Quienes estaban vivos recuerdan a la perfección donde estaban el 8 de diciembre de 1980, cerca de la medianoche: eran otros tiempos, donde las noticias fluían de forma más lenta, pero de alguna manera todos escucharon los estruendosos cinco disparos que Mark Chapman realizó contra John Lennon. Gravemente herido, Lennon murió desangrado en el asiento trasero de un coche de policía que aceleraba intentando llegar al hospital.
El ex Beatle llegaba con su esposa, Yoko Ono, de una sesión de grabación, luego de romper un silencio discográfico de cinco años que oficialmente se debió a sus intenciones de cuidar a sus hijos, aunque otras versiones indicaban que Lennon atravesó un período oscuro, marcado por una depresión profunda: John había conseguido salir de su pozo para grabar “Double Fantasy”, lanzado días antes, e incluso había firmado, horas antes, al salir de su departamento hacia el estudio, una edición del disco a Chapman, antes de morir.
Chapman, que llevaba consigo una copia de “El cazador oculto”, dijo entonces no haber podido resistir a las “voces” que lo impulsaron a matar a Lennon, aunque en un reciente pedido de libertad condicional aceptó que pensó que matar a Lennon lo haría famoso.
Aunque al momento de su muerte el artista británico ya se erigía como una especie de leyenda viva, tanto por haber conformado junto a Paul McCartney la sociedad compositiva más importante de la música popular contemporánea, como por simbolizar una verdadera revolución cultural; el fatal desenlace lo convirtió en el mito más grande del espectáculo moderno.
En los días siguientes se vivieron en Estados Unidos escenas de desazón popular similares a las que hemos visto aquí por estos días: miles de personas se congregaron durante días cerca de Central Park, ante el prestigioso “Dakota Building” donde residía Lennon con Yoko Ono y su hijo Sean, y el 14 de diciembre, entre 100.000 y 200.000 personas desafiaron el frío en Central Park, a dos pasos del escenario del crimen, para rendirle tributo. Mientras tanto, en Miami, Los Angeles, Chicago, Seattle o Boston, decenas de miles de admiradores se reunieron “en parques, plazas, simples estacionamientos o en el anfiteatro natural de Red Rocks, en las Rocosas, donde los Beatles habían dado un concierto en 1964”.
Centenares de radios estadounidenses divulgaron incesantemente música de los Beatles durante toda una jornada, y observaron los diez minutos de silencio deseados por la viuda del músico.
En el Reino Unido, el impacto fue enorme. En Liverpool, ciudad natal del músico pacifista, “unas 20.000 personas cantan a coro ‘Give Peace a Chance’”, al final de un concierto organizado en su honor ese 14 de diciembre.
Como en las épocas de la Beatlemanía, los fans lloran y se desmayan. “John Lennon no ha muerto. Mientras viva su música, él no morirá”, lanza el antiguo empresario del grupo, ante la enlutada muchedumbre.
Los homenajes llegarán hasta Moscú, donde la policía tendría que intervenir para dispersar a centenares de jóvenes congregados cerca de la universidad, portando retratos de Lennon.
La Unión Soviética no había quedado el margen del fenómeno de los Beatles, el grupo pop del siglo, cuyas grabaciones importadas se vendían en el mercado negro.
ETERNO
Era el principio de lo que hoy es evidente: la vida de John Lennon se acabó brutalmente hace 40 años en Nueva York, pero su leyenda sigue viva, su música se continúa escuchando en todo el mundo y su figura es aún una fuente de inspiración para otros artistas.
Varios hombres en uno, Lennon persiste por el genio natural de su música, por el poder de la música seminal de Los Beatles, por algunas incursiones solistas como “Imagine”, himno de la paz a nivel mundial, y también por sus posturas políticas, que, aunque contradictorias, lo convirtieron en un ícono inconformista dispuesto a dar batalla contra el capitalismo.
Ocurre que el icónico músico no solo conmovió a millones de jóvenes en todo el mundo con las nuevas estéticas propuestas desde el famoso cuarteto, sino que además representó una era en la que la juventud alzó su voz contra un conservador orden establecido por el mundo adulto a nivel político y socio-cultural.
DECONSTRUCCIÓN
En tal sentido, la música de Lennon expandió a límites insospechados a la música pop, pero además expresó los sentimientos de una generación nacida en la posguerra, que buscaba un cambio de época a través de una libertad que confrontaba viejos prejuicios.
Incluso, los propios: de infancia complicada y rebelde, Lennon defendió algunos valores conservadores respecto a las mujeres hasta la llegada a su vida de Yoko Ono, su gran amor. La vanguardista artista japonesa fue la gran responsable de la deconstrucción del músico, quien no solo se animaría a experimentaciones sonoras que lo alejarían poco a poco de sus compañeros de grupo, sino que también radicalizarían su discurso político.
El despojo final de los mandatos tradicionales estaría dado por el viraje de Lennon hacia el feminismo. Su romance con Yoko suponía la ruptura de su primer matrimonio con Cynthia Powell, la abnegada novia de la adolescencia con la que se había casado cuando supo que esperaban un hijo y a quien mantuvo relegada en todo sentido.
El joven que había escrito canciones como “Run For Life”, en la que le decía a su chica que “prefería verla muerta en vez de con otro hombre” y de la cual abjuraría más adelante; transitó un proceso que lo llevó en 1972 a componer “Woman Is The Nigger Of The World” o a lamentar poco antes de su muerte no haber incluido a Yoko como coautora de “Imagine”, su tema más emblemático, por presiones sociales y de la industria.
Más allá del camino recorrido, la honestidad brutal en su música fue la gran constante en la trayectoria de Lennon, lo que se reflejó en discos como “Plastic Ono Band”, de 1970, su primer trabajo “post-Beatles”; o en “Sometime in New York City”, de 1972, su álbum más politizado.
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