Miles de veces me dio una enorme pena usar una pelota de fútbol tan bien cuidada, como la que yo tenía en aquellas épocas de los partidos “a la cabeceada” en la vereda, que disputábamos después de hacer los deberes y poco antes de salir rumbo a la escuela. La globa brillaba, casi ‘flamita’, intocada, divina.
Yo no sabía demasiado qué significaba ‘grasa de pella’, pero aceptaba que ‘eso’ que me daba el carnicero de la esquina, serviría para embadurnar la redonda, transformándose en una bendición para revivir una pelota hecha pelota, aunque mis manos quedaran pegoteadas, resbalosas, casi un asco.
Mi vecino me había enseñado a pedirla por ese nombre y algunas monedas alcanzaban para dar respuesta al grasoso obsequio.
Además me alertaba que, como alternativa, le solicitara al carnicero ‘cebo de riñonada’, que era igualmente un ungüento más que rejuvenecedor para el tan sufrido cuero, máxime si la pobre pelota hubiera llegado a un calamitoso estado de deterioro, resultado de las tremendas mojaduras que se llevaba durante los partidos bajo la lluvia.
Y no sólo eso, sino que en más de una oportunidad la habíamos dejado secar en el galponcito del fondo, para concluir abandonada seca, reseca, dura, re-dura.
Era imperioso, entonces, recuperarla y por eso allí estaban también, para el toque final, el betún para calzado marrón y el cepillo de cerda para esa idéntica identidad colora.
Yo le extraía un increíble y envidiable brillo ‘franeleándola’ con algunas de esas franelas amarillas, de las que nunca faltaban en casa.
Después, previo al anhelado partido de todos los días, venía el golpe de inflador y a no errarle la hundida del pincho...
Pero de los percances vividos ante tales lacrimosas hundidas no daré noticias aquí, porque son fácilmente imaginables.
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