Cuenta la leyenda que había un rey que en cierta ocasión se hallaba en sus bíblicos aposentos palaciegos escribiendo bellos cantares poéticos que dedicaba a su compañera preferida, una bellísima mujer de origen nunca confirmado, poseedora de una incalculable riqueza.
En determinado momento los soberanos se vieron sorprendidos por un inusual alboroto que provenía de una sala contigua, recinto de reunión y debate frecuentes entre parlamentarios.
Molesto el rey, hizo llamar a quienes estaban protagonizando el tumulto que le impedía continuar con su dedicada labor lírica.
En pocos instantes comparecieron ante los jerarcas dos hombres, uno maduro y otro mucho más joven, quienes sostenían una fuerte discusión acerca de cómo repartirse una tan cuadrada como increíble y tentadora torta.
El rey les pidió tranquilidad a los legisladores y, acto seguido, les solicitó que expusieran sus puntos de vista individuales en torno a sus manifiestas discrepancias.
El veterano tomó la palabra: - Yo entiendo, mi Rey, que me corresponde a mí la porción más grande de la torta, porque ya estoy cerca del final de mi carrera y mi joven colega aún tendrá muchas oportunidades a lo largo de su vida, mientras se mantenga en su cargo, para acceder a muchos otros repartos de tortas -.
A continuación, la exposición del novel diputado también fue escuchada muy atentamente por ambos monarcas: - Yo opino, Excelencia, que es a mí a quien debe serle concedida la porción de torta de mayor tamaño, ya que la dentadura de mi colega, a esta altura de su vida, no se encuentra en condiciones de masticar tanta torta -.
El rey y la reina solicitaron la anuencia de ambos legisladores para retirarse algunos instantes a efectos de examinar en privado los detalles de la situación y, luego de un concienzudo análisis de las argumentaciones escuchadas, proceder a plasmar la respuesta más justa.
Al cabo de algunos minutos los monarcas regresaron con la decisión adoptada.
Solicitaron a uno de sus criados que fuera en busca de la más filosa espada del rey y de la enorme torta, a la cual el monarca procedió a cortar por sus imaginarias diagonales mientras exclamaba: - Una vez más, mi Dios, no te he defraudado, tú me has dado larga vida, un Reino, riqueza y una bella mujer y yo te he vuelto a ofrecer mi inteligencia y mi concepto sobre la justicia: Si hay una torta grande para repartir y somos cuatro, pues llevémonos, sin que se enteren por ahí, un trozo idéntico cada uno -.