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ALGUNAS FUTBOLERAS MÁS

Por Redacción

FELI-CIDADE

 

Las madres allí son amas de casa. Pero los padres no trabajan en nada; su oficio es alcanzar un objetivo de vida: lograr que sus hijos varones se transformen en futbolistas profesionales. Los preparan, los presentan, los representan y hasta los comercializan como un producto, un bien. Si a los 18 años no han debutado en primera división los expulsan del seno familiar o le consiguen una mujer para que sea su pareja y se lo lleve a vivir con ella. El que consigue alistarse en una institución deportiva de prestigio será quien proporcione el sustento para toda la familia: el hogar que logre formar el titular, el hogar de sus padres, el hogar de los padres de su cónyuge, los hermanos de su cónyuge que hayan formado familia y hasta los abuelos del agraciado, si estuviesen vivos. Si los torneos son semestrales, cuatro torneos – o sea dos años- es una duración suficiente para transitarla como jugador en un equipo local. Y no más. Así llega el momento de aspirar a ser un producto vendible a los mercados internacionales más competitivos de este deporte-negocio. Como en el caso de trata de blancas, se pone precio y se espera que aparezca quien lo pague y se lo lleve. Con la ida asegurada, el dinero estará asegurado, una vida libertina estará asegurada y el regreso estará asegurado, con la misma ignorancia, seguro, con la misma incultura, seguro, con la misma ordinariez, seguro, a vivir en la misma feli-cidade… 

 

DEDITOS PA’ RRIBA

 

Hace un par de años fui a la cancha de los Diablos a ver jugar a mi equipo favorito, los Cíclopes, que visitaban a los primeros, mediáticos empedernidos luego de haber conseguido el título de campeones en el torneo anterior. Fui con mi primo Adalberto que es hincha y socio plateísta de los Diablos, quien me pidió que lo acompañara porque no le gusta ir sólo a la cancha. Así que nos ubicamos juntos en la platea locataria y no pasó mucho rato para que yo estuviese metido en una situación más que incómoda. Iban 12 minutos del primer tiempo cuando a los Diablos se les ocurre inaugurar el score con un verdadero golazo de chilena de su número 11. Mi primo estalló de emoción, se levantó de su asiento en vítores, y festejó el gol, garganta en mano, abrazándome y haciéndome erigir con los brazos en alto, como si yo fuese simpatizante del equipo que había marcado la diferencia. Pero yo había ido a hinchar por los míos y me sentía ridículo, como gato en gallinero ajeno. Menos mal que no pasó más nada hasta el término del primer tiempo. Pero no habían transcurrido más de dos minutos del segundo tiempo cuando los Cíclopes, mis muchachos, empataran a través de un tiro libre que ejecutó uno de sus volantes de marca. Mi primo suspiró profundamente, deslizó un hálito de bronca y miró repentinamente hacia su derecha para ver mi reacción, como fanático del ‘Ciclo’. Y allí estaba yo, sentado, sin moverme, con los índices de ambas manos señalando el cielo y el resto de los dedos, como yo, silenciosamente arrollados. 

 

EL PERRO P.

 

