La agonía de la luz va sumergiendo el paisaje en la nocturna envolvente del ambiente gris que se desliza rodeando la lenta muerte del sol, que se esfuerza en sobrevivir. Pero, finalmente, se resigna para esconderse en el fondo del lejano vistazo, como para no volver, aunque crezca el llamado sollozante de las aves que de él se alimentan, y pulen, en lo simple, su nostalgioso canto agreste, subyugante y arisco, deseoso de rescatar el tiempo feliz que ya se aleja.
El tenue calor de la luna cobija, bajo el crepúsculo sutil, el aroma del viento que extiende su figura y se ensancha horadando ese silencio que sube, desde las tímidas rocas, preñadas de aridez por los matices del día que se desangra.
Ahora el sonoro vientre de la madera expande por doquier su dulzura y su hermoso verdor, su profundo sabor a tierra y su fecunda soledad, en un frescor veraniego de noche calma, cual suave prisma adentrado en el corazón melodioso del río.
El portal del cielo muestra su pecho convertido en sábanas de estrellas somnolientas, acercándose a beber de lo lúgubre, cargado de vacío, temeroso y distante, frío y divino, como mordiendo en la penumbra los brazos eternos del misterio.
Más tarde, recoge el sereno pino azul el manto de un rocío que se abre en brillos perfumados y descubre en tintineantes gotas todo su tierno colorido, mientras las aguas balbucean un lapso de rumor herido de notas musicales y el latir de la quietud presta su hálito callado, enmarcando el éxtasis del entorno, espejo inconfundible de Natura.
Eco dolorido del alma orfebre y febril, de la oscuridad que se despeña al abismo recóndito, en un después, la luz olvida sus horas de letargo y comienza a asomarse al aire aflorando en el cántico inquieto y exótico, fértil y antiguo, doliente y lírico, de un pájaro, palma milagrera de la paz, pañuelo en ritmo y fulgor de lo nuevo.
Se rasga el baile de las sombras y es un torrente asombrado y sediento el naciente astro luminoso que acaricia el sueño límpido de las nubes y muestra a la brisa su cintura orquestal, ante una alfombra estelar y viajera.
Impregnada en libertad, se levanta la piel del hombre y reza la blanca plegaria de la vida, tierna palabra de amor y de esperanza, ajada sólo por el fin.
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