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DE VIAJE

Por Redacción

  • Me ocurrió paseando por las calles de Ámsterdam no hace mucho tiempo. Las personas que encontré vistiendo indumentaria futbolera o remeras con el número predilecto en sus espaldas tenían un denominador común: no eran de ninguno de los equipos que participan en la liga holandesa de fútbol, sino que eran identificatorias de la selección nacional de los Países Bajos. O sea, naranja por aquí, naranja por allá.

 

  •  Comprobé que la tradicional rivalidad rioplatense está intacta en Israel. Es notable cómo en algunos kibbutzim de unos pocos centenares de habitantes, en el norte del país, se mantienen las diferencias –y, obviamente, las cargadas- futboleras entre inmigrantes argentinos y uruguayos (además, lógicamente entre xeneizes y millonarios, entre los primeros). Es como si estuviesen aguardando la derrota de los clásicos adversarios para ir en su búsqueda para hacérselo notar y mofarse de sus vecinos.

 

  • Estando en Roma, y más aún en los distritos turísticos, como en los aledaños a la Fontana Di Trevi, me llamó la atención que las muy bonitas y coloridas remeras de los grandes clubes del ‘calcio’ italiano que se venden en los puestos ambulantes son aquellas que en general exhiben en la espalda de cada prenda los números y los apellidos correspondientes a los cracks sudamericanos que brillan en esas latitudes.

 

  • Me invadió el asombro cuando vi en una plaza tan concurrida como la Russell Square, en el Londres de hace un lustro atrás, como jóvenes oficinistas, trajeados  y encorbatados al mejor estilo de la flema inglesa se mandaban ‘flor de picadito’ en su hora de descanso, antes de dejarse llevar a un almuerzo, tan liviano como acelerado, a la sombra de los árboles de Bloomsbury.
  • Un guardia de seguridad que estaba cumpliendo su labor en el magnífico Museu Picasso de Barcelona fue la única persona con la que atiné a hablar de fútbol en nuestra estadía de varios días en la capital catalana, durante el anterior periplo que nos llevó por gran parte de la península española. Es que resultó ser uruguayo y fanático de Peñarol. Todavía no puedo recordar cómo fue que iniciamos nuestro diálogo futbolero, que al parecer se extendió más de lo adecuado, en razón de algunos gestos que entonces me dedicó mi esposa…

 

  • Un domingo en el que disfrutábamos de una recorrida por la principal feria callejera de Brujas, nos invadió un sonido que encontrábamos muy familiar a nuestros oídos. Al llegar a una bocacalle, en un recodo había un grupo de jóvenes interpretando esas típicas batucadas que identifican al fútbol brasileño, con las particularidades y el colorido de sus ritmos inconfundibles y de sus clásicos instrumentos de percusión. Pero, para nuestro asombro era una ‘torcida’ de muchachos y chicas belgas, tan rubios como uno pueda imaginarse…

 

  • Me suele emocionar mucho, futbolísticamente hablando, cuando por los auriculares de los clásicos y tan colorinches omnibuses que realizan los famosos City Tours en las ciudades que hemos visitado, se hace referencia a los estadios de fútbol que hemos apreciado solamente desde el exterior. Por ejemplo, eso me ocurrió junto al Parque de los Príncipes, en París, al Camp Nou, en Barcelona, al Bernabeu en Madrid y aún a la vera del Estadio Monumental de River, en Buenos Aires, aunque en este último caso recuerdo cuando estuve allí por primera vez, hace como medio siglo, con un irrepetible programa: a primera hora se enfrentaban amistosamente Boca Juniors vs. Santos de Brasil y a segunda hora, de igual forma, River Plate vs. Real Madrid. Eran otras épocas…

 

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