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Riesgos del dogma científico

Por: SERGIO SINAY
sergiosinay@gmail.com

6 de Septiembre de 2020 | 08:38
Edición impresa

Neil Ferguson es un epidemiólogo británico, recibido Oxford, especialista en biología matemática y en el estudio epidemias. Esos atributos lo convirtieron en director en su país del MRC (Centro para el Análisis Global de las Enfermedades Infecciosas), y a ocupar ese mismo cargo en el Departamento de Epidemiología y Enfermedades Infecciosas en la School of Public Health (Escuela de Salud Pública). Y el vicedecanato en la Facultad de Medicina del Imperial College, de Londres.

En 2005 Ferguson predijo que 150 millones de personas morirían en todo el planeta a causa de la gripe aviar. Finalmente, la enfermedad causó 282 muertes en todo el mundo entre 2002 y 2009. Antes, en 2002, vaticinó 250 mil muertes de británicos debido a la vaca loca. Hubo 177 víctimas. En 2009 calculó para su país 65 mil muertos por la gripe porcina, pero la cifra final fue de 457. A pesar de todo, Ferguson se convirtió en el asesor estrella del primer ministro inglés Boris Johnson ante la pandemia de COVID-19. Pero el 6 de mayo de 2020 debió renunciar cuando fue sorprendido en plena violación de la cuarentena decretada de acuerdo con sus consejos. Ferguson transgredió el confinamiento para encontrarse con su amante, una mujer casada. Semanas antes él mismo había sido afectado por el virus. Cuando se estudió el modelo epidemiológico para el COVID-19 generado bajo su dirección desde el Imperial College, resultó que se basaba en una matriz de trece años atrás, trazada para otro tipo de virus, y que carecía de documentación que explicara con qué fundamentos se diseñó.

CREER, CREER, CREER

En ciertos aspectos la conducta de Ferguson como científico (y dejando de lado su vida amorosa clandestina) no fue del todo original y siguió una tendencia perceptible a lo largo de estos meses de pandemia y cuarentenas. Un número inquietante de científicos y expertos corren en busca de notoriedad, de cinco minutos de gloria televisiva, de viralización en redes sociales o, por qué no, del premio Nobel. En esa carrera la ciencia pierde mucho de su pretendida pureza, se mancha continuamente con intereses políticos, económicos o personales y puede generar efectos nocivos en la salud física y mental de millones de personas.

El ser humano es una criatura que necesita creer en algo que vaya más allá de sí y de sus circunstancias físicas y temporales inmediatas, para calmar así su angustia ante la certeza de la finitud y de la incertidumbre que es ingrediente insoslayable de la vida. Por diversos motivos, cuyo estudio excede a este espacio, las religiones, que durante siglos lo proveyeron de esas creencias y de certezas acerca de algo más allá de la brevedad de la vida, entraron en crisis durante la modernidad. En relación con la creciente población del planeta disminuyeron las vocaciones y los creyentes. Y se amplió el vasto espacio de la angustia existencial. En ese espacio comenzó a emerger una nueva fuente de creencia, según vienen advirtiendo importantes pensadores contemporáneos. La ciencia. Y, con ella, su prima hermana, la tecnología.

La palabra “experto” o “científico” no significa don de santidad

 

Lo que antes era palabra divina pasó a ser paulatinamente palabra científica. Si las religiones explicaban los misterios del mundo y de la vida como parte de planes que excedían a la comprensión humana, pero requerían su aceptación incondicional, la ciencia trajo la promesa de revelar los mecanismos de esos misterios, dejándolos a la luz y creando en los humanos la sensación de que la Naturaleza, el tiempo, el espacio, la salud, el clima, los procesos orgánicos (en especial los cerebrales), e incluso la vida y la muerte podrían llegar a ser controlados y programados. El pensador italiano Giorgio Agamben, figura esencial en la comprensión de la teología cristiana y su ligazón con la filosofía contemporánea, señaló recientemente: “Es como si la necesidad religiosa buscara a tientas otro sitio donde establecerse y lo encontrara en la que de hecho se ha vuelto la religión de nuestro tiempo: la ciencia. Esta, como toda religión, puede producir superstición y miedo o, en cualquier caso, usarse para difundirlos”.

¿De dónde viene esta necesidad imperiosa de creer en cualquier fuente de promesas, sin pasarlas por el cedazo del pensamiento crítico? “Se diría que los seres humanos ya no creen en nada, responde Agamben, excepto en la existencia biológica desnuda que ha de salvarse a toda costa. Mas el miedo a perder la vida sólo puede fundar una tiranía, el monstruoso Leviatán con su espada desenvainada”. Así se corre el riesgo de huir de la sartén de la incertidumbre para caer en el fuego del oportunismo, de la superchería, de la manipulación de quienes anuncian poseer poderes y clarividencias de los que carecen, y de quienes ven las situaciones críticas y confusas una oportunidad de afianzar poderes o engrosar arcas.

HUMANOS AL FIN

Al respecto, el español Francisco Bello, Doctor en Economía de la Universidad de Yale, advierte en un artículo publicado en su país en la Revista de Libros: “Muchos, en estos tiempos modernos, apelan a la ciencia de forma supersticiosa, pseudo religiosa, como el principio y fin de la verdad, sin reconocer sus límites. En esta pandemia se ha hecho excesivo caso a epidemiólogos que han basado sus recomendaciones en modelos que no estaban diseñados para analizar este problema y en médicos para los que el ‘aquí y ahora’, es decir, salvar la vida de aquellos que corren peligro inmediato, sobrepuja a cualquier otra consideración. Así se han ignorado o, cuando menos, se han infravalorado, los efectos económicos y sanitarios presentes y futuros. Para agravar más la situación, muchos expertos han abusado de la confianza que la gente tiene en la ciencia como un árbitro imparcial y honesto para analizar y proponer soluciones”.

Esta actitud resuena en una advertencia de Mike Ryan, jefe del programa de emergencias de la OMS, sobre la euforia y la prisa no siempre fundamentadas conque se anuncian vacunas y remedios contra el COVID-19: “Si se actúa con demasiada rapidez para vacunar a millones de personas, es posible que se pasen por alto efectos adversos”, dice Ryan. Ya había señalado el gran filósofo vienés Karl Popper (1902-1994) que la ciencia avanza a base de refutaciones, de verdades interinas, que cuando sus postulados se convierten en dogmas que no admiten discusión, dejan de ser científicos y cierran puertas en lugar de abrirlas. Demasiados intereses políticos y económicos se escudan en la ciencia y en el anuncio de soluciones que hoy solo son promesas mágicas. En Estados Unidos el Centro de Control de Enfermedades pide a los gobernadores que permitan saltear ciertos requerimientos en la aplicación de vacunas para permitir que estas estén listas antes del 1 de noviembre, fecha de las elecciones. Es un botón de muestra. En cada país, los botones toman diferentes formas. Y la palabra “experto” o “científico” no significa don de santidad. “Los científicos no dejan de ser humanos con ideología y prejuicios, que sangran si los pinchan, se ríen si les hacen cosquillas, mueren si los envenenan y se vengan si los agravian”, escribe Bello. Y agrega: “Este abuso ha adoptado varias formas; una, es no ser honestos y transparentes respecto de la precisión con que los modelos científicos permiten predecir el futuro y prescribir soluciones. La falsa precisión es tan peligrosa o más que la imprecisión”. A tomar nota.

 

(*) El autor es escritor y periodista. Su último libro es "La aceptación en un tiempo de Intolerancia"

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