José Luis, un deportista de ley, desde que lo conozco, está enemistado con algunos periodistas por entrometerse en su vida privada. En realidad son muchas las veces en que los trabajadores de los micrófonos no tienen material para llenar el espacio de sus audiciones y entonces se dedican a transitar caminos al borde de la cornisa.
Ahora cualquiera es periodista deportivo o relator de fútbol. Son una tribu de charlatanes a los que el trabajo anterior, en la panadería o en la oficina de seguros, como repartidor de galletitas en su destartalada camioneta o como encargado de compras del sector limpieza de la Facultad de Veterinaria, no les ha resultado demasiado rentable. Así que ‘se meten’ de periodistas deportivos. Les sirve cubrir una velada de boxeo en un ring-side de notoriedad o una carrera de automóviles de la llamada Fórmula Nacional, un partido final de la Liga de Fútbol Universitaria o el debut del más reciente basquetbolista yanqui que se incorporó al último campeón del medio local. Da igual una cosa que otra porque es lo mismo destilar aquí o más allá la falta de preparación profesional para este oficio, la pobreza en el manejo de nuestro tan rico idioma, la falta de estilo de una profesión tan vapuleada por estos mercaderes del micrófono.
La semana pasada vinieron dos empresarios a ofrecerme un lugar en las transmisiones futboleras de los domingos por la mañana de radio La Tribuna. Y estoy enloquecido, por lo que ello implica. Parece que me adjudicarían inicialmente la realización de notas en vivo desde los vestuarios, entrevistando en directo a quienes salieran cada fin de semana como titulares al campo de juego.
Mi esposa prefiere que los domingos me quede descansando y yo todavía no puedo hacerle entender que la duración de los partidos del fútbol femenino es menor y que seguramente antes del mediodía podría estar de regreso en casa.
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