fotografía: Leandro Pacheco
- Fue una lástima, Lorenzo, que no pudiste ir el viernes. Mirá, pescamos como locos con el Gallego. Y desde la costa, nomás, sin problemas. Era increíble, uno tras otro y todos grandes. Si hubieras visto.
Él tenía la caña de siempre, con un reel que le regaló el hijo y yo había llevado un aparejo casero, armado a último momento, antes de obtener algunas lombrices en el fondo del terreno de casa.
Los bichos se prendían de los anzuelos y tironeaban de las tanzas, como si hubieran tenido hambre atrasado. Si hasta en un determinado momento el Gallego me dijo: “- Julio, nunca te imaginaste estar toda la tarde sin dejar de encarnar, tirar y sacar. Parece que hoy vamos a tener que volvernos temprano, porque los tres baldes grandes que tengo ahí, al lado de la bicicleta, ya están hasta el tope y se están saliendo los bagres y las tarariras”.
Por suerte, no perdimos ni una sola plomada y la boga que saqué de entrada, se la regalé a él, porque yo soy sólo y no sé qué haría con una bestia como de siete kilos en casa -.
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