Recipiente de vidrio, de paredes dobles (entre las que se ha hecho el vacío) que conserva la temperatura de lo vertido en él, sin más precaución que la de un cierre hermético.
Compañero inseparable de nuestras tradiciones, merecedor de un espacio en razón de su vinculación al mate, nuestra más antigua costumbre nacional.
Así es el termo.
Su denominación deriva del vocablo griego "thermos" (castellanizado "termo"), que significa" calor", registrado como marca de fábrica y así lanzado a la venta. Si bien su nombre alude a calor, este artefacto puede utilizarse, como sabemos, tanto para productos fríos como calientes.
Así como la pava sustituyó hace más de un siglo a la primitiva caldera (jarrita de cobre, vulgar y silvestre), el termo ha reemplazado a aquélla en la función de administrar el agua durante las mateadas, por ello fue adoptado en el Río de la Plata, por la ventaja de mantener invariable la temperatura del agua.
Ha quedado en el anonimato quién fue el primero que tuvo la brillante idea de incorporarlo al cebado, pero la iniciativa no pudo ser más feliz, ya que liberó al "matero" de la tiranía del fogón. Resolvió, inclusive, un detalle económico del vicio: prescindir del fuego (de leña, carbón, alcohol, querosene, gas o electricidad) una vez calentada el agua.
A la economía de combustible se suma ahorro de tiempo y hace del mate una costumbre practicable en todas partes, en forma cómoda e higiénica. La generalización de su uso correspondió, según las constancias que se disponen, que habría sido en territorio uruguayo donde primero se popularizó el termo, en lugar de la tradicional pava ("caldera").
El termo sacó el mate a la calle y ha hecho que sea "típico" ese ciudadano que va con su mate y su termo por la calle. Hace muchos años, desde las columnas de "El Plata", el humorista uruguayo Isidro Mas de Ayala "castigó" la costumbre de matear por la calle, emprendiendo una "guerra" contra el termo...
Decía Mas que: "la decadencia del mate comenzó con la invención del termo; este artefacto, extraño a la liturgia matera, modificó todo el ceremonial de su rito ortodoxo; no tiene nombre nativo y además alteró los tiempos de esa sinfonía para flauta y oboe que es el acto de matear, haciendo un andante de lo que era un lento maestoso... De continuo os cruzáis con gentes que, con el termo apretado contra el cuerpo, andan por todas partes, caminan, hablan, hacen negocios y hasta no hacen nada, mientras toman mate"... Imaginemos ese espectáculo en Buenos Aires, en las calles: 25 de Mayo, en horario bancario; en Florida, al caer la tarde; en Corrientes, en las colas de entrada a los cines y teatros. Y, con ello, las consecuencias: mates volteados y quemaduras con agua caliente...
Veamos el original paralelo que Mas analiza entre las dos orillas del Plata: "Si se ha definido al porteño, en especial al de Corrientes y Esmeralda, como el "hombre que está solo y espera", el montevideano sería el "hombre de pijama que se pasea por el barrio en termo"... Por todas partes gentes con termos: dentro del auto, en la popular avenida 18 de Julio, en la tribuna del Estadio, en la Rambla y por las carreteras, con las piernas colgando fuera de un camión... El termo llegó a incorporarse al esqueleto del montevideano; su ubicación entre el brazo izquierdo y la caja del cuerpo ha desarrollado un músculo que antes no existía, el "aductor del termo", que se inserta, por una parte, en la cara interna del codo izquierdo y, por otra, en la parrilla costal del mismo lado".
A través de los largos siglos de la costumbre de "yerbear", nunca había sucedido que el mate ganara la calle, invadiera plazas y paseos y hasta trepase al ómnibus... Antes, apenas se atrevía a asomar la bombilla al zaguán.
En la ciudad, el mate no debía trasponer la sala o el patio familiar. El advenimiento del termo originó un cambio social, una verdadera revolución en la costumbre: el fogón, el brasero y la caldera fueron relegados a la prehistoria, para dar paso a un mate emancipado de paredes y prejuicios, que invadió calles y paseos, con rejuvenecido espíritu.
Si el mate pudo liberarse de la tiranía del fogón y del brasero, ello se debió a la virtud mágica del termo de mantener invariable la temperatura del agua. Antes, el "matero" debía estar atento a la pava para que el agua no fuera a hervir, ni se enfriara; de lo contrario, se echaría a perder la cebadura. De modo que el cebador, sin saberlo, oficiaba de termo...
(adaptación sobre textos de Amaro Villanueva)
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