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DESTAORIYA 5

Por Redacción

Antes de venir a radicarme a Montevideo,  durante toda mi vida previa en la Argentina había oído y leído infinidad de veces que los países de ambas márgenes del Plata tenían tantas cosas en común que era prácticamente imposible hallar, -exceptuando los temas futboleros, los relativos al origen de Carlos Gardel y pocas cosas más-, diferencias trascendentes que implicasen distingos entre ambos pueblos hermanos.

 

Pero “al tomar posesión de esta Montevideo” una de las cosas que llamaron mi atención muy especialmente era una diferencia, trascendente en mi criterio, entre ambas comunidades rioplatenses.

 

En el país, al que yo adoptaba para formar familia, no existían crucifijos decorando u ornamentando los Juzgados, como ocurría en mi país de origen, donde inclusive el principal recinto del Supremo Tribunal de Justicia de la Nación contaba al frente de su estrado mayor, de forma preponderante -y hasta diría privilegiada y majestuosa- con la imagen más conocida de quien diera origen a la fe cristiana, cuya presencia, como la de cualquier otro símbolo en dependencias del Estado, nunca había provocado en mí otra cosa que no fuera rechazo.

 

Además, preguntándole a la gente del país oriental coincidían en señalarme enfáticamente que en la tierra uruguaya ningún funcionario público juraba ejercer su cargo “con lealtad y patriotismo por Dios y los Santos Evangelios” sobre las páginas de la Biblia, como se hacía en mi tierra.

 

Obviamente no es éste el ámbito, ni el momento para realizar puntualizaciones en profundidad acerca de la simbología que he aludido y su representatividad y significación en recintos ajenos a la religión o a la filosofía de la cual es indicativa. En otros apuntes, en otra oportunidad, podré abordar mis experiencias de niño en la escuela pública argentina con la presencia del crucifijo “presidiendo” cada una de las aulas de la casa de estudios.

 

Siempre me había parecido inadecuado siquiera sugerir la preponderancia de una religión sobre otra en el ámbito del Estado, sobre todo cuando el tipo de organización o de gobierno  se dice democrática, tolerante, pluralista, laica, republicana y cosas por el estilo.

 

Y cuando yo quise conocer si las relaciones entre Uruguay y el Vaticano (un Estado extranjero en el que sí uno puede suponer el uso de una simbología que tenga como centro al crucifijo) pasaban por algún momento de tirantez, de litigios o desavenencias entre sus respectivos gobiernos, la respuesta unánime fue que “no hay ningún problema”.

 

Y ésta, como otras tantas respuestas que yo obtenía en torno a la diferencia que descubrí en Uruguay, eran fuertemente ciertas.

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