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Historias sobre la arena

El platense que “vive” en la playa y juega de local en Cariló

Durante tres meses, desde hace 16 veranos, Oscar Coretti pasa sus días frente al mar, entre su puesto de guardavidas y la casa rodante en la que duerme

El platense que “vive” en la playa y juega de local en Cariló

Oscar Coretti en su puesto del parador Hemingway, en Cariló, donde trabaja desde hace 16 años, aunque lleva 40 como guardavidas/demian alday

enviado especial

Jorge Garay

jgaray@eldia.com

“Nosotros nadamos entre las orcas. No es de gente muy normal eso. Las orcas te pueden morfar, ¿entendés?”

Sentado en su mangrullo del parador Hemingway de Cariló, Oscar “Rocco” Coretti sonríe pícaro, arquea el bigote gris sobre el chupetín turquesa que sostiene en la boca, los ojos -que podrían ser marrones o azules- detrás de las gafas oscuras siguen los latigazos del mar.

Coretti tiene 57 años, 40 como guardavidas, otros tantos dedicados al service matriculado de hornos, calefones y cocinas que realiza en La Plata, su ciudad natal, a la que vuelve cuando termina la temporada. El Hemingway de Cariló es, desde hace 16 veranos, su segunda patria. Aquí trabaja, de lunes a lunes, de 9 a 19. Aquí duerme, en la casa rodante blanca y negra que lo trae desde La Plata: “Ahí vivo de diciembre a marzo -mira hacia atrás, extiende un brazo prolijamente bronceado como todo su cuerpo y señala desde lo alto de su cabina de madera hacia la zona del estacionamiento-. Jamás pagué un hotel”, se jacta, y vuelve la vista al mar, a las personas que corretean en él, el paisaje cotidiano que si quisiera podría ver desde la ventanilla de su camioneta como quien mira el asfalto desde la ventana de su casa.

La playa no es sólo su calle de verano. Es su escuela, desde que de adolescente admiró a su primo bañero, y quiso practicar waterpolo, luego buceo, finalmente ser guardavidas. Y también su temeraria caja de anécdotas, como aquella en la que vio pasar un avión, unos cinco paracaidistas saltando desde unos 500 metros para sumergirse bajo el agua.

“Vamos porque se ahogan -cuenta que le dijo entonces a su compañero de toda la vida, Gustavo Ehlke- porque esto es así, tenés que estar atento todo el tiempo. Donde los vemos patinar o sufrir salimos corriendo”.

Rocco recuerda que se agitó mucho esa vez y aquel perfume que todavía parece impregnado en él. Frunce la nariz también dorada por los reflejos del sol, parece disfrutar de este aire que huele a rabas, y churros y choclos de vendedores que vocean entre la gente. Explica: “Dentro del agua sentís mucho los olores y yo sentí un perfume -estira las vocales-. Era una mina, entre los que se habían tirado se hundía una mujer y yo no tenía torpedo ni nada, así que me colgué del paracaídas, ella se agarró de mí, la salvé pero pudo ser una catástrofe”, se saca el chupetín de la boca, junta las manos como en un rezo, el recuerdo lo devuelve a la fragancia: “Pero qué perfume, y qué mujer”.

El bañero dice que podría enumerar mil historias como esas. Habla de lobos marinos y toninas golpeándole en la espalda, su cadera estrellándose contra un banco de arena la vez que se arrojó desde un helicóptero al mar, o de aquella tarde en la que nadó junto a las orcas, ante el escándalo de señoras que le gritaban que estaba loco, que si era un suicida o qué y que al día de hoy no encontró mejor fondo de pantalla para su computadora que el de los cetáceos acercándose a la costa de Cariló.

Más, si ahora mismo viera un gran mamífero marino emergiendo de entre las aguas, avisa, no dudaría en ir corriendo a zambullirse. ¿Alguna vez, en todos estos años, tuvo miedo a morir en el agua? “Tengo miedo de morir al salir a la calle”, tercia, y completa: “En el mar podría morir tranquilo -el chupetín entre dos dedos, como si sostuviera un cigarrillo-. El único lugar donde me daría rabia terminar mi vida sería en una cama, enfermo”.

A esta altura, la conclusión se hace obvia: durante tres meses, el paraíso tiene para Rocco la forma de esta porción de arena blanca y aguas claras a la que se llega por un camino silencioso, bordeado de mansiones estilo americano y árboles.

“De joven era así. Yo venía para levantar -susurra, la sonrisa de dientes blancos que contrastan con la piel tostada-. Ahora ya no, más allá de que prefiero estar acá antes que en la ciudad, te das cuenta de que no es tan fácil, que el mar es lindo, pero bravo, y que acá la vida de otros depende de vos. No podés joder con eso”.

SIEMPRE EN ALERTA

Por eso se entrenan. No hay día en que Coretti y Gustavo Ehlke no practiquen su rutina de triatletismo: natación, ciclismo y carrera a pie. A su lado, Ehlke, 39 años, destaca a su mentor como un modelo a seguir: “Rocco es una especie en extinción, no solo por su constante preparación, sino porque aprendió y me enseñó que ser guardavidas era algo más que ponerse un silbatito para andar de levante. La pasás bien acá, estás tranquilo, te reís, pero de golpe se pone feo y tenés que salir corriendo. Si te demoras se te va una vida”.

“Es estar alerta siempre -interviene “Rocco-. Mirar y cuidar”, cuenta que fue lo primero que le transmitió a su hijo Ramiro -platense, 27 años y 7 como guardavidas-, quien día por medio trabaja en uno de los puestos contiguos al suyo. “De chiquito lo metía a nadar”, ríe orgulloso, y se le dibujan las patas de gallo tras las gafas.

Gustavo tiene más palabras de cariño: “Pavada de maestro tuvo Ramiro. Yo digo que tenemos que valorarlo, es uno de los pocos que quedan de la vieja escuela. Él camina la playa, charla con el turista, conoce a todos. ¿Quién, sino un apasionado como él, puede hacer de su lugar de trabajo su casa?”, subraya sobre Rocco.

En la charla se agolpan las imágenes felices de la amistad y el trabajo, la nostalgia por aquel Cariló que supo ser “más tranquilo” y en el que “los guardavidas éramos 30 y nos conocíamos todos”. En cambio “hoy es un Mar del Plata chico, gente que antes vacacionaba en el exterior ahora viene acá y los guardavidas somos más de 300”. También Rocco, con su porte juvenil, el dandy de mil batallas que en cada anécdota parece burlarse de los peligros y la muerte, confiesa que no es el mismo y que su cuerpo -terso, sin un exceso de grasa- lleva las cicatrices del mar. “No se ven, pero están”, advierte y enumera una fractura de cadera, lesiones en los pies, las manos o la espalda.

 

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