fotografía: Leandro Pacheco
Aquí está el ombligo del pago chico. Con el color de su identidad a puro jugo y su pulpa de destino incierto. Es plena naturaleza y es vigoroso paisaje entre los ríos que encierran historias de corceles patrios y rebeldes espadas y facones.
De naranja es su horizonte y de naranja es su maravilla dulce. Allí van los cítricos rozándose hasta moldearse a las maderas viajeras de un caminito apretado de azahares y de sueños.
Pero también hay ariscos mordiscones que anidan en cada gajito, deshilachado entre los dientes, cuando la sed no quiere rendirse ante un sol que resquebraja el sendero de todos los días.
La cosecha tiene la redondez de las frutas encantadas, porque se transforma en la paleta donde el hombre y su familia pintan su esperanza para lo que vendrá del otro lado del invierno.
¡Viva la conjunción de los sabores nacidos desde el vientre de la tierra empapada de magia azucarada y de ese helado rocío matutino, que mañana temprano llegará desde el cielo para cubrirlo todo como una oración de brillo y miel!.
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