El microcentro de la ciudad es una cosa de día y se transforma en otra cuando los negocios cierran las persianas. Junto con las distintas variantes y ofertas comerciales, también surgen diferentes variables de la delincuencia, afrontadas con mecanismos de prevención de todo tipo.
Así surge de un relevamiento hecho por este medio en distintos puntos del corazón comercial platense. A grandes rasgos, se pueden distinguir dos sectores puntuales. Uno es el que se desarrolla en torno a las calles 7 y 8, entre las plazas Italia y San Martín. El otro, surgido en los últimos años, se expande detrás de la Gobernación. Si algo hay en común en esas dos áreas es que la actividad arranca desde temprano y decae a medida que avanza la noche.
Básicamente, los casos más frecuentes son protagonizados por chicos o adolescentes. Pero también hubo robos en los que actuaron motochorros con una modalidad de ráfaga: uno se baja corriendo, entra en el negocio elegido, se lleva lo que puede y vuelve al encuentro de su cómplice, para una huida inmediata.
Después, algunas situaciones y contextos varían. Por la zona comercial clásica platense, “circula más gente y eso se presta a que haya más oportunismo, con ladrones viendo lo que pueden hacer”, observa Mauricio, encargado en un local de celulares de 7 entre 54 y 55.
A él ya le robaron en enero a mano armada: un delincuente irrumpió veloz frente a varios clientes, arrebató seis teléfonos costosos y se fue corriendo hasta tomar un micro en el que huyó. Luego, en abril, intentaron sin éxito saquearle el local de madrugada. Al lado, en un bazar, hace dos meses entró una persona y en segundos le arrebató el celular a una joven.
Son casos aislados pero que, conectados unos con otros, van pintando un panorama en el que nadie se salva, bajo la modalidad que sea.
A falta de la policía Local -“de 53 para este lado directamente no está”, se queja Mauricio-, hace poco se implementó un patrullaje de Caballería y Gendarmería sobre ese sector. Es al menos un refuerzo, pero “están algunos días y de pasada, por ahí pasa un buen rato en el que no los volvemos a ver y ahí está el peligro”, agrega el comerciante.
Además de las consabidas alarmas y candados para la cortina, Mauricio es precavido con la mercadería -esconde los teléfonos más caros- e invierte 4.500 pesos por mes para tener un custodio. Otro costo adicional para él es pagar un seguro que le reintegre el valor de lo robado, que en general se suele cobrar varios meses después.
Cuando los sábados o los feriados representaban una posibilidad de aumentar las ventas, hoy son más bien un riesgo por la desolación. De ahí que varios dueños de locales prefieran directamente no abrir. Hace años que los domingos el paisaje es el opuesto al trajín de un día de semana.
En guardia
En algunos negocios, el cuidado que se tiene para los golpes sorpresivos es el de destinar a alguien a cuidar la puerta. Eso casi siempre corre por cuenta de quienes trabajan ahí. “Desde las 18, todos los días el gerente se para en la entrada, o va y viene, como forma de prevención”, explica Natalia, empleada en un local de zapatos de 48 entre 7 y 8.
Un tipo de robo llamativo que se dio en dos autoservicios del centro fue el de las “pirañas”: grupos numerosos que en un minuto saquean toda la mercadería que pueden y se escapan corriendo. Por lo general, son chicos
Entre estudiantes, trabajadores y algunos que salen de compras, deambula un grupo de nenes que vive en la calle y que suele entrar en los comercios, para robarse algo o armar algún revuelo. “Los conocemos todos. En general, se meten en donde ven chicas, porque para ellos ahí es más fácil hacer lo que quieren”, reconoce en off una joven que trabaja de cara a la calle 50. A ellos es más común verlos a partir de las cinco de la tarde, aunque también tuvieron casos como el de la semana pasada, un sábado al mediodía, cuando se metieron en una marroquinería de 48 y 7.
“Los chicos se meten como de a cinco, a veces a pedir agua u otra cosa, y hay que atajarlos para que no saquen nada”, dice Natalia, que coincide en el diagnóstico de mucha gente que trabaja en esa cuadra: “La policía Local no está, y la otra (por la Bonaerense) llega cuando ya es tarde”.
