Había escrito y enviado aquella carta, y no miento si digo que en realidad no esperaba ganar. Pero una tarde, allá por fines de agosto, al llegar a casa, recogí del casillero para correspondencia del edificio, una nota en la que me comunicaban que me había hecho acreedor al premio, que me visitarían unos días después de mediados de septiembre, para entregármelo y compartir conmigo tan emotivo momento.
Lo curioso era que yo había participado, como todos los que respondimos a la convocatoria, sin conocer el detalle de los premios. Se decían ‘muy importantes’.
Serían, tal vez, un automóvil, o un pasaje a quién sabe qué país, un electrodoméstico o una bicicleta, o simplemente un bolso de viaje, uno nunca sabe.
Pasaron los días. Una mañana, mientras ordenaba unos libros en la biblioteca de uno de mis hijos, llaman a la puerta del apartamento. Yo mismo atendí. Ante mis ojos una jovencita muy agradable, de cabellos lacios, portando una serie de envoltorios acondicionados como para regalo, asoma una sonrisa mientras me dice:
-Buenos días, señor, ¿aquí vive el señor Fulano ? ¿Es usted?-.
-Exacto-, le contesté.
-Bien, agregó, tengo para usted todos estos premios que ha ganado en nuestro concurso- y, abriendo ella misma uno a uno los paquetes, fue anticipando y describiendo su contenido:
-Aquí hay un puñado de alegría, en este otro vienen juntos el amor y las sonrisas, por este lado un cúmulo de buen ánimo, aquí llegan sus flores preferidas, seguramente, qué le parece este conjunto que forman la alegría y la esperanza?, mire, ¡cuánto sol cabe en esta caja!, y esta música del alma, ¿no le resulta brillante?, pero aquí hay más aún: un torrente de felicidad, un recipiente lleno de aire fresco, un hálito de vida plena,...espere, espere..., pero, ¿qué hace?-.
Yo había tomado un bolígrafo y un papel y entonces le dije: -Ya que usted está aquí voy a enviarle un agradecimiento a su Compañía, ¿cómo dijo que se llamaba? -.
-Perdón, señor, no es "mi" Compañía, desde hoy es la compañía de todos, se llama PRIMAVERA-.
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