Él sabía que el pan con manteca acarreaba sus perjuicios. Pero no le aflojaba a la irresistible flauta recién horneada.
Después venían las consecuencias: un Sebastián demasiado pesado y lento para ir “al medio”.
Por lo tanto, su lugar incambiado, durante meses y meses, estuvo bajo los tres palos. O sea, en realidad, en la posición equidistante entre el buzo azul de lana y la bufanda escocesa, separados algo así como dos metros de gramilla.
Así era la plazoleta del barrio, tan querida como descuidada pero flor de cancha, al fin, para los partidos que hicieran falta.
Por gordo, irremediablemente iba al arco. Y allí se ganaba cuanto rezongo acompañaba cada gol de los de enfrente.
Arquero no es cualquiera. O sí, es cualquiera: el gordo Sebastián y si éste no estaba el lugar lo ocupaba “el rengo” Venancio y si éste tampoco había venido se lo adjudicaban al petiso Roncaglia, que por eso integraba el plantel de los elegibles para ser golero o hacer de golero. Como quien dice: el uno. Ingrato número si los hay, en esto del fútbol.
Yo supe ser golero en los interminables partidos de vereda a vereda. Nunca me dieron chance de discrepar con la decisión que se tomaba después de aquellas mediciones pisada a pisada. También... con lo que me gustaban los panqueques caseros, rebosantes de dulce de leche…
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