TEMAS DE HOY:
PUBLICIDAD

SAYONARA

Por Redacción

A sala llena se presentó, este martes 20 de diciembre de 2011, en el Museo de Arte Precolombino e Indígena de Montevideo el libro "Pebeta de mi barrio", que, en base a una idea de la popular cantante uruguaya de tangos Malena Muyala, recoge historias vinculadas a la música ciudadana por excelencia.

El libro, editado por Aguilar, tuvo como disparador una convocatoria realizada por la productora de la cantante, que invitaba a aportar relatos que vincularan al tango básicamente con los barrios de Montevideo.

La publicación, de alrededor de doscientas páginas, se completa con un disco conteniendo una docena de canciones, interpretadas por la artista, que fueron elegidas entre los temas que, de un modo u otro, se mencionan en los textos de algunos de los 52 autores, cuyas obras resultaron seleccionadas para este lanzamiento inusual.

Las historias recogidas no son siempre con un principio, un desarrollo y un final. Muchas de ellas son vivencias, pequeñas experiencias que tienen el encanto de la sencillez, conjugando imaginación y realidad. Hay anécdotas más extensas que otras, siempre como valiosos recuerdos de la gente, los cuales están ordenados en el libro como un recorrido por Montevideo, recuperando nombres, rincones, recuerdos, actuaciones y las más diversas situaciones invariablemente presentes en la memoria de los habitantes de esta ciudad.

El olor a jazmín, las cortinas de la casa de la abuela, una siesta en la casa de la infancia, un baile de fin de año en la calle. En definitiva, todo el libro “Pebeta de mi barrio” es una ‘excusa’ para llegar con la música y renovar los recuerdos con sabor a tango, a ciudad, a barrio. El recorrido por estas páginas es como un paseo entre la gente y con la gente, descubriendo a cada paso un montón de esquinas y acordes montevideanos

Por otra parte, otro ángulo no menos importante de este ambicioso proyecto tiene que ver con la producción audiovisual, puesto que en el marco del mismo se han filmado vídeos de no más de diez minutos de duración, especialmente para TV, en los que las anécdotas aparecen narradas por los propios autores, a lo que se sumará un programa educativo para recorrer las escuelas primarias con talleres sobre el tango.

Y todo este extenso preámbulo tuvo solamente como objetivo presentar a continuación un trabajo de mi autoría que fuera uno de los relatos seleccionados, lo cual, al margen de distinguirme como narrador, se traduce en un renovado empuje para intentar acercarme siempre con nuevas producciones a mis asiduos lectores.

El relato lleva por título “Sayonara”, está en la página 49 de “Pebeta” y dice así:

  

SAYONARA

 

por Teodoro R. Frejtman

          Cuando con mi esposa nos enteramos de los músicos que integrarían el programa musical del evento, convenimos en que no estaría mal darnos una vuelta por el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo la tardecita de aquel día de no hace muchos años.

No somos lo que podría decirse fans del tango, pero la época —principios de octubre— suele ser muy agradable en Montevideo para salir en busca de algún disfrute.

Tenemos el hábito de llegar con tiempo a los espectáculos, de modo que obtuvimos una magnífica ubicación y hasta nos apropiamos, osadamente, de un asiento adicional en el que depositamos transitoriamente los abrigos, esos compañeros inseparables a nuestra edad.

Cuando comenzó la parte musical, luego de los discursos, los homenajes, la entrega de no sé qué premio y las presentaciones de los locutores contratados para la ocasión, el tan bello como emblemático sitio estaba de bote a bote.

En ese instante, imprevistamente, mi esposa levantó su brazo, en un gesto que el destinatario comprendió y aceptó sin vacilar. Ella le había ofrecido la silla que ocupaban nuestros abrigos a un señor de facciones orientales y de canosos cabellos, que estaba de pie y que parecía buscar en las columnas de la sala algún apoyo para su longeva humanidad.

