Recuerdan los memoriosos que hace muchos, pero muchos, años había un sabio, aplicado, respetuoso y defensor de los diez mandamientos bíblicos, en particular de la célebre novena regla mosaica, referida a la mujer del prójimo.
Pero, a pesar de que su comportamiento incluía, además, a la casa y a los bienes, al siervo y a la sierva, al asno y al buey ajenos, su compromiso, sin embargo, no contemplaba de la misma manera y observancia al envidiable producto de la fermentación de las uvas de sus vecinos.
Tan osada e incontenible codicia lo llevó a experimentar un rudimentario aparato óptico destinado a auscultar a distancia el deleitante consumo que de tan espirituosa y legendaria bebida hacían sus paisanos, mecanismo que estaba formado por dos tubos, uno para cada ojo, destacando en su interior una compleja combinación de prismas y lentes.
Al momento de bautizar dicho instrumento no fue demasiado difícil encontrarle un nombre, aunque no se sabe si fue con el objetivo de desorientar a sus congéneres, que optó por sustituir la ‘v’ corta por una distinguida ‘b’ larga.
SUSCRIBITE a esta promo especial