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Gomerías y talleres, un termómetro de los pozos en las calles platenses

Por Redacción

El tren delantero y las llantas, lo que más sufre. El presupuesto para poder circular, cada vez mayor

En nuestra ciudad, circular con prudencia y respetar las velocidades máximas permitidas ya no es suficiente para mantener el auto en buenas condiciones. Por todas partes, las calles platenses sorprenden con escollos que -más temprano que tarde- terminan averiando los vehículos y enviándolos a un descanso obligado en el taller: hundimientos, grietas, pozos con bordes afilados, capas sobre capas de parches que generan lomos de burro “espontáneos”, son parte de un paisaje urbano que los operativos de bacheo no logran aún revertir.

En épocas de bolsillos al límite, llevarse por delante un cráter de diez centímetros de profundidad, con bordes perpendiculares, puede redundar en un golpe letal para las finanzas: rectificar una llanta metálica abollada -o darle un punto de soldadura a una llanta de magnesio- no baja de los 500 pesos. Si además la cubierta se daña y pierde aire, el parche cuesta $100; peor aún, si el tajo es grande y hay que cambiar el neumático, se debe hablar de mil pesos, en adelante.

Reponer una pareja de amortiguadores promedia los 3.000 pesos

“Todo el tiempo entran autos y camionetas con el tren delantero a la miseria, las llantas abolladas o las cubiertas rotas” señala Leandro Jorge, desde una casa de suspensión y mecánica ligera de 72 y 118: por nuestra ubicación, llega mucha gente que viaja a Bavio y Magdalena y padece el estado de la ruta 11; pero todos los accesos están en mal estado, y en la mayoría de las calles que tienen lomos de burro, éstos están sin señalizar”.

En el casco histórico platense y su periferia, tramos como los de 60 entre 17 y 18, 3 entre 43 y 44, 2 entre 57 y 59, diagonal 74 entre 115 y 116, 60 entre 2 y 4, 59 de 16 a 18, 137 entre 72 y 637, la mayor parte de las localidades de Los Hornos y San Carlos, están en pésimas condiciones de transitabilidad. Son ejemplos en una lista que podría extenderse varias páginas.

Meses atrás, la repercusión obtenida por un mapa interactivo lanzado por un concejal local puso de manifiesto el grado de preocupación que los baches generan entre los vecinos de la Ciudad. Las cuadras pavimentadas de la ciudad -se estima que son unas diez mil, 3.400 de ellas en el casco histórico-, cuentan con tres tipos de cobertura: asfáltica, de hormigón y empedrada. Esas superficies están envejecidas y erosionadas; diferentes relevamientos encarados en los últimos tiempos, ponen de manifiesto que casi no hay cuadra platense que no amerite una intervención drástica.

“Es lógico que se rompan más los autos, porque las calles están muy mal. Y se nota en la demanda de la gente para reparar partes de los trenes delanteros, que son los que más sufren porque reciben el primer impacto de los pozos” sintetiza Walter Castillo, desde una gomería y taller situada a metros de plaza Yrigoyen: “principalmente, se ven llantas deformadas, se rompen crucetas, bujes, parrillas y pre-caps, y se busca reponer amortiguadores”.

Precisamente, reponer una pareja de amortiguadores promedia los tres mil pesos, a los que hay que sumar la mano de obra; y la reparación de una parrilla ronda los $400 a $600, siempre como piso y dependiendo del modelo del vehículo. Una vez recompuesto el tren delantero, someter al vehículo a alineación y balanceo puede costar entre $500 y $800.

De acuerdo con los expertos, la antigüedad del grueso de las calzadas platenses, excluyendo los adoquinados históricos -que tienen protección patrimonial y tratados con la técnica adecuada pueden durar varios siglos-, sobrepasa largamente todos los índices recomendables. Existen tramos en los que desde hace más de veinte años no se realiza ninguna clase de mantenimiento, y cada año tiene un impacto exponencial en su deterioro.

Además de la edad, entre los factores que provocan el deterioro de los pavimentos, el clima tiene un papel clave. En las metrópolis, las calzadas son los lugares por los que el agua de lluvia transita y circula; cuando hay grietas, las filtraciones deterioran las capas inferiores, se pierde sustentación y se generan baches profundos por hundimiento.

“Para los que trabajamos con el auto, el estado de las calles es un castigo”, dicen taxistas

A mayor temperatura de ese líquido, lo que ocurre en temporada estival y se agrava considerablemente durante las olas de calor prolongadas -como la actual-, el efecto es peor, ya que los pavimentos asfálticos tienden a disgregarse con mayor velocidad, provocando baches superficiales que pueden dar origen a otros profundos.

En el casco fundacional, las calzadas se pueden desglosar en un setenta por ciento en hormigonados y el treinta por ciento restante en carpetas asfálticas, materiales ambos que tienen defensores y detractores, y cuyos coeficientes de costo-beneficio son en cierta forma similares.

La vida útil del asfalto ronda los diez a quince años, cifra que puede tener ciertas variaciones dependiendo de las características del material -espesor y calidad de la mezcla-, y del medio -rigor del clima, densidad y peso del tránsito-. Del mismo modo, se estima que el hormigón puede mantenerse en buen estado veinte años o más.

Mientras el asfalto se fisura por envejecimiento, algo que no ocurre con el hormigón -que casi no da señales de fatiga por el paso del tiempo-, es más barato: su precio sigue las oscilaciones del petróleo, del que deriva. Es versátil, práctico y de rápida aplicación, pero en general dura menos. El hormigón, por su parte, es más caro y de más lenta ejecución, que frecuentemente obliga al corte temporario de calles; las operaciones para su mantenimiento suelen ser también más complejas.

“Para los que trabajamos con el auto, el estado de las calles es un castigo” expresa Juan Carlos Berón, secretario general del Sindicato Unión Conductores de Taxis: “hemos llegado a pedir audiencia con la gente de Obras Públicas del municipio para expresarle nuestra preocupación por este tema, y por los bacheos que se lanzaron, que al principio no aguantaban ni dos lluvias fuertes”.

“Hay calles, como la 14 de 60 a 64, donde se forman pozos tipo ‘palangana’, que se llenan de agua y se agrandan todo el tiempo” precisó el dirigente gremial: “arreglar un tren delantero no nos sale menos de cinco mil pesos, y el tren trasero del auto también sufre; los taxistas estamos en la línea de fuego de todos los baches, y también de los lomos de burro sin señalizar ni pintar, que son casi todos. Te los llevás por delante sin verlos, por lo que no cumplen el objetivo de reducir la velocidad, y encima te destrozan el coche”.

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