No debe haber suplicio mayor que estar sentado en la tribuna y ser invadido por el aroma de los choripanes. A mi me resulta irresistible, casi como el perfume que sale disparado de la bolsa de café, ‘molido a la vista’, que lleva la señora que viaja en el mismo ómnibus que yo, cuando regreso de mi trabajo.
Confieso que también me vuelve loco el ingreso a mi nariz del olor del pan recién horneado, que acaban de colocar en la góndola del supermercado o los panchos de los carritos con ruedas, que pululan en las ferias vecinales.
Pero vuelvo a los choripanes. No había vez que no me comprara uno en el entretiempo y a veces hasta un segundo choripán al pasar frente a un puesto de venta, a la salida de la cancha, camino a la parada.
El increíble olor del choripán del domingo no lo obtengo en casa, por más que me empeñe en cambiar de marca de chorizos, que los pinche o no los pinche, antes de ponerlos sobre la parrilla, los lave o los deje como los compré, o cambie de tipo de leña, por si acaso, para lograr ahumarlos con diferentes especies de astillas.
No hay caso. Los de la cancha huelen irrepetiblemente y punto. No hay nada que hacer. Y eso que a veces me parece que están asados ayer… o que los aderezos, las salsas y los condimentos que ofrece el puesto de chorizos no son muy ‘católicos’ y que hasta creí ver que las manos que prepararon mi choripán son las mismas que le dieron el vuelto al cliente que me precedió.
Pero, a pesar de todos los pesares, no quisiera preguntarte si con esta crónica no se te ha hecho agua la boca.
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