CECILIA FAMÁ
cfama@eldia.com
La arquitectura y la decoración nos suelen hacer viajar en el tiempo y en el espacio. Entramos a restaurantes de última generación que están ambientados como viejos bodegones; a tiendas de ropa que recrean playas hawaianas de los años ´60. Vemos casas de estilo colonial en flamantes desarrollos inmobiliarios, y barrios con hogares que evocan los de las campiñas francesas. Lo antiguo está de moda, se sabe, pero algo cambió: la tendencia ya no es reciclar objetos y muebles, sino fabricarlos para que parezcan de otra época. Que sean “vintage” y a la vez nuevos.
El aparente oxímoron aplica a piezas cuya nobleza no necesita ser convalidada por el paso del tiempo; en ocasiones son réplicas, sí, pero cuentan con un plus de calidad que las pone por encima de la mera copia. Puede decirse que nacen con la mística agregada que les otorga el trabajo artesanal, la escala humana de pequeñas empresas, el amor al arte de sus creadores.
Las griferías de estilo campestre, los pisos pavimentados con viejas baldosas de calcáreo, se multiplican en las páginas de novedades de las revistas de decoración, y nos retrotraen a la cocina de la casa de la abuela, o el patio de nuestro jardín de infantes. Apelan a la memoria emotiva, a un confort que tuvimos y que volvemos a buscar a la hora de construir o remodelar nuestra casa o ambientar un local comercial en el que los clientes se sientan a gusto.
De esto pueden dar fe los hermanos Scarselletta, fabricantes de mosaicos de granito y calcáreo de la fábrica La Armonía, fundada en 1953 por Elvio y Emilio, en la zona del parque San Martín. Ahora son los hijos de Elvio: Alejandro y Claudio, quienes están cargo de la empresa, que hace pisos, umbrales y mesadas con las mismas técnicas que hace más de seis décadas y media. Pero el patriarca no se queda de brazos cruzados: a sus 85 años, Elvio sigue dedicando algunas de sus mañanas a trabajos que sólo él realiza y supervisa.
“La gente viene a buscar mosaicos para reponer en algún piso de una casa vieja, o directamente porque quiere que su casa parezca vieja. Nosotros conservamos las planchuelas que se usaban a mitad del siglo pasado, y podemos replicar varios modelos antiguos con los mismos colores que se usaban, que eran blanco, negro, rojo, amarillo, celeste y no mucho más”, cuenta Alejandro.
“Tenemos clientes particulares que están haciendo su casa, y otros que son arquitectos o comerciantes que buscan cosas específicas, que parezcan antiguas o que copien diseños de antes. No hay muchos lugares en La Plata que hagan un trabajo tan artesanal como el nuestro. Lo hacemos a mano, pieza por pieza”, describe Scarselletta, mientras a su lado uno de los empleados del lugar coloca cemento blanco y marmolina en un molde, lo esparce, lo compacta, lo lleva a una prensa, lo desmolda y obtiene una baldosa de cemento blanca, similar a las de las veredas.
El proceso dura un minuto. Una hora tiene sesenta, un día 1.440. La escala de la producción es personalizada, y la filosofía de trabajo, también. ¿Cuántas baldosas hacen habitualmente por día? “Y, según las ganas que tengamos de trabajar, o el apuro que tenga el cliente”, responden en La Armonía.
“Acá el trabajo se hace artesanalmente; no tenemos grandes máquinas que produzcan en serie” amplía Alejandro: “no las compramos con el 1 a 1, que es cuando lo hizo todo el mundo, así que aprovechamos el valor que tiene hoy en día este trabajo manual, que de un tiempo a esta parte se ha jerarquizado mucho. Ahora se pusieron de moda los mosaicos calcáreos, e incluso los que tienen dibujos. En esos casos, el precio cambia mucho: de los lisos, podemos hacer hasta 400 por día, en cambio de los otros se pueden hacer 12 o 15 diarios. Insumen un gran trabajo, porque hay que poner el material en cada espacio diferente de la planchuela. Eso los encarece un montón, pero hoy hay mucha gente que los paga. Quieren tener cosas que parezcan viejas… y nosotros podemos hacerlas”.
HERRERO Y CARPINTERO
“Esta tendencia viene desde hace seis o siete años. Creo, sobre todo, que es porque se han ido acabando los productos viejos. Hay menos antigüedades en el mercado, entonces se están aprovechando materiales nuevos para hacer cosas que parezcan viejas. Por ejemplo, hay pisos de cerámico que imitan a la madera añejada… hay pisos de madera, que son nuevos y vienen como viejos, o incluso simulando desgaste y roturas de uso”, dice el diseñador Santiago Magliano.
“Pienso que es porque lo añejado le da más calidez a los espacios”, reflexiona: “en Europa, esta tendencia está instalada desde hace tiempo; allá incluso se fabrica un acero símil oxidado, que ya sale de fábrica con ese color. Acá, la revalorización de los objetos y muebles con más trabajo artesanal ha hecho que de a poquito haya más gente que se va capacitando. Pero de todos modos, cuesta conseguir un buen herrero o un buen carpintero. Cuando uno lo encuentra, le empieza a encargar primero un trabajo, luego otro, y no lo querés largar más”.