Sobre calle 8 discreparon con esa afirmación y destacaron que en ese sector sí es más usual ver a efectivos que patrullan a pie. Inclusive, destacaron que “esperan a que todos cierren”, según Matías, empleado en otra zapatería. De todos modos, no lo dieron como antídoto a los ladrones: “Cada tanto hay alguno que manotea algo de la mercadería”, señala Julio, que atiende un kiosco en 8 y 48.
Sobre la calle que en su momento fue peatonal, los sábados a la mañana y los domingos hasta bien entrada la tarde, esos autoservicios atienden por ventanilla. El problema suelen ser “la gente que sale de bailar” y que configura un ambiente más peligroso para atender como lo hacen en un día hábil. “Nos mantenemos al tanto con otro kiosco que hay a una cuadra por si vemos algo raro, o un grupo que anda armando problemas”, dice Julio. Abierto las 24 horas, el tramo que va de las 22 a las 7 se atiende sí o sí a puerta cerrada.
Volviendo a la cuestión de los menores de 13 años o menos, la reiteración de los casos es una constante, en cuanto a que la policía se encarga a veces de retirarlos del lugar para derivarlos a un centro de recepción, que casi siempre implica que vuelvan a la calle. Así el círculo se replica una y otra vez.
Victoria trabaja en un negocio de ropa de calle 48. En un mes y medio, esos chicos entraron en el local dos veces e intentaron una tercera. Tanto a mediados de mayo como hace 20 días, los protagonistas fueron “nenes que andaban en grupos de cuatro o cinco, que entran, corren, juegan y se meten hasta el fondo” de ese comercio.
Siempre que le tocó enfrentar esa situación no tuvo auxilio policial rápido. “El más chico tenía cuatro años. Fue el que se colgó de la caja registradora, que ahora está cerrada con llave. Con mi compañera nos quedamos con un ataque de nervios, porque no sabemos qué hacer. Tratamos de estar atentas, como la última vez, que alcanzamos a cerrar antes de que vinieran”, apunta Victoria.
pirañas
Un tipo de robo llamativo que se dio en dos autoservicios del centro fue el de las “pirañas”: grupos numerosos que en un minuto saquean toda la mercadería que pueden y se escapan corriendo. Por lo general, son chicos. A fines de febrero, atacaron un kiosco de 8 entre 53 y 54. Eran alrededor de 15 los menores que sorprendieron al empleado haciendo el ademán de llevar pistolas escondidas debajo de las remeras. Todos tenían “entre 17 y 18 años”, a decir de la víctima, que llegó a pensar que lo iban a apuñalar. Algunos ladrones vaciaron la caja y otros sacaron comestibles de las góndolas.
Algo parecido sucedió a comienzos de marzo en 10 entre 49 y 50. fueron “entre 10 y 15” chicos, cuyas edades rondaban los 15 y los 17. Antes de entrar algunos se taparon las caras con pañuelos. Más cerca de la delincuencia que de la travesura, provocaron destrozos y también robaron todo lo que pudieron.
Trabajar en el microcentro implica un cierto entrenamiento en mirar a cada persona que entra. “Con el contacto visual nos damos cuenta de si están nerviosos, o si se ponen a mirar cómo es el local. Ahí, uno de nosotros lo atiende y el otro sale a la vereda por las dudas. Si ven que no pueden hacer nada, preguntan algo y se van”, asegura un joven que vende accesorios para celulares.
Tanto en el sector “clásico” del centro comercial como en el nuevo y más sofisticado, algunas formas de robo se repiten. En tanto, hay otras que son propias a cada área
Algo que por el momento no resignan los comerciantes es el horario de cierre en la época en la que oscurece temprano. Mientras que hay barrios en los que bajan la persiana antes para cuidarse, en el centro esa precaución parece no correr, al menos a un nivel masivo.
El sábado de la semana pasada barretearon la cortina de chapa que protege el frente de un negocio de celulares, en 9 entre 47 y 48, cerca de las 5 de la madrugada, contaron fuentes del caso. Es uno de los tantos “escruches” nocturnos que se suelen registrar cuando la actividad en pleno centro desciende a niveles comparables con un barrio, y en donde a pesar de haber cámaras de monitoreo urbano -la central funciona a 150 metros de ahí- a los delincuentes nada los frena. Ante cada contexto, los ladrones siempre encuentran su resquicio.
$ 4.500
Es el costo mensual que pagan algunos comerciantes del microcentro platense por tener un custodio en la puerta de su local, como medida adicional de prevención. En ciertos casos, el importe es mayor
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