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La crisis del coronavirus, fuente de miedos y angustias

Por Aurélie Mayembo

Agencia AFP

“Angustia, depresión, insomnio, problemas cognitivos… de todo eso, tendremos”, vaticina el psiquiatra Serge Hefez quien, como muchos colegas, cerró su gabinete y ahora pasa consulta por Skype.

La situación inédita que ha creado la pandemia, ya llevó a la OMS a publicar, a principios de marzo, una serie de recomendaciones para la salud mental de la población, esté aislada, sea de avanzada edad o trabaje en el ámbito sanitario.

Levantar una barrera ante las informaciones falsas, consideradas dañinas, y animar al diálogo en caso de estrés son algunos de los consejos dados.

Con la propagación del virus y las medidas de confinamiento, “constatamos la llegada de nuevos pacientes, que ya padecían problemas psíquicos. Este periodo los somete a unas situaciones emocionales difíciles de gestionar”, señala la psiquiatra Fatma Bouvet de la Maisonneuve.

Entre las angustias detectadas durante sus horas de (tele)consulta, la experta destaca: “miedo a la muerte, al contagio, al síndrome de abstinencia en el caso de los ‘adictos’ ansiosos, a los conflictos familiares o dentro de grupos delicados, al aburrimiento, a estar encerrado, a no saber qué ocurrirá, a que bajen los ingresos, al inmovilismo, al aislamiento, a tener que estar consigo mismo”.

De todos los escenarios de desastre, la epidemia paralizando una parte del planeta era, quizá, la menos plausible para muchos, tras años marcados por una crisis financiera, atentados y la emergencia climática.

Y a ello precisamente se debe el trauma, considera el psicoanalista Roland Gori, que ha trabajado sobre las repercusiones de los atentados en Francia. “El trauma llega cuando uno no ha podido prepararse para un acontecimiento (...) Si conoces el peligro que va a llegar, te preparas. El trauma psíquico no es en absoluto comparable con las heridas” infligidas, analiza.

Un sentimiento que, hasta hace poco, todavía se traducía en la negación de algunos pacientes, que seguían tendiéndole la mano al saludarle, o el pánico de otros, que tenían la sensación de que algo “se está hundiendo en nuestra manera de vivir”.

Una reacción clásica a las epidemias, subraya Serge Hefez, particularmente ancladas en nuestro imaginario, por la peste negra de la Edad Media o la gripe española del siglo XX. “Lo primero que surge es la anomia [introducida por el sociólogo Durkheim], la angustia a que terminen los vínculos sociales, la ausencia de normas, el pánico del saqueo”. A eso se añade el miedo al contagio, reforzado por el carácter invisible del virus.

Otra inquietud: morir de hambre (lo que lleva a la gente a hacer acopio de reservas), “que es la prueba de un reflejo vital, la libido, es decir, las ganas de vivir cuando tenemos miedo a morir, a estar solo o a la escasez”, añade Roland Gori.

Pero, ante una situación inédita, reacciones inéditas: el confinamiento a gran escala impuesto en varios países europeos, siguiendo el ejemplo de China, podría poner a prueba la salud psíquica de algunos, y más aún teniendo en cuenta que muchas de las estructuras dedicadas a ésta están cerradas.

“Los que están en familia parecen soportar mejor la situación que los que están aislados, lo que podría provocar daños de los que todavía no somos conscientes”, señala el psicoanalista. “No sabemos qué provocará la soledad ni qué conllevará ser un apestado”, apunta. Un cúmulo de situaciones que pueden conducir a un consumo excesivo de alcohol, de tabaco o de drogas.

Dentro de los grupos o de las células familiares, el confinamiento también ha dado lugar a problemas: frustraciones, trastornos y, a veces, violencia.

“Los conflictos con los adolescentes aumentan pues ellos no son necesariamente conscientes [de la situación] y desean seguir saliendo con sus amigos. Algunas personas ancianas también quieren vivir como antes, pues sienten que no tienen nada que perder”, observa Fatma Bouvet de la Maisonneuve.

“Hay que levantar una barrera contra las informaciones falsas y animar al diálogo en casos de estrés”

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