Poseía una habilidad innata para el trato del balón. Era un placer verlo jugar y gozar con sus acertados pases de gol y el manejo exquisito de la pelota. Su estilo de jerarquía inusual lo hacían insustituible como número 10 del cuadro provinciano de nuestros amores. Como innumerables casos de otros cracks del fútbol mundial, que tantas veces han desarrollado su destaque en mayor medida sirviendo en sus equipos clubistas que vistiendo la casaca de una selección, el ‘Perro P.’ supo ser un fiel representante de esa raza de jugadores irrepetibles en la historia del club, pero cuestionados fuertemente a la hora de defender los colores del combinado local. Era bastante ‘morfón’ y ese individualismo exasperaba, más de una vez, a los fanáticos que lo seguíamos domingo a domingo, para darle el mayor respaldo y nuestros genuinos aplausos. Por eso no fue difícil que, en ocasión de un partido en el que nuestro contrincante de turno había abierto el marcador en el primer tiempo, se sucediera un hecho que nuestra parcialidad recuerda perfectamente y que lo tuviera al Perro P. como protagonista excluyente, aunque nadie se acuerde de mi inesperada participación en la incidencia. Nuestro cuadro jugaba de visita y restando muy poco para finalizar el partido se desarrollaban acciones de nuestro equipo en el campo contrario en pos de obtener siquiera un empate para no regresar a casa con las manos vacías. El campo de juego estaba bordeado por un alambrado como tantos, que se levantaban a no más de un metro y veinte centímetros de altura, coronados por una clásica tirantería de madera dura, generalmente pintada de color blanco. Esa era la única barrera que nos separaba de los jugadores. Eran tiempos en que no eran frecuentes los contactos verbales entre el público y los jugadores, a pesar de la casi inexistente separación entre la hinchada y los players. El partido continuaba entre nervios y urgencias para nosotros. En un determinado momento el Perro P. se hace del balón, elude con maestría a un par de jugadores adversarios y en vez de impulsar la pelota hacia un compañero, a fin de generar el ataque que tanto aguardábamos de parte de los nuestros, retrocede buscando reiterar la magia de su dribbling con aquellos a quienes ya había sobrepasado en primera instancia. Parecía que hubiera querido reinventar su excelsa calidad a costa de quienes no habían podido frenar su jerarquía indiscutida. Pero como “nunca segundas partes fueron buenas” en un inesperado movimiento en falso el Perro P. perdió el dominio del balón, el cual pasó a los pies de un enemigo, con lo cual se vio frustrada la posibilidad del ansiado ataque de los míos. Mi reacción, como hincha desesperado a esa altura del partido no se hizo esperar y solté a viva voz, desde el otro lado del alambrado perimetral, el nombre de mi ídolo, hecho sobrenombre, en un tono exasperadamente crítico: “¡¡Noooooooo, Peeeerrrrrooooo!!”. Fue inmediata la respuesta del experimentado jugador: todo el estadio lo vio tomar la pelota con sus manos y arrojarla violentamente hacia mi ubicación, dentro de la hinchada. Menos mal que la pésima puntería del 10 hizo que el balón rebotara justamente en la tirantería de madera que bordeaba la prolija cancha de la calle 25 de Mayo…

 ALFREDO SALVADO

 Cuando Alfredo pasó a jugar en un cuadro de la capital no solamente dejó una vacante en el taller de bicicletas de la calle Buena Vista, sino que también hubo que buscarle reemplazante en la panadería La Aurora, donde se desempeñaba exclusivamente a cargo de la elaboración de tortugas de pan de salvado, su especialidad. Se lo habían llevado con 18 años recién cumplidos, habiendo partido desde su pequeña ciudad natal aderezado con una montaña de promesas desde la institución deportiva que lo había incorporado a su plantilla. No quería saber nada con emigrar para jugar en Europa pues se había aferrado a sus sueños de encarar estudios en materia de panificación, porque le apasionaba la idea de inventar y producir nuevos diseños de panes de salvado y llegar a ser un renombrado maestro de esa modalidad de panes. Alfredo había convertido siete goles en la temporada anterior, destacándose como anotador, a pesar de su puesto habitual de lateral derecho. No pasaron muchos meses cuando debutó en un partido de visitante, llamado por el DT, en razón, como siempre, de una seria lesión del titular, lo cual apresuró su aparición en la primera división. Perdieron 4 a 0. Alfredo fue responsable, según los periodistas, de al menos los dos últimos goles del equipo locatario. Así fueron las cosas. La pena y el desconsuelo que invadieron al joven lo llevaron a la irrevocable decisión de abandonar el fútbol. Pero no retornó a su ciudad natal. Yo lo encontré alrededor de dos años más tarde en una agencia de viajes, como responsable de la venta de paquetes turísticos a San Andrés y Cartagena de Indias. Me dijo que allí trabajaba solamente en el horario matutino, pues por la tarde se instalaba con su esposa en un maxi-kiosco que ella había inaugurado en la Terminal de Villa Defensa y que les iba muy bien y que su trabajo consistía en la elaboración y preparación de los emparedados con pan de salvado para la venta. Alfredo no tuvo la culpa que el maxi-kiosco se fundiera cinco meses más tarde. Pero, a pesar de ello, no volvió a las canchas. Se compró una furgoneta del ’86 con la cual repartía panes de salvado a los almacenes de barrio. Los panes eran de elaboración artesanal que él mismo llevaba adelante alquilando el horno de una panadería de su amistad, desde donde la mercadería, bien calentita, salía a la venta con marca propia: “Alfredo Salvado”. La agencia de viajes también había quedado en la historia. Cuando le pregunté el por qué de ese nombre me contestó:  -“Y… ¿qué querés?, si lo que me salva siempre es llegar con un pan de salvado bajo el brazo… ¿no te parece?”-.

