mundo ha evolucionado considerablemente a lo largo de la historia. Desde los torneos de eliminación directa en los años 30, pasando por las liguillas definitivas o las segundas fases de grupos de los 70 y 80, la FIFA ha buscado moldear su producto estrella. Sin embargo, la actual transición hacia un mega-torneo de 48 equipos marca un punto de inflexión sin precedentes, alterando drásticamente el calendario, la logística y la competitividad global.

Al pasar de la estructura tradicional a este nuevo esquema, el volumen total de partidos se disparará de 64 a 104. La clásica distribución se reconfigura en 12 grupos de cuatro integrantes cada uno. Una de las principales novedades radica en la instauración, por primera vez, de una ronda de dieciseisavos de final (ronda de 32), lo que obligará a los equipos finalistas a disputar un total de ocho compromisos en lugar de los siete habituales.

La primera etapa del torneo se vislumbra como una tarea ardua y sumamente extensa, albergando 72 de los 104 partidos totales. Con una reglamentación que estipula que ocho de los doce equipos que finalicen en el tercer puesto accederán a la fase eliminatoria, surge un dilema analítico: en promedio, la trascendencia individual de muchos partidos de primera ronda disminuirá drásticamente. Existe el riesgo latente de que la fase de grupos se perciba más como una prolongada etapa de clasificación que como el núcleo de un Mundial propiamente dicho.

A esto se suma un factor logístico y de audiencias. Seguir la totalidad del fixture demandará un esfuerzo descomunal para los aficionados debido a la dispersión horaria; de hecho, algunos encuentros singulares se disputarán en franjas prácticamente inaccesibles para el gran público en directo, obligando a las mayorías a consumir la primera fase a través de resúmenes y mejores momentos.

Frente a quienes temen una devaluación del nivel futbolístico o la repetición de goleadas históricas —como el recordado 13-0 de Estados Unidos sobre Tailandia en el Mundial Femenino de 2019—, la experiencia reciente demuestra que las distancias se han acortado. En aquella misma expansión femenina a 32 equipos, debutantes como Vietnam lograron estructurarse defensivamente para caer dignamente ante potencias por marcadores mucho más ajustados (3-0).

En la rama masculina, selecciones que históricamente han estado fuera del foco principal —como Irak, Cabo Verde, Jordania o Haití— encontrarán un escenario propicio para dar la sorpresa. La matemática del nuevo formato les sonríe: al saber que una única victoria en la fase de grupos podría bastar para sellar el pase como uno de los mejores terceros, la estrategia de resistir defensivamente ante los colosos y apostar todo a un triunfo determinante ante rivales directos se convertirá en la norma.

El verdadero drama iniciará en la ronda de 16avos de final. A diferencia de los viejos formatos, donde el impacto de batacazos como el triunfo de Arabia Saudita sobre Argentina en 2022 se amortiguaba porque quedaban partidos de grupo por delante, en las nuevas llaves de eliminación directa a partido único cualquier tropiezo de las potencias significará armar las valijas de forma inmediata.

Si existe una confederación beneficiada en términos de representatividad, esa es la africana (CAF). Gracias a la ampliación de cupos, África duplicará su presencia, pasando de 5 a 10 plazas directas. Asia también escalará de 6 a 9 representantes, mientras que Norteamérica contará con 6 seleccionados (incluyendo a sus tres anfitriones).

Históricamente, la clasificación en la zona africana ha sido un terreno sumamente hostil debido a la paridad y profundidad de sus selecciones, dejando habitualmente fuera del mapa a gigantes tradicionales de la región. La última vez que el torneo se disputó en suelo norteamericano (1994), las naciones africanas representaban apenas el 12,5% de los participantes; de ahora en adelante, esa cifra ascenderá al 20,8%, dándole a figuras de la talla de Mohamed Salah y a los combinados del continente una plataforma sin precedentes para dejar una huella imborrable.

El aumento de partidos y las rigurosas condiciones climáticas y de duración obligarán a los directores técnicos a archivar la vieja costumbre de alinear a un “once ideal” fijo desde el inicio de la cita mundialista. Las alineaciones iniciales mutarán constantemente.

Los entrenadores de las potencias se verán empujados a utilizar planteles amplios y recurrir a sus reservas en la fase de grupos para preservar la frescura física de las estrellas de cara a los mata-mata. Un espejo de esta versatilidad estratégica fue la Selección Argentina campeona del último Mundial, la cual utilizó a 24 futbolistas distintos a lo largo de su camino hacia el título, sentando las bases de la flexibilidad que demandará el fútbol del mañana.

Finalmente, las estadísticas individuales también sufrirán un fuerte impacto. La carrera por consagrarse como el máximo goleador del torneo se volverá mucho más impredecible. Tradicionalmente, la Bota de Oro requería que el futbolista perteneciera a un equipo que alcanzara, como mínimo, las semifinales para acumular la mayor cantidad de partidos posibles.

La excepción histórica fue Oleg Salenko en Norteamérica 1994, quien compartió el galardón con Hristo Stoichkov anotando cinco de sus seis goles en un solo encuentro de fase de grupos ante Camerún, pese a quedar eliminado prematuramente. Con el nuevo esquema, un delantero de élite cuyo equipo dispute un partido “extra” en la fase de grupos contra una selección debutante o de menor relieve defensivo, tendrá serias posibilidades de sentenciar la tabla de goleadores de manera anticipada, incluso si su nación no logra avanzar hacia las instancias definitorias del certamen.

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