Yo había dejado de ir al fútbol por un tiempo. Es que no me sentía cómodo en los estadios a los que solía concurrir, por la gente que había cambiado sus hábitos, porque en mi opinión los árbitros habían dejado de ser justos e imparciales, porque los partidos, en base a no sé qué intereses, comenzaban más tarde de lo previsto.
Además reanudaban el match para un segundo tiempo luego de un paréntesis que distaba de cumplir con los 15 minutos del reglamento y por ende, regresaba a casa demasiado tarde. Por otro lado los baños de cualquiera de tales estadios ya eran inhabitables y particularmente en alguna cancha aún existían tablones de madera, que oficiaban de tribunas, con no pocos riesgos.
No se qué o quién fue el impulsor de mi regreso como espectador. Tal vez fue que mi cuadro venía este domingo a jugar aquí y yo ya hacía bastante tiempo que no lo veía en vivo y en directo. El asunto fue que almorcé temprano y me fui a la cancha con la ilusión de que el cuadro de mi alma cumpliera esa tarde con el slogan de las 3 G: ganar, gustar, golear. Al final saqué mi entrada en la boletería Sur y me instalé en el medio de la hinchada visitante, la de los míos.
Yo no sabía que esa ubicación que yo había tomado no era precisamente la más exenta de problemas. Pero durante un buen lapso del partido, que se jugaba mostrando un ‘ida y vuelta’ interesante entre ambos equipos, todo estuvo aceptablemente tranquilo.
A poco de iniciarse el segundo tiempo al gordo Felipe, -después supe que así se llamaba- se le antojó fumar un cigarrillo y como ya no le quedaba ninguno en su cajilla, por supuesto que no bajó desde la tribuna a comprar un nuevo atado, sino que optó por pedirle uno, casi groseramente, a Tito –otro fana de los nuestros- que estaba observando el match tan parado como todos, pero un par de tablones más abajo que el gordo Felipe.
Tito se hizo el sordo y, obviamente, no lo convidó con sus largos rubios con filtro. Entonces sobrevino el desastre. El gordo Felipe, increpándolo en pleno partido, le dio un tremebundo empellón a un descuidado Tito, que trastabilló, perdiendo el equilibrio y cayendo hacia delante, generándose una gigantesca avalancha que nos arrastró a todos tribuna abajo, mientras el gordo Felipe cruzaba sobre su pecho un par de fornidos brazos, tatuados y semidesnudos.
En el tan violento como indeseado descenso yo creo haber volado una buena cantidad de metros para ir a dar contra la barrera de protección perimetral, un tejido de alambre a cuadritos, cuyo diseño me quedó grabado en el rostro, por apretujamiento, durante una buena cantidad de días. A cuadritos. Sí, a cuadritos me quedó la cara.
Por supuesto que lo que menos recuerdo fue el resultado del partido, lo que seguramente nunca integró el paquete de comentarios que emergieron en relación con aquel retorno mío a los espectáculos deportivos.
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