La persona no tardó más que unos segundos en tomar asiento a nuestro lado, agradeciendo antes y después —de forma reiterada y en inglés— por la atención que le dispensáramos.

Fue el inicio de otro espectáculo en paralelo. Sus ojos se iluminaban ante cada acorde de tango, cantado, tocado o bailado. Sus manos se llenaban de aplausos cada vez más prolongados y ruidosos; y hasta balbuceaba algunas letras tangueras en simultáneo con el intérprete de turno (no alcanzábamos a distinguir si lo hacía en japonés o en español…).

En uno de los intermedios logramos intercambiar algunas palabras —siempre en inglés— y él aprovechó para insistir en su reconocimiento y nos pidió que le diéramos la oportunidad de saludarnos antes de retirarnos del Palacio Legislativo al finalizar la velada.

Así sucedió. Pero para nuestra sorpresa, este visitante de ojos rasgados y de finos modales e indumentaria, nos condujo hasta un taxímetro al que ascendimos los tres para un viaje que concluyó en las puertas de uno de los más distinguidos restaurantes montevideanos.

Allí compartimos, con su invitación, una delicada cena en su compañía.

Ferviente amante del tango, ansioso por aprender el dominio siquiera de algunos de los pasos más tradicionales, nos dio noticias de unas apresuradas clases que estuvo tomando en Montevideo, antes de regresar a Tokio.

Al día siguiente, bien temprano, le dejé un mensaje en su hotel y próximo al mediodía —mientras sonaban en casa, a modo de ambientación, los inolvidables temas de Piazzolla en la inconfundible batuta del maestro Federico García Vigil—, lo teníamos de visita en nuestro barrio; barrio en el que vivieron parte de sus vidas algunas señeras figuras del género, como Ayestarán, Falco y Racciatti.

El nuevo encuentro estuvo inspirado en el afán de compartir algunos platillos de un esmerado almuerzo que preparara mi esposa, en el que no faltó un relevante intercambio cultural y al que ella sumó una pieza de artesanía de su propia creación como obsequio para la señora de nuestro inusual huésped, la que tiempo después nos enviaría desde el Lejano Oriente una fotografía de la obra luciendo en un selecto rincón de su hogar.

A media tarde concluía nuestro agasajo a quien se alejaba del barrio Atahualpa rumbo al hotel, a preparar sus maletas y el regreso a su país, empapado en tangos y en historias para contar en japonés…

En el intento de una despedida que se propuso ser galana, nosotros —sin quererlo— batimos demasiado el cóctel de idiomas y, aunque de expresión tanguera tal vez no tuvo demasiado, lo saludamos manos en alto, mientras ascendía al taxímetro, con un ecléctico: —¡Sayonara, mister japonés! —.

Las noticias locales nunca fueron tan importantes
SUSCRIBITE a esta promo especial
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Registrate gratis para seguir leyendo

Ya leíste varias notas de El Día. Creá tu cuenta gratuita y seguí accediendo al contenido del diario.

¿Ya tenés cuenta? Ingresar

Has alcanzado el límite de notas gratuitas

Suscribite a uno de nuestros planes digitales y seguí disfrutando todo el contenido de El Día sin restricciones.

Básico Promocional mensual

$570/ mes

Acceso ilimitado a www.eldia.com

Suscribirme

Full Promocional mensual

$740/ mes

Acceso ilimitado a www.eldia.com

Acceso a la versión PDF

Beneficios Club El Día

Suscribirme

ESTA NOTA ES EXCLUSIVA PARA SUSCRIPTORES

Para disfrutar este artículo, análisis y más, por favor, suscríbase a uno de nuestros planes digitales

¿Ya tiene suscripción? Ingresar

Básico Promocional mensual

$570/ mes

Acceso ilimitado a www.eldia.com

Suscribirme

Full Promocional mensual

$740/ mes

Acceso ilimitado a www.eldia.com

Acceso a la versión PDF

Beneficios Club El Día

Suscribirme
PUBLICIDAD