Bajo un sol abrasador y con una temperatura que superaba ampliamente los 30 grados, los hinchas argentinos comenzaron a copar desde temprano los alrededores del Arrowhead Stadium de Kansas City, escenario del duelo entre la Selección Argentina y Suiza por los cuartos de final de la Copa del Mundo. Como ocurrió a lo largo de todo el torneo, la marea albiceleste volvió a hacerse sentir y transformó una ciudad estadounidense en una auténtica extensión del territorio nacional.
Desde varias horas antes de la apertura de las puertas del estadio, las calles cercanas al recinto se poblaron de camisetas celestes y blancas, bombos, banderas y canciones que acompañaron una previa cargada de entusiasmo. Familias, grupos de amigos y fanáticos llegados desde distintos puntos del planeta se reunieron para vivir una jornada que tuvo todos los condimentos característicos del folklore futbolero argentino.
La identidad nacional estuvo presente en cada rincón. Gigantescos trapos con la imagen de Diego Armando Maradona fueron utilizados incluso para generar sombra frente al intenso calor. A su alrededor, los cánticos dedicados a la Scaloneta se mezclaban con clásicos del cancionero popular argentino, mientras el humo de las parrillas y el aroma de la comida típica completaban una postal difícil de encontrar fuera del país.
Miles de historias se fueron entrelazando, desde el grupo de amigos de la secundaria que lograron concretar el viaje, como la familia de Lomas de Zamora que dejó todo para presenciar el último mundial de Lionel Messi. Además, de la inocencia de los más chicos que vivían un sueño.
A su vez, como en ocasiones anteriores, simpatizantes de otras selecciones nacionales buscaron ser testigo de una gran misa, la cual, habían escuchado, o visto a través de imágenes, pero nunca vivido.
Por su parte, las bebidas espirituosas también se hicieron presentes para que los más tímidos se sumen a la locura nacional. Por un momento, parecía que se regalaban sonrisas, por la alegría y emoción de cientos de miles de presentes. Al mismo tiempo, en el famoso Fan Fest, la presencia de gauchos se hacía presente para acompañar al conjunto dirigido por Lionel Scaloni.
Cuando en Argentina el reloj marcaba poco después de las 17, las puertas del estadio finalmente se abrieron. A partir de ese momento comenzó un constante desfile de simpatizantes que fueron ocupando las tribunas y convirtiendo al Arrowhead en una especie de estadio del fútbol argentino. Los tirantes comenzaron a desplegarse, las banderas a flamear y la música a sonar con más fuerza.
La diversidad cultural volvió a ser una de las grandes protagonistas de la jornada. Hinchas con camisetas de clubes de todas las categorías convivieron en una misma fiesta. Algunos lucían prendas con la imagen del Indio Solari, otros portaban banderas de sus barrios o ciudades de origen. Mientras tanto, la cumbia villera sonaba de fondo y acompañaba los bailes improvisados de quienes disfrutaban de la previa con una bebida en la mano.
La temperatura emocional fue creciendo a medida que se acercaba la hora del partido. La salida de los equipos al campo de juego terminó de encender un estadio que ya vibraba desde mucho antes. Primero apareció Suiza, que fue recibida con una lluvia de silbidos. Minutos después llegó el turno de la Selección Argentina. Con Lionel Messi encabezando la fila, los campeones del mundo pisaron el césped y provocaron una explosión de euforia. El estadio se vino abajo y, por un instante, Kansas City pareció quedar a miles de kilómetros de Estados Unidos y mucho más cerca de casa.
Miles de hinchas coparon las calles argentinas y a la vez, tiñeron Atlanta de celeste y blanco
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