... arma poderosa del escritor, del inspirado poeta, siervo dócil entre los dedos vacilantes del niño, indispensable herramienta del sabio incansable, compañero inseparable del estudiante, el obrero, el comerciante, el periodista, instrumento fecundo de la intelectualidad humana y de su laboriosidad creadora... M.S. (1938)
A las voces que se levantan profetizando que el lápiz, humilde y menospreciado, cenicienta de los elementos utilizados para la escritura, va camino a su final, les oponemos nuestra certeza que no será así mientras continúe siendo un instrumento que logra la magia que la mano del hombre se mueva y libere el pensamiento.
La expresión lograda con el lápiz deja la huella de la emoción y sus trazos poseen la sensibilidad creativa, necesaria para acceder a las dimensiones de la intuición y de la interioridad humanas.
El lápiz abre las puertas a la construcción de mundos imaginarios, logrando que, tanto textos como dibujos, se transformen en llaves, accesos, revelaciones de profundos sentimientos, gracias a los cuales es posible explorar los umbrales del ser, aumentando el conocimiento íntimo, imprescindible para vivir en armonía y trascender.
Desde niños nuestros primeros garabatos se constituyen en el reflejo del alma, siendo el comienzo del camino de la comunicación con nuestro entorno. Como puerta de la lengua, por medio de nuestras primeras letras iniciamos la elaboración del universo de las ideas que nos llevarán al descubrimiento de las más audaces aventuras del hombre para comprenderse a sí mismo, a sus congéneres y al planeta todo.
En el extremo opuesto del lápiz está la goma de borrar. Borrar es como desalojar el espíritu. Borrar es propiciar diversas maneras de olvido, es desdibujar un mapa de la mente y descartar la historia de la búsqueda, tan trascendente para el hombre.
Son también enemigos del lápiz el sacapuntas y el olvido. Uno como aparato que no conoce de ternura y es capaz de destrozarle el alma, tal como también lo hacen el filo del cuchillo o el de la antigua hoja de afeitar; el otro como causa de los lápices perdidos. El lápiz a veces se pierde; le encanta esconderse debajo de los papeles, o dentro de un bolsillo de una prenda de vestir, arrimarse a las patas de la mesa o de las sillas y, al final, siempre reaparece entre las páginas de un libro, o posado en el pabellón de la oreja de quien lo ha buscado tanto.
El lápiz corriente, de 18 centímetros de largo, puede unir en un trazo dos ciudades distantes 53 kilómetros, escribir no menos de 45 mil palabras y sobrevivir a 17 sacadas de punta.
La primera noticia haciendo alusión al lápiz como tal ocurrió en el año 1565 en un tratado científico sobre los fósiles, del suizo Conrad Gessner, quien describió un objeto formado por madera y una mina.
En 1790 el químico francés Jacques Conté, por orden de Napoleón, se dedicó a hacer lápices ante la escasez de ellos a causa de la guerra con Inglaterra. Hacia 1795 produjo lápices de grafito, previamente molido con arcillas, prensando barras y luego horneándolas en recipientes de cerámica, logrando fabricar lápices de diferente dureza y altísima calidad.
En 1812 en Concord (Massachusetts, EE.UU.) William Monroe fabricó una máquina que producía tablillas semicilíndricas de madera de 16 a 18 centímetros de longitud. A lo largo de las mismas el aparato marcaba estrías longitudinalmente en el centro. Monroe unía con cola las dos partes de madera, pegándolas en torno al grafito. Así fue como nació el lápiz tal y como lo conocemos hoy: útil, económico, portátil, versátil y adaptable a la mayor parte de las culturas de la Tierra.
A pesar de la avalancha de herramientas tecnológicas creadas para dibujar y escribir, para los artistas de occidente los lápices son sagrados, por eso muchos de ellos guardan los pequeños trozos sobrevivientes, pues arrojarlos al recipiente de los residuos sería un pecado contra la imaginación.
Como arte y capricho, dibujar es una opción para ver el mundo a través de huellas de grafito cargadas de emociones, de fascinantes experiencias, de vivos sentimientos y también de manifestaciones del lado más oscuro del ser humano.
El lápiz es el instrumento intelectual más descuidado y subestimado en la historia de la humanidad. Sin embargo quienes le profesan a esta herramienta su más sentido amor han dicho que “desde la primera vez que se le sostiene en las manos, que se huele su madera aromatizada y su pintura nueva, que se muerde su pezón de goma y su carnoso cuello de cisne, se sucumbe ineludiblemente a su encanto mágico”.
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