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MUSEO JUDÍO (CONCORDIA, E. RÍOS)

Por Redacción

Un museo es un poema

que reúne las palabras

que los pueblos necesitan

escuchar cada jornada

con imágenes redondas

como alimento del alma

con las historias vestidas

de esenciales voces plásticas.

 

Un museo es un poema

musical desde su entraña

que inaugura consonantes

y a las vocales las graba

en los espacios del viento

que huele por las metáforas

a mensaje y a escenario

de anaqueles y de salas.

 

Un museo es un poema

que dialoga desde el alba

con el acervo encantado

rimado de amor y magia

como una emoción crecida

inspiradora fantástica

de los verbos de cenizas

de las herencias sin manchas.

 

Un museo es un poema

en letras de bronce, doradas

de espíritu, de conciencias

de vida y de mil batallas

donde se inscriben ancestros

que el corazón arrebata

documentando pasiones

en el color de sus páginas.

 

Un museo es un poema

de las memorias sagradas

en un lenguaje del tiempo

que evoca la fe sin pausas

del hombre, de sus costumbres

sus valores, sus nostalgias

declamado en horizontes

de sílabas trasnochadas.

 

Un museo es un poema

que sufre, cobija y guarda

acentos viejos de aldeas

agudos versos de plata

con el ritmo de un abrazo

que de cultura se inflama

por la calle patrimonio

esquina luz y enseñanzas.

 

Un museo es un poema

que de mi tinta hoy se escapa.

 

(poema dedicado al Museo, en su inauguración, 30/09/07)

 

* * * * * 

Estuve allí. Entre las picantes chamarritas guitarreras y las asoleadas “kipot” del mediodía, entre una bendecida “mezuzá” de brillo irrepetible y un mate caminador por la vereda de enfrente.

Estuve allí. Entre el emblemático corte de cintas inaugurales y la “Yerushalaim shel zahav”, hecha tenor y pico, entre una estilizada “menoráh” amurada en logotipo y el espíritu del paisaje del regocijo compartido.

Estuve allí. Entre los aplausos que reúne el Oíd Mortales! y los ecos milenarios que surgían del “shil”, pared por medio.

Quinientos kilómetros más tarde, estuve allí. Siendo protagonista de la textura de una escena, donde se daba a luz un Museo en el almanaque de la calle Entre Ríos. En su fecha señalada, a la hora señalada. Desde la diversidad de imaginarios de la cultura judía, como el más trascendental de los iconos de la memoria que ha teñido de convocatoria al espacio y al tiempo entrerrianos.

Mi ciudad natal exhibió, en una jornada no exenta de lágrimas, su cortometraje de regreso al culto de una identidad de la cual formamos parte indivisiblemente. Por eso estuve allí. Nutriéndome de la fecundidad vigente de un acervo rescatado en color y en profundidad y arraigo. El Museo Judío de Entre Ríos, espejo y universo de las epopeyas inmigrantes, se suma entonces como una galería histórica, etnográfica, artística y emotiva de la rica tradición en la que nos reconocemos.

Estuve allí. Recogiendo los frutos que sembraron nuestros antepasados recientes -y no tanto- quienes nos legaron estas páginas que ahora tenemos la oportunidad de recorrer para fortalecer la piel de nuestra pertenencia, la materia prima de la que hemos sido esculpidos.

Como un retrato de lo colectivo, los rincones de este Museo se erigen en vidrieras de lo mítico, en escenarios de lo imborrable, en sorbos de reliquias, en almas y señales de una esencia. Por eso decidí estar allí. Para beber de las ideas del barón Mauricio de Hirsch o de las metáforas contagiosas de Alberto Gerchunoff, de las raíces de las genealogías judías multiplicadas y de las nostalgias de tantos e ilustres judeo-entrerrianos que ahora, por voluntad y esmero de la familia Oppel, no les será posible perderse u olvidarse tan fácilmente.

Estuve allí. Para participar, como inquieto espectador, de esta apuesta reflexiva al renacer de una tan especial simbología que, como la yuxtaposición de objetos en las ferias más famosas, se presenta ante el ávido visitante, como un cúmulo de relevantes registros de la vida judía, conjugados a lo largo y ancho de la continuidad temporal.

El disfrute se instaló en el bullicio entintado de fervor, vivo e irrenunciable. Es que el mensaje que transmite este nuevo museo concordiense, preñado de sensibilidad, nace de la historia y el trabajo, de los hitos y los valores de un pueblo al que involucra con pasión y fuerza. Por eso encontré la forma de estar allí. Como lo quería, pero también como lo necesitaba.

(nota publicada en diversos medios montevideanos y entrerrianos)

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