fotografía: Leandro Pacheco
Las sombras comienzan a ser cómplices de las calles empedradas de la villa. Ya se descubre el atardecer y los dibujos de las esquinas se suman al paisaje que acorta las distancias, a partir de un motor que trae sus sonidos desde otro barrio, igualmente de manos agrietadas.
Tiñendo de soledad la seda de su pollera blanca, ella ha esperado que suene el llamador de su puerta despintada, como quien aguarda un sólo entrecortado de percusión y de silencios. Ha ensayado frases que resulten al oído diferentes a las del último lunes y hasta el pastel, que pierde temperatura sobre la nevera, parece ilusionarse con frutas de otra estación.
No hay árboles que suspiren de envidia, no hay niños que puedan llevar noticias para ser explicadas, no hay nubes que apuren un regreso. Pero hay besos para un antes y un después.
Él ha llegado y no se irá. Habrá que aguardar que se marchite el ramo de flores que llora su abandono en el asiento posterior.
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