Querida mía:
Hoy no te tengo conmigo. Y sin vos es como asistir al nacimiento de un abismo. Es ver lo profundo de la nada, en el camino sin camino. Es abrazar la telaraña de una tumba.
¿Sabés?. Me devora la noche si no estás a mi lado y siento, como nunca, el cuero arrugado junto a las fronteras de los dedos.
Junto a mi ventana están danzando todos los por qué entristecidos. Porque no estás. Y sin vos parezco aparecer desaparecido. Como esa estatua que no despierta de su siesta de mármol. Y me contagia su frío.
Sin la miel de tu sonrisa, los silencios son vértices que se derriten en hilos de nostalgia, que me dejan solo y embriagado de recuerdos. Hundido en la zanja estrepitosa del barro inamovible, con una pálida herida vespertina.
Sin vos me faltan la ofrenda matinal de oro y savia, los dibujos de una luna que regaba los gemidos y tu desnudez desde la sonrisa alada de mis labios.
Largamente, compañera, cuando extraño tu pollera cenicienta, el vientre del espacio se hace sudor de siglos, la vasija está desierta de alimentos y mi pecho luce agusanado. Porque sin vos se marchitan los encantos del espíritu y un tramo de mis párpados enlutados es brújula yaciente en el fondo del océano.
Los pasos descalzos me visten de soledad y se hacen espigas secas, quebradas por el viento de la muerte y, mientras no te tengo, me quedo masticando el intenso dolor del vacío, sin poder bautizar el balcón de la esperanza.
Ya no soy aquel soldado de la avenida del tiempo, de los maletines vagabundos, que llevaba una bicicleta celeste puesta en las rodillas, que guardó una lágrima en su llavero y le dio gracias al amanecer de techos empapados.
Fue esa vez que escribí el arco iris en el espejo del domingo. Y me enamoré.
Pero hoy, sin vos, no sé cuál seguirá siendo mi identidad, mi matrícula y mi rostro. Sin tenerte entre mis manos, mi historia será un nombre enterrado en un bolsillo que ya no usaré por desgarrado.
Me falta el misterio de la próxima primavera y que vuelvan los susurros de la brisa. Hubiera querido hacer poesía y amasar los abrazos ardientes sobre la copla plagiada desde un planeta con color de calesitas. Me hubiese gustado tanto arrugar tu sombra en una almohada y ser el sol que madura tus damascos. Porque no quiero morirme así, de a pedazos, masticando penas al lado de un almanaque lleno de horas de llantos y olvidos.
Espero verte pronto. Para calmar la sed de besos y destrozar los viejos atardeceres rojos de distancia. Será la forma de iluminar tu cintura desde la cornisa de lo desconocido.
Verás que podremos correr con el pasacalles de las caricias, porque soy el número uno de los locos, el que enciende el fuego para combatir el río. Y serás el terremoto de lujuria de tus pies descalzos, con ritmo golondrina de camisas desprendidas.
Yo sin vos no soy ni puerta, ni noticia, ni barco, ni manzana. Soy solamente el huracán de verbos de las mismas cartas anteriores. Pero sin mayúsculas.
Se hunde la mesa donde extiendo mi mantel de estreno; se cae la vidriera donde se exhibe el coro de estrellas que gritan que te amo y siento el centro de mi boca seco.
¿Quién pudiera definirte, que ni mi tinta pudo?. Por eso llevo mi silbido quieto. Porque no está tu ternura donde estuvo antes.
Con las lianas de tus ojos me enredaste y en los martes de mi propia marca hice los otoños que querías.
Ahora sé lo que es el todo. Desde el día en que desperté con un dibujo bajo el brazo y me atreví a contártelo, al final de tu calle cortada. Fue la noche que el paladar jugó sin preguntarnos qué talle deseábamos beber de cerca.
¿Te acordás?. Si hasta con tus dedos me fabriqué una bandera, con tu pelo me imaginé el silencio y salí a navegar los sueños hasta mojar mi camisa con tu perfume de amapolas.
Pero esta noche es diferente. Porque hoy una vértebra se escapó sin decir nada. Un pañuelo se cayó y no fue seda, ni almidón, ni nada. Y una cometa se hizo horizonte desteñido.
Sin vos hay un reloj encarcelado, un volcán enmudecido, un pirata del hastío y una sábana soltera manchada de un insípido café.
¡Cómo me hiere tu ausencia! Si no estás aquí la partitura está dormida y la espera es ceniza de sílabas sueltas.
Y me desangro mirando al cielo. Como deshilachando un ruego sin luz y por amor. Buscando saber dónde empiezan la lluvia y los torrentes. Aguardándote, como si fueras hija de las nubes. De la nubes que me nublan si no estás conmigo.
Tuyo.
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