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VINO, PARA QUEDARSE

Por Redacción

Después comenzó Noé a labrar la tierra, y plantó una viña; y bebió del vino, y se embriagó (Génesis 9-21)

 

Jamshid, el rey persa apasionado por las vides, un día descubrió que las uvas que había dejado en una vasija habían estallado y que un zumo espeso, de fuerte aroma, manaba de ellas. Pensó que sería un veneno y advirtió del peligro a sus cortesanas. Una de ellas, que había perdido los favores de Jamshid, decidió suicidarse. Bebió un sorbo del extraño licor e inmediatamente se sintió sumida en un mareo; sus piernas temblaban y su corazón comenzó a rebosar de alegría y deseos. Llenó un recipiente con el oscuro brebaje y se dirigió a la alcoba real, cayendo a los pies de su protector en medio de risas y rubores. El monarca no pudo contenerse ante la imagen tan plena de la joven y al probar el licor se vio envuelto en igual estado que ella. Juntos, danzaron, rieron y se amaron largamente. Así, ella reconquistó los favores del rey y la humanidad ganó el privilegio del vino.

 

El vino ha estado indisolublemente ligado a la vida de la humanidad, ocupando un puesto de honor a través de los siglos, consiguiendo imprimir un marcado carácter a los pueblos que han sabido elaborarlo y apreciarlo.

La historia de la viña tiene un lugar de privilegio en la literatura de todas las épocas. Los más antiguos escritos contienen referencias al fruto fermentado de la vid. Poetas de todos los siglos se inspiraron en un vino que ha hecho decir a Hermippo que “al abrir el tonel, sale un olor a violetas y rosas que perfuma la bodega".

El vino prosperaba en el golfo Pérsico, Babilonia, Fenicia y Asiria, en las orillas del Caspio, del Negro y del Egeo. En Canaán había reputados vinos que provenían de plantas cultivadas con esmero, según las pautas de  ley hebraica.

Su elaboración fue conocida en Oriente Medio y parte de China 3.000 años a.C. Se lo menciona más de 200 veces en la Bíblia y los paleontólogos han hallado fósiles que parecen vestigios de uvas prensadas. En los bajorrelieves asirios, en las pinturas funerarias egipcias y en las tablillas halladas en Cartago, en Túnez y en Marruecos, se encuentran alusiones a la vid y al vino.

En Atenas le dedicaron fiestas, procesiones y espectáculos dramáticos. Las Bacanales nacieron en Egipto y de allí pasaron a Grecia y a Roma donde fueron célebres las orgías de Nerón y Tiberio, en honor a Baco, Hijo de Zeus, Dios del Vino.

Siguiendo las huellas de los romanos, el vino penetró en las Galias y remontó el Ródano hasta Lyon, alcanzó la Borgoña, Burdeos y llegó al Rin, pasando por Helvecia. Galos y germanos generalizaron su consumo y en el Siglo III Marco Aurelio transformaba a sus guerreros en pacíficos viticultores.

La Edad Media dio paso a una viticultura monástica y con el desarrollo de la burguesía, numerosos viñedos pasaron a manos de los más poderosos. En Italia ("País de los Vinos" según los griegos) y en Francia, la viña ejerció influencia en el desarrollo de los municipios, mientras que con la Colonia, la viña llegó a América del Sur, California, Sudáfrica y en casos como Argelia, tomó impulso desafiando al mismísimo Corán y sus prohibiciones del alcohol.

Más tarde llegó el tapón de corcho, el adiós a las a dificultades de conservación y con Pasteur nació la moderna Enología, mientras que a principios del Siglo XIX se produjo una auténtica revolución: los vinos rosados pasaron de moda y la demanda se dirigió a los vinos oscuros y de larga fermentación, dando nacimiento a una revolución industrial del producto final.

Hoy sabemos que una buena comida no depende solo de la calidad de los ingredientes, ni de la maestría del chef. Una correcta combinación de los vinos es condición indispensable para garantizar la excelencia de un evento. Los vinos deben ser elegidos de acuerdo al tipo de alimento y según la ocasión. Durante una comida debe existir una progresión de los blancos a los tintos.

Mientras que vinos y quesos son la pareja ideal, las reglas indican que los blancos son apropiados para frutos del mar, los tintos suelen acoplarse bien a las carnes rojas y un rosado armoniza con la carne de cerdo. Los dulces son la culminación de un menú selecto y un coñac con el café puede ser el mejor final.

El vino exige dos cosas: ser guardado, acostado e inmóvil, en un lugar oscuro y fresco; y ser servido generosamente, sin prisas, mientras el arbusto de la vid sigue, año tras año, rindiendo el tributo de sus frutos a la inteligencia del ser humano, recogiendo, entre sus apretados racimos, la esencia y el misterio de la vida.

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