Escribir acerca del humor judío requiere poseer una erudición tal que este entrerriano no está en condiciones de aplicar a estos desgarbados apuntes. Porque es imprescindible que se sustenten en una necesaria vastedad de conocimientos, de lecturas previas, de experiencias literarias, sociológicas, filosóficas, culturales y más.
Por tanto quien está detrás de esta página se ve superado en el mismo momento en que ensaya un título tentativo para una apurada crónica que no pretende siquiera ser un modestísimo análisis de la temática de marras.
Sin embargo voy a permitirme la licencia de decir algunas cosas, que más que orientadas a desmenuzar en profundidad el humor judío, lo que pretenden es simplemente rescatar mis opiniones personales, desde una óptica quizá no demasiado frecuente.
Desde que me conozco los judíos entrerrianos han cultivado la sonrisa. Han hecho del humor una porción importante de sus vidas, han leído a los escritores correligionarios más reconocidos en la materia y han practicado -y alimentado- la hilaridad en el seno familiar, porque está bueno contárselo a nuestros hijos…
Muchos judíos entrerrianos crecimos entre el humor y eso tan particularmente judío como es reírnos de nosotros mismos. Y caminamos leyendo, escuchando, aprendiendo y valorando un especialista en humor judío: el Talmud. Tuvimos en todas nuestras bibliotecas, personales o institucionales, las obras más trascendentales -clásicas y no tanto- del humor creado o difundido por los literatos más influyentes de nuestro pueblo.
Y para ayudar a que el humor judío tuviese una importante dosis de presencia estelar en nuestras comunidades, existieron siempre algunos elementos que aunque no lo parezcan, son decisivos a la hora de su consideración.
Así, por ejemplo, el mate, que los judíos entrerrianos asumieron como una infusión que se ganó un lugar intransferible en sus cotidianeidades, creó ese ámbito social propicio para el desarrollo del cuento, de la anécdota, de la reflexión, del chiste, en definitiva de la sonrisa.
Y si en vez de haber comenzado por el mate lo hubiéramos hecho por el “tei mit límene” de la tarde, o hasta por las semillas de girasol, tostadas y saladas, el resultado hubiese sido exactamente el mismo…
¡Con qué ganas he visto y escuchado reírse a los judíos de mis pagos!. Y gesticular con interminables recursos a quien se hacía dueño del chiste. Y pronunciar con acento foráneo cada frase de la humorada, intercalando expresiones en yiddish, que me obligaban, más de una vez, a recurrir el auxilio de algún traductor circunstancial.
El aire entrerriano alimentó ese humor judío que conocimos de niños, el mismo que les escuchábamos a los brillantes conferencistas que arribaban desde la capital a nuestros ámbitos de reunión, a nuestros salones, a nuestras “kehilot” diaspóricas.
Y si faltaba algo que coadyuvara a dichos fines, allí estaba el propio paisaje de la entrerrianía, con sus arroyitos picarescos condimentados, como el humor judío, con chispeantes salpicaduras y chasquidos del agua de sus cascaditas espumosas, induciendo a un refrescante latido del corazón.
Supimos beber la poesía del aroma provinciano de las cuchillas y la picardía de su gente, en la costa de alguno de los tantos ríos cristalinos que nos bañaban o hacían vernos reflejados en sus suaves e interminables oleajes.
Y todo eso se transformaba en humor judío en los imperdibles casamientos, (no tan mixtos, ni tan “gentilizados”, como los de hoy en día), en las célebres comilonas post-ayunos religiosos, o a la culminación de una celebración de una Bar Mitzvá, cuando ya no queda demasiada gente en derredor de las mesas, cuando la impresionante oferta gastronómica comienza a mostrar los resultados de los embates que la hirieron de muerte…
De ingenio y chispa judíos estaban pobladas las tardecitas entrerrianas, las del tío que venía de visita desde otra colonia o villa, con el “último chiste” -inventado quién sabe dónde-, o relatando lo que le había sucedido recientemente a Fulanovich o a Menganovsky en el segundo Séder en la casa de un primo segundo.
La humorada judía aprendió a andar a caballo en Pedernal, silbada por chamarritas orilleras en Basabilvaso, musicalizada por los aromitos silenciosos de las puestas de sol de General Campos o “empalmada”, cerca de Colón por cuenteros de ley, hubiera o no puentecitos entrecortando el ripio de la noche…
Como de la costilla de Adán, de la entraña de las colonias judías entrerrianas vino la tertulia saborizada de exquisiteces culinarias procedentes de la repostería de Vilna o de Zagreb, de Kiev o de Poznan. Y junto a ella el humor judío, crecido de la mano –y de la pluma- de emblemáticos periodistas, escritores, ensayistas e historiadores de fuste, que para qué nombrarlos si me voy a olvidar de tantos…
Desde la carcajada limpia hasta la forma más femenina de sonrojarse o cubrirse los labios con las manos, existieron escenarios de humor en cada lugar donde hubiera un judío entrerriano, recreando personajes, historias, ficciones y no tanto.
No es éste el espacio para darle cabida a disquisiciones profundas o antropológicas acerca de si el humor judío tiene algún basamento filosófico en el comportamiento de un pueblo que tuvo en su milenaria historia tantas adversidades. Pues desde éstas ha resurgido invariablemente erguido, creando y demostrando un inconfundible espíritu, tan particularmente lleno de vida, al que ha nutrido siempre con el mejor humor, de la mano de la esperanza. Quizá haya algo de esto.
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