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CON EL CORAZÓN EN LAS MANOS

Por Redacción

 

Cuando la arcilla se hace dúctil, cuando toma la consistencia de la seda, el alfarero, cual amante silencioso, se apresta a convertirla en la pieza que le dicta su fantasía. Mientras gira el torno, el material obedece a la sabia presión de la mano y al sentir sensual que el barro despierta, para convertirse en vasija o en tinaja. La inteligencia de los dedos va trasmitiéndole el énfasis de sus sinuosidades y la dulzura de su acabado. Es que la creación de un jarrón, de un ánfora o de cualquier otro objeto, no seria posible sin el sentimiento que le imprime la mano donde el artesano tiene su corazón.

Dicen los investigadores que una de las primeras transformaciones que el ser humano hizo de la naturaleza fue convertir el barro en enseres domésticos. Tomar la arcilla para darle forma de cuenco, de figura humana o imaginaria y finalmente hacerla arder en una pira, endureciéndola como piedra, debió haberle hecho sentir a nuestro lejanísimo antepasado que se encontraba ante una especie de encantamiento mágico.

Seguramente que antes de lograr el triunfo de formar y solidificar la arcilla, el hombre conoció de los errores, hasta toparse con el suelo rico en silicato de aluminio, inventando de esa manera el primer proceso químico de que se tenga noticia.

No deben existir creencias cuyos dioses no hayan dado vida al primer ser humano sin la ayuda del barro, amasando, como el alfarero, nuestros huesos y hasta nuestras almas.

A las expediciones conquistadoras de nuestra América debió causarles perplejidad la industriosa habilidad que exhibía el aborigen confeccionando la alfarería de la que fue un ingenioso artesano. En los actuales territorios de México, Venezuela, Bolivia, Nicaragua, Perú y Cuba sus primitivos pobladores contaban entre sus filas con notables ceramistas que supieron de vasos y jarras, ollas y cacharros, copas y platos, tinajas y vasijas, ánforas y potiches, azulejos y ladrillos, frisos y mayólicas, tejas y jarrones, adornos y muchos objetos más.

Su destreza ancestral y su sensibilidad para modelar la arcilla, desde las criaturas polimorfas de su universo mítico a los elementos funerarios, habrían de constituirse en factores principales del desarrollo de artes y oficios, por ello es frecuente encontrar referencias muy elogiosas acerca de la versátil y muy acabada elaboración de la alfarería que llevaban adelante los pueblos de la costa, de la selva, del llano y de la montaña.

La invención de la alfarería tuvo su mayor esplendor entre los años 6.000 y 3.000 a.C. en los valles del Nilo, el Mediterráneo oriental, la Mesopotamia y las planicies del Indo. En America, a finales del siglo XV y comienzos del XVI, el español desembarcó en las costas de nuestros territorios una enorme cantidad de objetos propios de la sociedad industrial a la que pertenecía. Trajo la bestia caballar y la vacuna, los metales y el vidrio, la silla y la mesa, el espejo y la aguja, la brújula y el zodiaco, el telar y la vestimenta, el mantel y los cubiertos, el vaso y el plato, el pan y la sal, la jarra y los licores, el crucifijo y la Biblia, la pluma y la tinta, el arcabuz, la espada y hasta el perro. Trajo granos, raíces y retoños, la rueda del molino y la de la carreta.

Pero también trajo la rueda del torno y junto a ella al “locero”, maestro alfarero que sabia fabricar el horno para beneficiar la cerámica vidriada. Hasta entonces el indio elaboraba la cerámica manualmente, sometiéndola al fuego de la pira y adornándola con pinturas extraídas de variados árboles autóctonos. Su magnífica calidad serviría para el nacimiento de un producto, esta vez crecido al calor de un horno de ladrillos y piedras de dos compartimentos: el de la leña y el de las piezas tostadas por el fuego.

Mientras tanto el torno, “abuela de todas las máquinas” parece continuar, fiel a su destino, junto a la magia del ceramista girando incansablemente alrededor de su eje. Nuestra arcilla indígena y popular, llevada al torno, después de recibir la influencia de los estilos de la cerámica foránea, enriqueció sus tradicionales fisonomías, con la técnica del vidriado, conoció nuevas apariencias y endureció su material y su espíritu de barro.

La noble arcilla, que ha sido desde siempre desmenuzada, modelada y acariciada por la mano del hombre, -obediente a sus designios-, cobró las formas de los orígenes de la naturaleza: la del primer cuerpo, con el que el hombre ha sido creado y la de nuestro destino: el paso por la vida.

En la actualidad el buen gusto y el arte moderno han dado lugar a un resurgir de la cerámica. Junto al aspecto industrial, derivado de las más variadas tendencias, formas y demandas, emerge también de modo destacado la obra individualista de notables artistas y artesanos que plasman en ella su más fina y delicada inspiración creadora.

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