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Jorge Elías
Jorge Elías
En tiempos raros, una decisión sensata. La de Bernie Sanders de renunciar a la carrera presidencial del Partido Demócrata tras la seguidilla de victorias de Joe Biden. Era previsible en una campaña en pausa, con 15 primarias pospuestas y la convención partidaria en suspenso, por otro conteo. El de la pandemia de coronavirus. Lo tomó a la ligera al comienzo Donald Trump, empeñado en llamarlo “virus chino” o “virus de Wuhan”, hasta que Estados Unidos se convirtió en el epicentro mundial de la enfermedad y, habituado a la guerra comercial con China, se plantó contra ese país y contra la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Con la campaña y las vidas en pausa, las elecciones parecen remotas. Algo así como un trámite en el cual, a pesar de haber soslayado desde enero los avisos catastróficos de los suyos sobre el COVID-19, Trump sigue ensimismado en sus asuntos y, desaparecidos en acción, Biden y Sanders dirimían desde sus confinamientos si uno, de 77 años, se consagraba como candidato y el otro, de 78, deponía su aspiración. En otros tiempos, los pretéritos, Sanders hubiera convocado multitudes con la premisa “Not me. US”. Una suerte de “No yo. Nosotros” o, en un acierto proselitista, “Nosotros y Estados Unidos” como sinónimos.
El voto, al igual que el censo nacional iniciado el 12 de marzo, podía resolverse en forma virtual, pero también existía un peligro: ¿era necesario “arriesgar vidas para votar”?, se preguntó The New York Times antes de las primarias de Wisconsin. Desde su casa de Wilmington, Delaware, el senador Biden habló por teléfono con Trump en medio del fuego cruzado, como si una llamada de uno o del otro fuera una tregua en la guerra de reproches por la pandemia. Que, en realidad, se remontan al juicio político contra Trump por abuso de poder y obstrucción al Congreso a raíz de las actividades de Biden en Ucrania cuando era vicepresidente de Barack Obama. Tanto Sanders como Elizabeht Warren eran vistos en la campaña como el ala extrema del partido
La prédica de Sanders sobre un sistema de atención médica universal, el cobro de más impuestos a los ricos y las regulaciones de las empresas, entre otras propuestas tildadas de “revolucionarias”, influye ahora en la campaña demócrata. Biden necesita a los votantes que le reportaron 914 delegados a Sanders frente a los 1.217 propios para alcanzar los 1.991 requeridos. No sólo se trata de captarlos, sino también de contar con sus recursos y de evitar la dispersión, como en 2016. Uno de cada cuatro demócratas respaldó a Sanders en las primarias, pero no lo hizo por Hillary Clinton en las generales.
“La gente de Bernie debería venir al Partido Republicano”, tuiteó Trump, burlón. En ese campo, el de las redes sociales, juega con ventaja. La crisis del coronavirus, lejos de perjudicarlo, terminó apuntalándolo en las encuestas con una narrativa errática, a veces falsa, en los horarios de máxima audiencia. La culpa siempre es del otro. De los demócratas, de China o viceversa. En tanto haya un chivo expiatorio, a pesar de los contagios, los muertos y el quebranto, los mensajes de Biden desde el estudio de televisión montado en el sótano de su casa no alcanzan a conmover a la ciudadanía: “No seremos derrotados por un enemigo invisible”, repite.
En 2018, los demócratas recuperaron el control de la Cámara de Representantes. Ganaron en distritos pendulares, no adheridos a ninguno de los dos partidos, y en otros que antes se habían inclinado por los republicanos. Tanto el senador Sanders como su par Elizabeth Warren, también precandidata, eran vistos en la campaña como el ala extrema del partido frente a la moderación de Biden y de otros más cercanos al establishment que, con el correr de las primarias, depusieron sus postulaciones.
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Trump, tampoco enrolado desde siempre en las filas republicanas, prefería a Sanders en los debates por sus loas a Fidel Castro, los sandinistas de Nicaragua y la revolución islámica de Irán, así como por su luna de miel en la Unión Soviética. Meros detalles frente a otro contexto. El del “error de acelerar el declive de Estados Unidos por la extralimitación” posterior a la voladura de las Torres Gemelas, según Ben Rhodes, asesor del gobierno de Obama, y de “no esforzarse para recuperar el liderazgo global” dos décadas después, excepto sancionar a los jerarcas de Irán y de Venezuela; negociar el arsenal nuclear con Corea del Norte, y mantener a raya a China y a Europa en sus diputas comerciales. Puro America First sólo para ser reelegido.
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