 

APOSTILLAS

 

·          Yo soy de los que piensan que un penal bien tirado no es atajable. Si un golero evita un gol de penal es porque falló el ejecutante. Para mí la velocidad y dirección que puede imprimirle el tirador al balón, hace imposible al arquero darle una respuesta de intercepción de la pelota estando, como dice el reglamento, sin moverse debajo de los tres palos, hasta que la redonda no salga de su ubicación, a los 12 pasos.

 

·          Soy también de los que consideran que sería mejor que el saque desde las bandas se realizara exclusivamente con el pie. Si el juego se llama ‘balompié’ y en muchas ocasiones el saque lateral es realizado defectuosamente con las manos por jugadores que manejan sólo los miembros inferiores, ¿por qué, entonces, condenarlos al error?.

 

·          Mientras el arquero alemán cuida el marco, el golero peruano no quiere saber nada con el sol. Parece que son filosofías diametralmente opuestas en cuanto al dinero, ¿no?.

 

·          Antes, para ver si había sido -o no- penal y evitar discusiones entre ambas escuadras, se disponía de un referee… Más tarde, a los mismos fines se colocaron dos jueces de línea… Hoy, con idéntico cometido, se habla de agregar dos jueces más, detrás de los arcos. ¿Nadie pensó que en oportunidades hay en un estadio 30 o 40 mil almas y ninguno alcanza a ver si realmente fue penal o no…?

 

·          Hay quien dice que el fútbol, desde que se utiliza la espuma en aerosol, es un deporte que cada vez más se parece a un carnaval.

 

EL FÚTBOL Y…

 

No son pocos los que han escrito crónicas, relatos y hasta libros relacionando al fútbol con el tango. La música rioplatense por excelencia y el deporte más popular por estas latitudes se han conjuntado en magníficas obras literarias o ensayos periodísticos con muy buenos dividendos comercialmente hablando, teniendo por cabezal simplemente ‘El fútbol y el tango’. Seguramente que no faltará quien me haga notar que hay incontables emprendimientos editoriales bajo el nombre de ‘El fútbol y yo’, correspondientes a personajes más o menos famosos o fusionados en un abrazo al mítico balompié. Pero hay otros concubinatos de los que participa el fútbol como uno de los miembros de la pareja; tal es el caso de una obra que vi por allí y que se denomina algo así como ‘El fútbol y los judíos’. Entiendo que es un compendio que recoge el anecdotario más jugoso de miembros de esa colectividad en la Argentina y su vinculación con este deporte, tan querido por allí. Por otra parte no ha dejado de sorprenderme la existencia de libros con rótulo tales como ‘El fútbol y el amor…’, o ‘El fútbol y la vida…’, o ‘El fútbol y la gente’, etc, etc. Por todo esto es que me propongo dejarle algunas ideas a quienes pudieran tomar contacto con estas lecturas, al tiempo de estar en la búsqueda de un título para sus obras futboleras. Fíjense, por ejemplo: ‘El fútbol y los cocodrilos’. Sería un buen gancho para una obra pensada y escrita por el autor, desde uno de los viejos bancos del Zoo, de cara al lago lleno de esos inspiradores y dentados bichos. Y si, además, recogiese la investigación de las andanzas de los que muerden fuerte en las empresas/instituciones futboleras mejor, ¿no?. ¿Y este otro?: ‘El fútbol y el amoníaco’. Si bien pudiera sugerir que el autor se habría inspirado haciendo uso de los servicios higiénicos en un estadio que nunca será mundialista, en verdad un título de esa calaña, reflejaría la descripción de un análisis, casi de laboratorio, de las causas de la debacle futbolística insoportable de un país o de una institución, etcétera. No quiero finalizar sin sugerirle a algún autor de un ejemplar futbolero el siguiente encabezamiento: ‘El fútbol y las eyaculaciones precoces’, porque a un título como éste se le tirarían de cabeza en las librerías quienes se sentirían tentados por leer las crónicas de las más audaces e ignorantes botineras de tapa, mientras que en realidad en su interior el texto podría acabar reuniendo las más recordadas expulsiones antes de tiempo en los Mundiales, como las de Troche/Silva o la de Ratín, sólo por abordar Inglaterra ’66.

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