Es cierto que hay otro que alegra, gusta y despierta el aplauso. Ese son dos horas de piruetas, saltos, equilibrio, malabares con fuego, payasos y contorsiones. Pero el que no se ve, el ignorado y cotidiano, nunca deja de fascinar. Y acaso sea más entrañable: se trata del espectáculo sin público, el que nadie aplaude y que oculta tras bambalinas la vida itinerante de unas veinte personas que tienen al circo como su único hogar. Ellos le dan vida al Gran Conan, una carpa gigante de lonas amarillas y azules que desde hace una semana instauró un universo de peligros, inocencia y pibes azorados en un descampado de la Ruta 11 y 604, ya del lado de Berisso.
El Conan es todo un ejemplo de circo familiar. Su fundador fue ni más ni menos que el lejano tatarabuelo de quienes ahora, varios años después, siguen saliendo a escena y representando sus números como si el tiempo en esa carpa de hechizo nunca hubiese transcurrido. Todos tienen algún parentesco con el otro. El malabarista es hijo de la trapecista, una de las contorsionistas está casada con el lanzador de cuchillos, la otra es la pareja del mago y el payaso es el tío de todos los hijos que tuvo la acróbata del aire. Todos son artistas. Todos son familia.
HABIA UNA VEZ
A Daniel Stevanovich esa idea le da vueltas la cabeza y la acomoda con palabras:
-Fijate los pibes que vienen a vernos -dice-: por lo general son pibes de barrios humildes que tal vez nunca vieron un mago o un equilibrista. Algunos piensan que el circo es algo bizarro, de menor calidad. Y eso a mí me pone loco. El circo es un arte. Un gran arte que merece respeto.
-Somos de donde nacemos -lo resume su madre, Silvia Adriana Gómez, ex acróbata del Conan y cuarta generación de artistas circenses-. Esta es nuestra casa, y nuestra casa puede estar en cualquier lugar. Yo fui mamá en Miramar y también en Córdoba. Y ahora estamos con mis hijos todos juntos, recorriendo el país y haciendo lo que más nos gusta: una vida de circo.
FAMILIA RODANTE
Un rato antes de que arranque el show -son dos funciones diarias, a las 15 y a las 17- los artistas y los técnicos van de aquí para allá del otro lado de las lonas ajustando detalles y preparando el vestuario. Pero lo más atractivo, al menos para quien escribe, sigue siendo verlos mucho antes en ese mundo mágico y oculto donde es moneda corriente toparse con un grupo de nenes disfrazados de payaso, con una acróbata que elonga al costado de un trailer o con un hombre vestido de negro afilando sus cuchillos.
Uno de esos artistas aparece ahora con la cara recién pintada, un atuendo de colores rojos, violetas y verdes y una enorme nariz colorada que es sinónimo de diversión. Se llama Cristian Gómez y nació en el circo hace ya 40 años, durante una lejana gira por Lomas de Zamora.
Cristian sabe bien lo que es vivir en ese mundo paralelo que transcurre más allá de la pista:
-Mi vida es esto -cuenta-. Pensá que a mi viejo le avisaron que yo había nacido cuando bajó del trapecio. A los 4 años yo ya estaba con la cara pintada y haciendo payasadas. Es una herencia. Mis bisabuelos eran actores de zarzuela y trabajaban en lo que era el viejo circo criollo. Somos varias generaciones haciendo lo mismo. O casi. Porque nunca termina siendo igual. Nunca una función es igual que la otra. Hacemos lo mismo pero siempre diferente.
Lo que dice Cristian lo puede demostrar Ezequiel López, tío de Silvia y quien ahora, con 67 años, se dedica a vender golosinas en la entrada y a recordar otros tiempos en los que era trapecista y domador de animales salvajes.
-Por más que el físico a uno ya no le de -confiesa-, a la vida de circo es imposible dejarla. Nací acá y acá me voy a quedar. Es mi casa. Mi única casa.
Ezequiel peina canas y muestra una herida de su antigua vida en el escenario: es una cicatriz que luce fea y que le recorre todo el antebrazo derecho.
-La mordedura de un león -informa casi con orgullo-. Fue en un ensayo en Córdoba, hace ya cinco años. Por suerte en el escenario nunca me pasó nada. Igual ahora con animales ya no dejan trabajar. Para mi es un error. Me parece bárbaro que haya que protegerlos y que se controle que no existan maltratos. Pero hay pibes que nunca en su vida vieron un león o un tigre. Y el circo, para mí, puede ser una manera divertida de darlos a conocer.
-Fue por unos días -aclara Ezequiel-. Yo era muy chiquito, mi viejo era payaso y mi mamá cantaba en el espectáculo. Como no había lugar por ningún lado y teníamos varias funciones que hacer, el comisario del pueblo nos ofreció una celda que tenía libre para que fuéramos a dormir ahí. Y ahí estuvimos, haciendo las funciones de día y durmiendo en la cárcel de noche.