Se están aprovechando materiales nuevos para hacer cosas que parezcan viejas” SANTIAGO MAGLIANO, diseñador
Hoy muchos clientes quieren tener cosas que parezcan viejas… y nosotros podemos hacerlas” ALEJANDRO SCARSELLETTA, fabricante de mosaicos de calcáreo
“De a poco va volviendo lo que se ha perdido; debería haber más escuelas de oficios”, sentencia Santiago, quien aprendió lo que sabe desde chico, en su casa. “A los 13 años, mi viejo, que era ingeniero, nos daba el martillo, el taladro y nos enseñaba a usarlo. En casa todo lo que se rompía, lo arreglábamos nosotros, con mis hermanos”.
Santiago egresó de la UNLP como diseñador industrial. Tiene un local en City Bell -de muebles y objetos- y trabaja en su taller de Arturo Seguí junto a varios herreros y carpinteros.
“Yo me dedico al diseño, tanto de casas como de locales. Lo hago desde los 18 años, primero como hobby y luego estudié en la universidad. Hace treinta años que hago estas cosas y me doy cuenta que en el tema de la deco, desde hace algunos años hay un auge terrible” evalúa: “todo el mundo se ocupa más, ve revistas, programas, sitios de Internet, porque a todos les empezó a interesar más estar mejor en su casa, en su espacio”.
“Hay mucha gente que viene al local y me dice: quiero que mi casa sea así” revela: “Otros directamente vienen con fotos viejas y me muestran lo que quieren: un portón como el de la casa de la abuela; una postal medieval con alguna guarda. Yo siempre hago mi aporte, pero trato de reproducir lo que me piden”.
¿Si son más caros estos muebles que los que se pueden comprar en una tienda de decoración o una mueblería estándar? “Y sí, en cuanto a los precios yo no puedo competir con productos fabricados en serie… pero de todos modos, la gente se sorprende: muchos creen que estas cosas son mucho más caras de lo que son realmente” advierte Magliano.
“En lo personal, trabajo mucho con los tonos y las proporciones” precisa: “pruebo tonos… la madera me gusta más cálida, más añejada, pero son todas nuevas. No reciclo. Entre lo que más me piden están las mesas y bibliotecas. Y el objeto estrella es el fogón de hierro, para encender fuego, que es decorativo, pero ahora también lo usan para cocinar. He vendido cientos. Ese es un objeto antiguo en sí, que ahora está en muchas casas. A la gente le gusta; proviene de la Edad Media, pero se ha convertido en lo más moderno en la actualidad”.
“OBRERO DEL PINCEL”
Darío Prado vive en Los Hornos, en donde tiene su taller. Estudió en la Escuela Media 3 y se recibió de diseñador gráfico en la facultad de Bellas Artes de la UNLP. Hace tres años comenzó a dedicarse profesionalmente al fileteado.
“En 2008 tomé un curso de fileteado con Alejandro ‘Coqui’ Otero en el barrio Meridiano V. Y luego conocí a Beto ‘Yapán’ Palavecino, gran maestro y amigo, que con enorme generosidad comparte conmigo todo su conocimiento”, recuerda Darío.
“Siempre tuve interés por el dibujo, y sobre todo por el dibujo de letras. En mi época de estudiante universitario tuve la oportunidad de conocer este oficio y desde entonces comencé a interiorizarme y a investigar sobre el fileteado”, repasa: “hoy, los trabajos que más me piden son los que tienen que ver con los locales gastronómicos -cervecerías, restaurantes, hamburgueserías- y locales de tatuajes, interviniendo paredes o distintos soportes, ya sea para la aplicación de la marca o simplemente con decoraciones pintadas, sean letras o fileteado”.
“Cuando comencé a pintar lo hacía sobre objetos de decoración: números para las casas o pequeños carteles y los vendía en ferias artesanales u otros espacios similares”, expresa Prado, quien percibe que “hay una revalorización del oficio en estos últimos años, recuperando un poco el terreno perdido en los años ‘90 con la llegada de la gráfica adhesiva”.
“Me gusta definirme como ‘filetero’ por el hecho que no soy un fileteador tradicional, ya que incorporo elementos de otras disciplinas como el tatuaje” admite el platense: “pero creo que la mejor definición para mi actividad es la de ‘obrero del pincel’, como dice un amigo. Me gusta ver mi actividad más como un oficio que como una disciplina artística, ya que muchas veces somos la herramienta de diseñadores y arquitectos, entre otros”.
“Por suerte tengo trabajo de manera constante, aunque con algunos altibajos, como pasa en cualquier actividad independiente” concluye Darío, que plasma su oficio-arte tanto en tablas decorativas para cocinas como en grandes muros de locales comerciales: “a medida que más difundo lo que hago, sobre todo en redes sociales, más consultas recibo. Ese ida y vuelta es lo que me inspira a seguir aprendiendo, y a perfeccionarme”.
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