No hay tarde más triste que la del domingo, después del partido. No solamente porque dentro de un rato caerá el sol y nos vestirá de sombras y silencios, de frescores excesivos y de brumas y de lonjas de una ciudad alcoholizada de bares semioscuros. Si no, también, porque no sería normal olvidarse que mañana lunes comenzarán o re-comenzarán las obligaciones del menú de las rutinas.
El pitazo final del juez pareció haber anunciado la inminente largada de los omnibuses en los que se destilan todos los apretujones previos al arribo a casa.
Las calles parecen más lúgubres que de costumbre y los murmullos de la gente son tan indecentes que me recuerdan el resultado del partido, cuando en realidad debería pensar en el match que viene el domingo próximo, porque éste de hoy ya es pasado… Este es un domingo con urgentes planchazos, no en el partido, si no en la túnica que se apresta a retornar a las escolaridades en curso.
El casi llanto es porque el fin de semana está diciendo adiós y me quedaron bajo la piel los olores y sabores de los cuatro o cinco maníes tostados, -te diría bastante quemados- con los que me convidó Rosaura durante el partido, mientras se aburría como una ostra.
Encima el encuentro deportivo fue tan espantoso que espero llegar a casa y encender la tele para ver si en el informativo reiteran la única jugada que casi fue gol y que no pude ver, porque la gaseosa que había bebido me empujó apresuradamente hacia el inmundo baño, detrás del palco oficial.
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