En los últimos años el Conan ha recorrido tantos lugares y kilómetros que ni se recuerdan:
-¿Doscientos kilómetros por semana?-, se pregunta para si mismo Javier Stevanovich sin ser capaz de dar una respuesta certera pero convencido de que son muchas rutas y muchas pero muchas funciones.
-Más de 400 espectáculos al año -precisa Cristian-. Con el nombre Conan el circo ya tiene veinte años. Son años de estar dos o tres semanas en un lugar y enseguida volver a levantar todo para salir otra vez a la ruta. Lo que más demora es el armado, que serán 3 días. Desarmar la carpa es más simple y se hace rápido porque ya estamos acostumbrados. A veces uno se pone a pensar y cae en la cuenta que es un montón de tiempo haciendo esto. Toda una vida. Pero lo mejor es entender que es toda una vida haciendo lo que más nos gusta. Lo que amamos de verdad.
EL LANZADOR DE CUCHILLOS
Marcelo López está casado con la hermana de Silvia (Mariela, la partenaire de sus shows) y es el único que no nació entre la troupe circense. Llegó al circo a los 16 años y desde ese entonces, hace ya unos veinte años, nunca más se fue.
-No podría irme nunca -explica-. A veces voy a visitar a mis familiares que viven en Córdoba pero no me puedo a quedar a dormir con ellos. Me siento raro. Hace años que no duermo en una pieza común. Necesito la carpa, los carros. Necesito el circo.
Con Marcelo el espectador inocente se pone nervioso. Y se pone nervioso porque desde la silla se puede sentir la tensión extrema que le antecede a sus lanzamientos de cuchillos y hachas prendidas fuego que realiza a pocos centímetros del cuerpo de su mujer.
-Por más costumbre que uno tenga -cuenta Marcelo-, la adrenalina antes de cada número es algo que, gracias a Dios, va a seguir existiendo siempre.
Lo que dice el lanzador de cuchillos es entendible si se observa el número y se conocen las anécdotas que rodean al show. Porque siempre, más allá de los recaudos que se puedan tomar, hay un hueco para el riesgo en escena a la hora de lanzar puñales con los ojos vendados.
Cuando estaba internada en el hospital, cuenta Marcelo, fue a verla una psicóloga para ver si tenía miedo de volver. Ella se río. Y lo único que le dijo era que necesitaba cuanto antes estar otra vez en las alturas.
En esa vida que palpita sobre la pista hay trabajos que no se ven pero que se sienten. Puede ser el de Marcelo que lanza cuchillos pero que también prepara la "moto voladora". También es el caso de Daniel, que además de hacer malabares con una velocidad y precisión admirables se desvive para que, a la hora de la función, la música salga a tiempo, las luces iluminen donde tienen que iluminar y los artistas tengan muy en claro el tiempo de ejecución de sus números.
-Todo se habla y se organiza en conjunto pero cada cual es responsable de su acto -explica tras quitarse la campera de cuero y luciendo ahora su habitual atuendo de malabarista-. Hasta los más chiquitos participan. Mirá el caso de mi hermano: recién aprendió a caminar y es uno de los más aplaudidos del show.
Daniel no exagera: Máximo tiene 19 meses y es el hijo de Silvia. Camina con pasos pequeños y todavía algo torpes pero parece de otro mundo cuando sale a escena. Con los ojitos vendados y una sonrisa de oreja a oreja, participa junto a su hermano de un número de humor y se sonríe con una rara sabiduría infantil cuando el público lo ovaciona.
-No es porque sea mi hermano -se apresura en aclarar Daniel-, pero cualquiera que lo ve se da cuenta que tiene un talento enorme. Nació para esto y ya tiene al circo en la sangre.
Falta poco para salir a escena y Marcelo López tiene puesta su clásica indumentaria negra con vivos plateados y todos sus cuchillos afilados. Está listo, pero la vida que deslumbra en la pista se confunde con la que transcurre fuera de ella y, mientras termina de ajustar los detalles de su número, se preocupa también para que sus hijos no se ensucien en los barriales del descampado.
-Ojo por donde andan-, advierte con voz de padre y ropa de fantasía.
La música que se escucha en el interior de la carpa empieza a sonar más fuerte y parece más cercana cuando Marcelo habla. "Bienvenidos al Gran Conan", se anuncia. Se oye también el rumor del piberío y algunas palmas ansiosas que ya anticipan la diversión. Marcelo está concentrado y se persigna con una seriedad absoluta.
-Lo hago siempre -explica-. No es una cábala ni nada de eso. Es mi costumbre: le pido a mi mamá y a mi abuela que están en el cielo que me cuiden. Siempre lo hago. Y cada función se lo dedico a ellas que me miran desde arriba.
La lona que lleva al escenario se descorre. Faltan segundos. El público se acomoda y los artistas corren de un lado al otro. Un segundo antes de marchar hacia la pista Marcelo se persigna por última vez y se le llenan los ojos de lágrimas. Parece que dice algo pero ya no se lo escucha. Ahora todo es un griterío de chicos y música a todo volumen. Es la hora. Hay aplausos. El espectáculo está por comenzar.
Fotos: Gonzalo Mainoldi
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