En 1907 los esposos Fein-Lerena adquirieron un predio en los aledaños del emblemático barrio montevideano que fue conocido inicialmente con el muy madrileño nombre de “Quinta del Buen Retiro”, más tarde como “Prado Oriental” y hoy simplemente como “El Prado” que, aunque con esta breve y nueva denominación, vuelve a recordar otro de los ámbitos más clásicos de la capital española.
El matrimonio decidió entonces encomendar al arquitecto Juan María Aubriot, (quien legó a la ciudad, entre otros edificios, el Palacio Lapido y la Sede Central de la Universidad de la República) la construcción de su residencia en esos terrenos, optando por una casa de cuatro plantas, de marcada tendencia ecléctica historicista, propia de la época, y con un diseño emparentado con los mejores estilos franceses y centroeuropeos, cuya inauguración se llevó a cabo al año siguiente.
Así comenzaba, de alguna forma, la historia de una magnífica propiedad, que en los últimos tiempos ha gozado de la excelente decisión de ser incorporada al circuito de ofertas que integra el cúmulo de expresiones arquitectónicas montevideanas que es posible visitar, y disfrutar, en ocasión de la celebración anual del Día del Patrimonio.
En tales oportunidades quien accede a la residencia puede tomar contacto con muy importantes objetos de arte, con un destacado mobiliario y un aroma que, en definitiva, lo acerca a una porción particularmente bella y valiosa de las expresiones culturales que caracterizan al país.
En la planta baja, también llamada planta protocolar, se distinguen y desarrollan principalmente el Salón homónimo, el Hall de Honor, la Sala Mayor, la Sala de Música y el Escritorio Presidencial, todo lo cual muestra una significativa e interesante variedad de estilos, que van desde el renacentista inglés al anglo-alemán, pasando por el fino portugués.
Yesería de oro a la hoja, cuadros y retratos (obras de de afamados autores nacionales), alfombras persas, porcelanas de Limoges y cortinados, arañas de cristal francés y finos faroles, esculturas y potiches, decoraciones de refinado gusto y hasta una extraordinaria “garniture” holandesa (Delft, original, del siglo XVIII) componen parte de su acervo más preciado. Todas y cada una de las piezas son minuciosamente fotografiadas, numeradas e identificadas, de modo de poseer en forma veraz y actualizada un detallado inventario de las mismas. La permanencia de las obras propias del inmueble se ha visto más de una vez acompañada por la presencia de otras obras, de propiedad personal del Presidente de turno que haya decidido habitar la finca y apostar a una decoración con elementos pertenecientes a sus colecciones particulares.
Hacia 1920 la propiedad pasó a manos del matrimonio Quincke-Hoffmann, quienes le introdujeron reformas (entre otras, la adición de ascensor) a través de la contratación del ingeniero y arquitecto muniqués Karl Trambauer y más tarde el bien fue cambiando de usos y de dueños: el primer patólogo con que contó la medicina nacional, el Dr. Federico Susviela y su esposa Ma. Corina Elejalde, la tuvieron en propiedad como vivienda, desde 1925, la Intendencia Municipal de Montevideo, como adquirente, desde 1940, el Servicio de Oceanografía, Hidrografía y Meteorología de la Armada, como usufructuario, desde 1941, y, finalmente, desde 1947 ha sido la residencia oficial para quien tenga la misión de ejercer la titularidad del Poder Ejecutivo. Esta situación emergió de una sugerencia de la esposa del entonces Presidente de la República Luis Batlle Berres, quien requirió su reacondicionamiento al arquitecto Juan Scasso (el mismo que construyera el mítico Estadio Centenario y el edificio del Ex Hotel Miramar, sede hoy de la Escuela Naval en el barrio de Carrasco, entre otras obras de envergadura).
Desde entonces han existido mandatarios que han utilizado la conocida como “Residencia de Suárez” como vivienda personal y familiar, mientras que otros han optado por prescindir de esa circunstancia y no ocupar el inmueble más que para convocatorias protocolares o de trabajo, de entrevistas o la realización de conferencias privadas, así como reuniones ministeriales o la presentación de cartas credenciales diplomáticas.
Con el correr del tiempo, y hasta fechas recientes, la casa fue objeto de sucesivas adaptaciones y mejoras, remodelaciones y decoraciones. Asimismo amplió sus espacios originales y su perfil con la incorporación de varios padrones aledaños, con el agregado de atractivas estatuas de terracota y de mármol de Carrara, con el plantado de nuevas especies arbóreas y de jardinería, con la construcción de un bello rosedal y un muy cómodo pabellón destinado a la celebración de eventos protocolares y, además, dándole participación para su embellecimiento a los arquitectos Enrique Benech y Nelson Colet y a los renombrados artistas plásticos nacionales Manuel Espínola Gómez y Enrique Medina, siendo este último quien tuvo a su cargo la realización de las pinturas murales en la fachada de lo que fuera la antigua cochera de la residencia.
Allí está, enclavada en el entorno mágico de El Prado, bordeados parte de sus muros por el extremo de la Avenida 19 de Abril, bebiéndose el sol que, en su giro, le regala sus rayos toda la jornada, aguardando que la población le continúe dedicando el trazo de respeto que infunde su presencia y su destino.
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