Era tan malo jugando al fútbol que sus compañeros no sabían qué hacer con él. Porque le apasionaba el deporte del balompié hasta el paroxismo. Hablaba de fútbol desde el comienzo hasta el final del día, cada vez que intervenía en alguna conversación colectiva.
Y sabía. Sabía de reglamentaciones, de historia y estadísticas, de noticias y primicias, de técnicas y estrategias. Pero con la pelota en los pies era un verdadero desastre de ineficacia y lentitud, de indecisiones e individualismo. Una falta de jerarquía y de nivel que generaban rechazo.
Y sin embargo siempre estaba al lado de sus congéneres con solidaridad y apoyo, con deseos de salir a la cancha, de competir por el triunfo, sea cual fuese el rival.
Por eso un día a alguien se le ocurrió proponerle hacerse cargo de la dirección técnica del equipo. Y fue como una bendición. Una solución jamás imaginada antes. Si hasta le compraron un silbato niquelado, para utilizarlo en los entrenamientos, conduciendo las prácticas durante los pocos meses que quedaban hasta fin de año.
Ahora, en los partidos oficiales, corría la cancha junto a las bandas laterales, y a los gritos, aunque no muchos le hicieran caso. Y con ademanes que empujaban y daban ánimo a sus compañeros. El aliento permanente signaba su actuación como un ‘coach’ diferente, involucrado como nadie en cada contienda, en cada presentación de ‘sus dirigidos’, quienes alguna vez, incluso, llegaron a clasificarse para las finales.
Después vinieron otros tiempos. Tiempos de vida universitaria, lejos de aquella comunidad donde fue un DT elegido por sus coetáneos del colegio secundario, que supieron encontrarle un lugar en el equipo.
Son gratos recuerdos, que integran historias ya oxidadas, como este silbato niquelado que me hizo DT por unos pocos meses y que acabo de encontrar en el desván, dentro de una vieja caja de zapatos.
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